Cada cosa a su sitio
Por Jesús Moya Casado
Ni los mármoles ni los bronces son eternos, cuanto menos los cargos electos. Un leve temblor del suelo derriba las estatuas. Una débil ráfaga de pasión borra las inscripciones. Unas nuevas elecciones… y adiós cargos, prebendas y ordeno y mando.
Hubo tiempos que reinó la manía de las estatuas y las lápidas. Ha habido quien se ha glorificado a sí mismo haciéndose erigir un triste busto o poniendo su nombre a una pequeña plazuela sin salida. Ha habido “heroicos” concejales que han puesto el suyo a un callejón con un solo número en la calle. Son gentes candorosas que han firmado un cheque para cobrar en la Inmortalidad sin tener fondos en ella. Suele ocurrir que a estos tiempos les suceden otro periodo revisionista que tiene por faena la desglorificación. De resultas que que esos héroes se ven de pronto en traje de paisano y sin cargo.
El ansia popular de revisión no respeta ni los entronizamientos y consagraciones que se hicieran en la racha glorificadora y de mandato. Así un observador superficial podría apuntar en su “carnet”: “El pueblo español es el más leído y el menos engañado del mundo. Todo depende de que tenga más o menos vigor la Constitución, que, por otra parte, es continuamente apedreada ”. Pero lo cierto es que el pueblo desea ver cada cosa en su sitio. No quiere, por ejemplo, que banderas arribistas presidan a los ediles y a los diputados. Su lema, parece ser: “Dime lo que quieras, pero las cuentas claras.”
Tal prurito clasificador del pueblo se ha manifestado en las últimas elecciones en muchos de ellos, pero acaso más que en ninguna parte en un pueblo de la provincia de Castellón. Pacíficamente, y aún solemnemente, bastantes “lápidas”, “bustos”, “imágenes” que se presumían perennes han sido desenclavadas y bastantes imágenes restituidas a su natural residencia.
En fin, como queda dicho, cada cosa en su sitio.
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