Las campañas electorales

Por Jesús Moya Casado


     Nunca antes una campaña electoral había llegado a la crispación de la que hemos padecido. Su antecedente más claro es la campaña de las generales de 2004 en la que Pablo Iglesias, lo confesó él, utilizó los mensajes de móvil y otras vías para calentar el ambiente, incluso se organizaron movilizaciones callejeras sin respetar la jornada de reflexión. Lo que años después sería Podemos ya enseñaba la patita.

     Esta campaña pasada, ha estado plagada de despropósitos, de mentiras, de groserías, de ataques personales incluso a ciudadanos que no tienen que ver con la política, y de intentos de manipulación del electorado, aunque me temo que el plato fuerte de la demagogia mentirosa lo viviremos en la próxima campaña de las generales.

     La utilización del Falcon y el Superpuma por Sánchez para asistir a actos de su partido ha sido bochornosa. Se han programado visitas oficiales a empresas cercanas a lugares en los que convoca a los suyos; en una ocasión el mitin se suspendió y el presidente retiró de la agenda su programado acto oficial que era mero maquillaje. Una vergüenza y un agravio a la empresa por la que había mostrado tan repentino interés pero ya no le servía para el vuelo partidista pagado por todos.

     España es una nación de buena gente. Aguantamos la situación y las mentiras sin rechistar como si fuésemos borregos, y no lo somos. Nos hemos tragado las reiteradas promesas que ha decidido cada Consejo de Ministros tras anunciarlas antes Sánchez en el mitin que toque, previo al eco de la portavoz del Gobierno, reiteradamente expedientada por la Junta Electoral Central. Lo que Sánchez no ha hecho en cinco años le acuciaba ahora. Incluso asuntos que corresponden a las comunidades autónomas como su promesa sobre Sanidad.

     Se atribuye a Einstein una sentencia reveladora: “Sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y no estoy tan seguro de la primera”. Que nadie se engañe. El plan está diseñado para que seamos la primera Venezuela de Europa.

     En España es fama que el ciudadano suele votar a la contra. Más que “a favor de” vota “en contra de”. Y en esta posibilidad Sánchez ocupa el pódium porque se lo ha ganado con creces. Ha mentido demasiado, a demasiados y demasiado tiempo. Y llega tarde a la rectificación porque con sus antecedentes nadie, o no tantos como los que piensa, le creen.

     Al que he visto más afectado en esta campaña ha sido a Pablo Iglesias, gran perdedor en su última aventura política en la Comunidad de Madrid. Desde la ironía, él se vía de presidente del Gobierno con Oriol Junqueras y Arnaldo Otegui como vicepresidentes, y diciendo que su primera medida sería trasladar los restos de García Ferreras al cementerio de Mingorrubio para que descanse junto a Franco, mientras Yolanda Díaz sería contratada como abogada laboralista del sindicato LAB. Y con esto recuerdo al personaje de Benavente: “La ironía es una tristeza que no puede llorar y sonríe”.

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