El valor del dinero
Por Jesús Moya Casado
EL COSTE DE LA VIDA A PRINCIPIOS DEL SIGLO XX.
A principios del siglo XX el que ganaba “un duro” diario (cinco pesetas), era poco menos que un potentado. Tener cincuenta mil duros (1.506 euros aprox.) en capital, en tierras, casas o papel, equivalía a ser millonario. Millonario de reales, que en aquel tiempo era mucho, porque con la renta de ese millón se tenía tartana, faetón, abono en el Principal y temporada de verano, sin necesidad de buscar una ocupación que esclavizase al cabeza de familia a una tarea profesional.
La chiquillería, al levantarse por las mañanas se desayunaba con una buena jícara de chocolate, para dirigirse a pie al colegio y, sobre la mesa del comedor brillaba una pieza de plata de cinco pesetas, destinada al mercado, que la madre, antes de acostarse, había dejado a la cocinera para hacer la cotidiana compra. No era extraordinario el que esa moneda de cinco pesetas diese para dar de comer bien a ocho o nueve personas, y no había otro alivio que el proporcionado por las legumbres y hortalizas que se tenían sembradas en algún trozo de tierra.
Entonces los jornales de dos pesetas estaban a la orden del día. También es cierto que las necesidades era menores que hoy en día. No se gastaban medias de seda a todo trapo, ni se llenaban las cafeterías, ni había restaurantes, ni cines, ni tantos y tantos alicientes para gastar dinero.
Un cochero, con dos pesetas diarias, y el beneficio que le producía la venta del estiércol, comía, bebía y vestía él y su familia, y aún educaba a la prole. Pero es que las dos pesetas de entonces eran más que los veinte euros de ahora, y no tenían los “asaltos” que sufre el dinero en los actuales momentos. Una docena de huevos valía medía peseta, y cuando llegaba a la peseta, las amas de casa ponían el grito en el cielo. Una buena gallina se adquiría por diez reales; la fruta apenas tenía precio. Por una peseta se compraba una arroba de naranjas. El abono en el teatro Principal, en las grandes temporadas de ópera, no pasaba de los ocho reales la butaca. En la fonda de Paris, la mejor de Valencia en aquella época, el cubierto del almuerzo era de tres pesetas y el de la comida 3,50, y el comensal de hartaba de platos y todos bien colmados. Un traje hecho por el mejor sastre, pocas veces llegaba a los quince duros.
Cuando acabó la guerra europea se trastornó todo. A partir de entonces comenzaron a subir los precios, que ya sin parar ha ido en aumento hasta llegar a los tiempos actuales… sin saber cuándo parará esta subida continuada.
© Copyright J.M.C. - 2024