La protección de la libertad
Por Jesús Moya Casado
“La policía de todos los países tiene armas, bombas lacrimógenas, incluso carros blindados…” - ha dicho el ministro Marlaska.
Y añadió: “De todo eso ya hay en España”.
Sí. España es un país donde va habiendo de todo. Va habiendo hasta libertad. Una libertad protegida para que nadie la atropelle. Protegida por todos los medios. Con armas casi cómicas como las bombas lacrimógenas, que hacen llorar sin causar grave daño. Y con armas trágicas, como las pistolas, que causan grave daño y hacen llorar también.
No sé por qué la libertad ha de aparecer siempre rodeada de armas. Si anda suelta, armas que le presten atención. Si está atada, armas que no la dejen soltarse. El caso es que, por virtud de las armas, nunca está la libertad en libertad.
Sólo habría un medio de que la libertad se viese libre de protectores y perseguidores: que tuviese ella las armas. Que las armas fuesen suyas. Pero esto va contra la naturaleza de las cosas. Se ha observado que en cuanto la libertad se ve armada se olvida de que es libertad y no deja vivir en paz a nadie. En cuanto la libertad tiene un arma y la blande gritando “¡Viva la libertad!”, todas las libertades tienen que salir en estampida.
Por eso los dioses han determinado, según parece, que quien tenga los gases lacrimógenos y las pistolas sea la policía, porque ella sabe, mejor que nadie, administrar la libertad.
Es por esto que cuando el ministro Marlaska dice que “de todo eso ya hay en España”, los españoles podemos estar tranquilos. Es como su hubiera dicho: “De la libertad no se ocupen ustedes, que es cosa mía”.
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