Los pueblos del Guadarrama

Por Jesús Moya Casado

© Copyright Félix Lorenzo - 1929


     Mirad que artículo he encontrado escrito en el diario “El Sol” de Madrid el 16 de julio de 1929. Sí, del 1929 y cuyo autor fue Félix Lorenzo, “Heliófilo” (Madrid, 1879 - íd., 24 de abril de 1933). Si se hubiera escrito hoy sería perfectamente válido.

     SÍ; ES LA SIERRA.

     El veraneante novel pregunta, confuso y aturdido, al veterano:

     -¿Pero de verdad es esto la sierra, o es que yo he equivocado el camino? Míreme usted usted empapado en sudor, anhelando como un can. De día me abraso, de noche me ahogo.

     -Sí; es la sierra. Está usted en el Guadarrama famoso, y ahí se ven, al alcance de la mano, sus picos más próceres. Es cierto que ahora parece un infierno; pero no conviene decirlo porque le toman a uno por enemigo del turismo. Además esto es excepcional. Si los pueblos del Guadarrama tuviesen periódicos, volvería usted a leer eso que se dice siempre: “los más ancianos de la comarca no recuerdan, etc.”.

     Llega la noche y en monte lejano surge una llamarada. El viento la ensancha vertiginosamente y la convierte en hoguera gigantesca. Arden kilómetros de matorrales, arbustos y pinos magníficos. Desde quince o veinte pueblos, millares de ojos siguen las vicisitudes del siniestro con mirada curiosa o dolorida, pero no asombrada. Es lo de siempre. Una chispa despedida de un tren o quién sabe de qué entrañas. Al día siguiente un calvero más. Todo el mundo sabe que a los tres o cuatro días se repetirá el espectáculo, y que todo el verano será así. Si hubiera periódicos en los pueblos de Guadarrama, no repetirían, a propósito del incendio de anoche, aquello de que “los más ancianos no recuerdan”. Recuerdan los más jóvenes. La oruga procesionaria y el fuego, como elementos destructores del Guadarrama, están al alcance de las memorias más tiernas.

     El veraneante novel, que conocía estas cosas por lo renombradas, se convence. “Sí; -confiesas- esto es el Guadarrama, aunque yo me asfixio. Y esa gran ciudad que se ve en el horizonte, a diez leguas de distancia, es Madrid, aunque yo no lo comprenda. Madrid que tiene su salvación en el Guadarrama, deja que lo consuman la peste y el fuego. Madrid es otro Hernán Cortés que quema sus naves. Pero no las quema en las llamas de un ideal. Es un Hernán Cortés que al cabo de los siglos, y quizá influido por el ambiente del día, se ha hecho un suicida.

     Viendo como arden los pinos sin defensa, se explica uno bastante bien que a nadie le interesa la reforma constitucional. Porque España es como Madrid. También deja que ardan sus naves con una impavidez de ostra.

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