Veranear en Benafer

Por Jesús Moya Casado

     Cada vez que huimos de la ciudad hacia Benafer, lo hacemos para encontrarnos con la mejor versión de nosotros mismos, más interiormente nuestros.

Benafer

     Las vacaciones, desde hace muchos años, siempre han significado Benafer. Y, con ellas, noches sin hora de vuelta a casa, chiquillería en bicicleta, tardes de plaza y cartas, nuevos amigos. Desde jóvenes se han ido tejiendo amistades que, que quizás sólo unos días al año, se hacen invencibles. Normalmente, estas amistades, se estampan en una camiseta con el nombre de una peña. Esa en la que pruebas el primer chupito de alcohol o la primera calada, donde creces a base de experiencias.

     En Benafer amigos, olvidas la televisión, la batería y otras tantas cosas que creías imprescindibles. Los domingos se vuelven especiales. Te “mudas” un poco y, después de misa para algunos, todo el pueblo se reúne en el bar, que se vuelve un jolgorio de gritos, risas, y preguntas. “¿Y tú de quién eres?” será la más repetida frente a muchas más que se mezclan entre quintos y cacaos. “¿Qué tal te ha ido el invierno?, ¿cómo están tus padres?, o “¿cómo has crecido?”, para los más pequeños serán otras de las más frecuentes. Al fin y al cabo, de alguna manera, en Benafer todos somos familia.

     Tus amigos de la ciudad no comprenden esa amargura con la que vuelves en septiembre.

     Para los más jóvenes les vienen a la memoria el último baile de las fiestas, para los menos jóvenes conversaciones para arreglar el mundo una noche bajo las estrellas. O tal vez un beso robado entre los árboles que se mezclan con el Carrecaudiel. Camino este que lleva al pueblo de al lado donde los propios, lo puedes asegurar, no son tan majos y tan todo como los tuyos.

     Temo que con el tiempo, cambien las cosas. Cuando la edad llegue cargada de responsabilidades y los achaques propios o ajenos no siempre te permitan volver, significará que los veranos no serán lo mismo sin ti. Año tras año, volver. Siempre volver.

     Cualquier madrugada de verano, cuando suelo pasear por tus calles, huelo a verdad, a sonrisas a medias y canciones cantadas a grito pelado. Siempre me huele a amaneceres desenterrados entre el polvo de los recuerdos. Huele a abrazos sinceros, a amistades más fuertes que el acero. Y me gustaría abrirme el pecho en canal para dejar por tus calles toda esta nostalgia que va conmigo.

     Una sola noche me basta para que, cada año y van cuarenta, vuelva a asegurar que ha sido el mejor verano de mi vida.

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