Artemis II
Una misión espacial tripulada de sobrevuelo lunar
por Julián Segarra Esbrí
Con una explosión de fuego y un trueno ensordecedor en la plataforma de lanzamiento, se elevará el día 1 de abril de 2026 a las 22:35:00 UTC bajo el programa Artemis y después de una extrema violencia en la ignición, aunque de manera controlada para una misión espacial de sobrevuelo lunar, la cápsula Crew Module (CM) diseñada por Lockheed Martin y el Módulo de Servicio Orión (ESM) fabricado por Airbus Defence con la denominación Artemis II y tripulada con cuatro astronautas orbitando en torno a muestro planeta La Tierra a una velocidad entorno a los 27.000 Km./h. para una comprobación rutinaria de la nave en una trayectoria segura por si en caso de observar alguna incidencia, poder regresar, pero de no haber novedades, salir disparada de forma irreversible al espacio exterior entorno a los 40.000 Km./h. adentrándose en el océano cósmico del espacio sideral en dirección al nuestro satélite La Luna con el fin de tomar imágenes de su cara oculta desde La Tierra el lunes día 6 de abril y regresar el próximo viernes día 10 de abril de 2026.
Los cuatro astronautas sentados sobre más de 3.000 toneladas de combustible altamente explosivo, estarán preparados para hacer algo que nadie ha hecho en más de medio siglo, pero detrás de esta hazaña épica, existe un detalle inquietante que mantiene a los ingenieros en máxima alerta, algo que ocurrió durante la misión Artemis I y que jamás debió fallar porque sembró una duda real sobre la seguridad de este viaje, por eso la NASA tomó una decisión inesperada y retrasó el viaje a La Luna y mantener a la tripulación 24 horas completas orbitando sobre La Tierra, porque el regreso a La Luna es mucho más peligroso y complejo de lo que parece, de ahí que Artemis II tardó en lanzarse y el programa acumuló dos años de retrasos, revisiones de presupuesto y pruebas extremas, pero hay una razón evidente sobre Artemis I y es que en esta ocasión hay vidas humanas a bordo.
Artemis I fue una misión sin tripulación y ahora el hardware, dejó de ser simulación digital para ser real, gigantesco y majestuosamente potente con el SLS del Space Launch System, el cohete más poderoso construido por la NASA que en el despegue genera casi 4.000 toneladas de empuje, alrededor de un 15% más que el mítico Saturno de las misiones Apolo, pero ahora hay algo clave que pocos conocen por no ser un lanzamiento común al ser la primera vez que la NASA opera el cohete, la nave y la plataforma móvil como un solo sistema integrado y el día del despegue, con una tecnología llevada al límite, en la que cada componente del SLS fue diseñado para resistir vibraciones que destruirían cualquier estructura terrestre, en la cima viaja la cápsula Orión que será hogar y oficina de supervivencia de los astronautas, pero son las personas dispuestas a subir a este complejo tecnológico como tripulación de Artemis II previamente seleccionada con toda precisión, el comandante Gregory Reid Wiseman que liderará la misión por ser un veterano con experiencia, a su lado viaja Victor Jerome Glover, piloto con historial impecable en la Estación Espacial Internacional junto a Christina Hammock Koch, ingeniero eléctrico y físico además de récord absoluto de permanencia femenina en el espacio y Jeremy Roger Hansen, símbolo de la cooperación internacional quienes no son solo astronautas, sino representantes de toda la humanidad en esta nueva era.
Su entrenamiento dura varios años, pero el verdadero desafío comienza un par de días antes del lanzamiento después de completar la cuarentena médica para llegar al Centro Espacial Kennedy con seguridad, muy diferente de vuelos comerciales privados porque en Artemis II, los astronautas no entran a la nave antes del abastecimiento, sino después de cargar millones de litros de hidrógeno y oxígeno líquidos a temperaturas criogénicas en una operación extremadamente inestable y solo cuando el sistema de propulsión se declarará seguro, la tripulación subirá por la torre de acceso a casi 100 m. de altura, sabiendo que debajo de ellos está la mayor concentración de energía nunca jamás controlada por el ser humano. A tan solo diez segundos antes del despegue, miles de litros de agua son liberados para reducir vibraciones acústicas y con la ignición, se despegará y transformará el día en noche sobre Florida, para en apenas 70 segundos, alcanzar el punto de máxima presión aerodinámica, el famoso Max-Q que permite alcanzar la máxima diferencia entre la presión total de la dinámica de fluidos y la presión estática ambiental y si algo falla, el sistema de escape debe reaccionar en milisegundos.
A los dos minutos, los propulsores sólidos se separarán y caerán al océano sin recuperación y a los ocho minutos, los motores principales se apagarán, el núcleo se desprenderá y Orión entrará en órbita terrestre, pero en lugar de partir de inmediato hacia La Luna, en esta misión, la NASA mantendrá la nave orbitando La Tierra durante 24 horas para dar validación a cada sistema de soporte vital y ser probado en condiciones reales, por si algo falla poder regresar en minutos, ya que si algo falla de camino a La Luna, no hay segunda oportunidad y solo después de esta validación llegará el momento crítico, la inyección translunar y el motor se encenderá de nuevo y Orión abandonará la gravedad terrestre a casi 40.000 Km./h., con lo que durante los días siguientes, los astronautas vivirán en un espacio muy pequeño, aunque con ejercicio diario, alimentos deshidratados, consumo medido de agua, no para ser una prueba técnica, puesto que será una prueba mental y en esta fase, realizarán maniobras de proximidad, acercándose al módulo descartado, para evaluar el control manual de la nave, algo vital para futuras misiones con estaciones alrededor de La Luna y mientras avanzarán, la visión de La Tierra se reducirá hasta convertirse en un pequeño punto azul suspendido en la oscuridad para adentrarse en el verdadero espacio profundo mientas la nave sigue una trayectoria de retorno libre y si los motores fallaran, la gravedad lunar los impulsaría de regreso a La Tierra como una onda cósmica con la seguridad diseñada por la física.
A partir de ahora, el gesto más simple requiere técnica, control y también un poco de paciencia y hablando del trabajo, están olvidados los gigantescos y ruidosos paneles de interruptores analógicos de las misiones Apolo, aquellos que requerían la fuerza para ser activados porque el interior del Orión parece un quirófano del futuro, todo está dominado por brillantes pantallas táctiles y sistemas digitales de última generación y esto es un salto tecnológico inimaginable, pero en gravedad cero, se presenta un desafío ergonómico porque al no haber retroalimentación táctil de interruptores mecánicos, se opera una interfaz digital mientras el cuerpo flota libremente, lo que requiere una precisión absoluta, debiendo estar anclado a la perfección porque, por pura física básica, la acción por la fuerza de un dedo al presionar el cristal de una pantalla, repercute en empujar hacia atrás al manipulador y para poder garantizar el orden operativo y evitar que las cosas se escapen a su control, se debe recurrir constantemente a las sujeciones y al velcro, porque el velgro en una nave espacial es la vida, es el único seguro contra el caos y un solo descuido al tomar unas notas y/o soltar un bolígrafo durante unos segundos, ya lo has perdido, ya que las constantes corrientes de aire de soporte vital, se lo llevarían y podría terminar atascado en el rincón más inaccesible de la cápsula y es precisamente ese aire, el que nos lleva a otra de las grandes mentiras de los viajes espaciales, porque siempre nos han dicho que el espacio es el reino del absoluto, pero fuera de la nave, en el vacío, nunca dentro de la cápsula.
Se trata de sobrevivir en un laboratorio de resistencia extrema por ser el examen definitivo donde la humanidad se enfrenta al vacío para demostrar que no solo sabe lanzar naves más allá de la atmósfera, sino que sabe como mantener a sus ocupantes vivos, funcionales y cuerdos hasta traerlos de vuelta a su planeta en la cruda realidad de Orión, en el que lo conocido es finito y lo desconocido infinito, mientras los tripulantes encerrados en una cápsula y nosotros mirando directamente al abismo, podemos entender la magnitud de lo que cuatro personas están soportando en la jaula a la que voluntariamente aceptaron les encerrasen, la nave espacial que sin lugar a duda es un triunfo absoluto de la ingeniería moderna por ser una de las máquinas más complejas diseñadas para mantener la vida humana en el espacio profundo, para la mente y para el cerebro primitivo que todos llevamos dentro y no es una maravilla tecnológica, es una prisión como un bote de tomate frente a un abismo negro e interminable desconocedores de las dimensiones reales, ya que todo el volumen habitable de esta dentro de la cápsula y es un espacio vital donde cuatro personas estarán durmiendo comiendo, trabajando y sobreviviendo durante 10 días seguidos, un lugar que ronda apenas los 9'3 m3. y cuando a un astronauta le sobreviene la necesidad de liberar un pedo, no se puede abrir la ventanilla para airear el ambiente, sin citar la sensación psicológica de encierro comparable a intentar vivir los cuatro atrapados e interrumpidamente en el volumen de un par de furgonetas camperizadas, que si bien puede parecer muy guay y ser muy chulo cuando te vas de camping y sales al campo a dar una vuelta, la ingeniería de la misión solo ha dotado la nave de cuatro ventanitas sólidas y robustas a las que al asomarse, solo disfrutas de la oscuridad del vacío cósmico y sin privacidad personal, a excepción de un minúsculo espacio destinado al aseo y aislamiento personal, un espacio sin puertas que se puedan cerrar para estar a solas y si necesitas cambiarte de ropa en la cabina, debes saber que tus tres compañeros van a verte y si tienes un momento de debilidad porque la presión psicológica te quiebra por un instante, no hay un solo rincón donde esconderse de tus compañeros que serán testigos de primera fila de cada uno de tus respiros y de cada uno de tus gestos, sin intimidad y a la vez, tu cerebro también tiene que lidiar con la pérdida de sus referencias más básicas, porque al no haber gravedad, no existe el concepto de arriba y abajo, todos estarán flotando en un entorno tridimensional puro en el que no existe el suelo y el caminar bípedo, el que nos define como humanos y que tardamos millones de años en perfeccionar para volverse completamente inútil, allí no se camina, se flota y la adaptación a este nuevo medio no tiene nada de elegante porque durante las primeras 48 horas, el interior de la nave es un caos de extremidades al chocarse accidentalmente entre los compañeros de abordo, rebotando contra las paredes y contra los demás tripulantes, en unos primeros días dolorosamente torpes y además, sin usar zapatos, estarán viviendo con gruesos calcetines para no sentir frío, moverse y estabilizarse, además de navegar usando asideros y anclajes para sujetar los pies y usar la tensión de las piernas para mantener el cuerpo firmemente anclado con la estabilidad necesaria y poder tener las dos manos completamente libres para trabajar.
Lo que desconcierta a muchos astronautas es cuando justo en el umbral del sueño y la conciencia empieza a desvanecerse, el sufrir una sacudida instintiva que se siente como una repentina sensación de estar cayendo al vacío, el oído interno, confundido por la falta de gravedad, le transmite a la mente y una alarma de precipitación, obligando a despertar sobresaltado una y otra vez, hasta que el agotamiento de puro cansancio les vence finalmente y una vez dormido el cuerpo humano y relajado en microgravedad, adopta por puro defecto fisiológico una postura tendente a desplazar las extremidades para que los músculos equilibren su tensión natural con los brazos flotando semiflexionados frente al pecho y para evitar que sus extremidades estén a la deriva y golpeen accidentalmente a un compañero en la oscuridad de la reducida cabina o el roce en algún equipo, el ritual exige sujetarse los brazos dentro de un saco de dormir atado a la estructura, es como un abrazo autoimpuesto al ser una sujeción deliberada y mientras flotan anclados, tienen que aislarse del entorno en el interior de la nave Orión con un sistema de soporte vital y el uso de tapones en las orejas para los ruidos de alta densidad y también gruesos antifaces para bloquear cualquier destello de las pantallas.
Los ventiladores del sistema de soporte vital como las bombas con los filtros que mantienen respirando a los astronautas y evitan mueran asfixiados, nunca se detienen y generan un zumbido mecánico continuo de unos 60 decibelios que es el equivalente a intentar vivir, concentrarte y dormir durante 10 días con el motor en marcha dentro de una camioneta comercial de la década de los años 1960, nunca hay sensación de paz y cuando se intenta buscar consuelo mirando hacia el majestuoso infinito del universo, aparece la realidad de la ingeniería sin las enormes ventanas de las películas y para poder observar las estrellas, la debilidad estructural del cristal de la pequeña ventanita frente al vacío del espacio, significa que es la única conexión visual con el exterior, porque la única forma de ver La Tierra o La Luna, son las cuatro escotillas minúsculas y gruesas, cuatro pequeños agujeros de cerradura a través de los cuales se espía del cosmos, pero el verdadero campo de batalla en la misión Artemis II, no es la tecnología, ni el ruido, ni la falta de espacio del campo de trabajo, es el propio cuerpo y que no se le ocurra a nadie el estornudar como le ocurre a la biología humana aquí en el planeta.
Pero en una misión espacial no hay que olvidar la gravedad terrestre que ha gobernado cada músculo del cuerpo humano como una dictadura implacable, cada latido y cada movimiento desde el día en que nacimos, no desaparece, solo engaña y los astronautas, no están flotando al estar cayendo por haber iniciado una caída libre perpetua en un vértigo balístico a decenas de miles de kilómetros por hora en el que su cerebro interpreta milagrosamente como levitar, pero es incierto y es justo en ese momento cuando se hace añicos la gran fantasía del viaje espacial, porque desde La Tierra y en los monitores de Houston, Artenis II parecerá como una nave limpia, matemática, casi cinematográfica, pero dentro de la cápsula Orión, la realidad será infinitamente más cruda, más íntima y mucho más hostil y en este preciso instante, mientras Artemis II atravesará la oscuridad, los cuatro astronautas de élite seguirán encerrados dentro de una de las máquinas más complejas de la historia humana y como parte espectacular de una misión en la que la verdadera prueba del fuego se estará librando en el interior de la nave, porque no basta con haber conquistado el espacio profundo, hay que sobrevivir a Orión, dormir a la hora predeterminada colgado en la pared, comer polvo rehidratado, lavarse sin agua y atender a todas las funciones fisiológicas como personas por humillantes que nos parezcan al convivir sin un centímetro de intimidad lejos de las ideas románticas en la películas de ciencia ficción, dado que la realidad de la exploración espacial no es inmaculada, te arranca la dignidad, es asfixiante y te lleva a la extenuación física, porque antes de chocar contra el muro de fuego de la reentrada en La Tierra y volver a sentir la atracción de la gravedad aplastando sus huesos, los cuatro astronautas tripulantes de Artemis II tienen que ganar una guerra cotidiana silenciosa y evitar que su propia biología colapse dentro de una pequeña caja de metal aislada del resto del universo al no tratarse de una expedición con un billete de turismo orbital.
Al alejarse en el interior de la cápsula, los puntos de apoyo cambian por completo porque mientras la planta de los pies descansa y se suaviza por navegar en microgravedad, se crean fricciones en lugares nuevos por el constante uso del empeine para engancharse a los asideros metálicos, castigando la zona superior del pie, mientas el suelo o planta del pie que estuvo evolucionando para soportar la carga constante del cuerpo, ahora es la zona superior del pie la que se vuelve extremadamente dolorosa y sensible, iniciando así el rápido endurecimiento mecánico que acabará formando nuevos callos de adaptación y no es una mutación de ciencia ficción, es el cuerpo humano intentando rediseñarse a sí mismo y a contrarreloj para sobrevivir a este choque inicial, además de soportar el agudo dolor de espalda por el estiramiento de la columna, navegar con desorientación, resistir al mayor contraste y aprender a controlar un cuerpo que parece ignorante en esta primera y más básica prueba de una misión espacial, pero la mente humana es extraordinariamente resistente y al tercer día, el cerebro termina rindiéndose, aprenderán a rebotar por las paredes como acróbatas y se convertirán en los amos absolutos de su entorno, aunque la biología humana, por mucho que se adapte al entorno cósmico, no se detiene, el metabolismo sigue su curso, la maquinaria de la digestión sigue operando de forma implacable y en una nave sellada al vacío donde no existe una sola gota de agua corriente, todo lo que entra en el cuerpo humano, inevitablemente tiene que salir y es cuando aparece otro gran tabú en la historia de los vuelos espaciales, es un tema terrenal que los astronautas en las ruedas de prensa y en las películas de ciencia ficción omiten elegantemente por pura estética, pero cuando viajan cuatro personas en un viaje hacia la órbita lunar, la biología no entiende de heroísmo y exige un peaje que conduce al rincón más privado, previsto, respetado y crucial que en la nave Orión, con diferencia de las primeras misiones espaciales, donde la intimidad era una ilusión absoluta, los ingenieros de Artemis II han comprendido que la dignidad humana es vital para la salud mental de toda la tripulación y es por eso que la cápsula Orión cuenta con un pequeño rincón para la higiene, es un cubículo dedicado en un espacio delimitado que proporciona una barrera física, el único pequeño santuario de privacidad donde el astronauta puede aislarse de la mirada de sus tres compañeros y es dentro de este pequeño refugio donde se encuentra la máquina que hace posible la supervivencia como sistema universal de gestión de residuos, en el que las heces son succionadas directamente hacia el interior en donde hay bolsas especiales permeables al aire, pero impermeables a los sólidos y el astronauta debe asegurarse de que la bolsa quede bien sellada y empujarla hacia el fondo del compartimiento de almacenamiento que está diseñado para que allí se queden acumuladas inertes y deshidratadas por el vacío y aseguradas durante todo el viaje para su posterior eliminación segura cuando regresen a La Tierra, porque a diferencia de la orina, se expulsará al vacío, pero los residuos sólidos se quedarán a bordo como muestras, al ser tesoros biológicos para que los médicos de la misión las analicen en La Tierra y entender como el cosmos afecta a nuestras entrañas.
En la cápsula del Artemis II no hay grifos para lavarse y el agua va medida, el jabón es líquido y el champú se aplica sin aclarado en una estricta disciplina de higiene y desinfectarse, para después de frotarse vigorosamente las manos, las toallitas serán desechadas en la basura comprimida en una rutina de higiene diaria dentro de un proceso largo y calculado, porque el astronauta, se baña a trozos con agua jabonosa y humedecida en una toalla, se frota el cuerpo poco a poco en partes mientras está flotando en la cabina y tiene que ser extremadamente cuidadoso porque cada gota de agua que se escape de la toalla, puede salir flotando, colarse detrás de un panel eléctrico y comprometer equipos vitales, con lo que una incidencia operativa sería muy seria y exige mantener mucho cuidado tanto para el cabello como para el pelo, por lo que la tripulación utiliza un champú especial sin aclarar, un gel denso que fue desarrollado originalmente para ellos, al igual que para la higiene bucal se utilizará una espuma tragable o escupible en bolsa o para el afeitado de la barba, por no citar el momento de alimentarse, otra batalla contra la física de fluidos después de décadas de ingeniería culinaria para alimentar a una tripulación que precisa llevarse un simple bocado de comida a la boca sin migas que se escapen, pero al parecer, es la humilde tortilla quien se ha ganado un lugar preferente como sustituto alimentario en órbita por su flexibilidad que impide se rompa con facilidad, aunque el condimento más codiciado por las tripulaciones y considerado un manjar de lujo, es la salsa picante.
Nuestro corazón está bombeando sangre hacia la cabeza en contra de la gravedad para llegar al cerebro, los músculos de las piernas y la espalda están contrayéndose constantemente para mantenernos erguidos, los huesos están soportando la carga del peso corporal, el sistema vestibular ubicado en el oído interno, como principal órgano del equilibrio y la orientación espacial, detecta los movimientos y aceleraciones de la cabeza, nos integra información visual y propioceptiva transmitida al sistema nervioso para mantener la postura y la estabilidad evitando vértigos y mareos, valorando continuamente señales sobre la orientación de la cabeza respecto a la vertical, además de los vasos sanguíneos que tienen la misión de la distribución de fluidos calibradamente para trabajar con un litro y medio de sangre acumulada en las piernas por efecto de la gravedad cuando se está en La Tierra y sin pensar porque el cuerpo lo gestiona de manera autónoma al llevar toda nuestra vida haciéndolo y sin ser conscientes por llevar actuando en nosotros 4.000 millones de años, siendo la constante física más predecible del planeta mientras la biología humana evolucionó enteramente en función de ella, pero en el espacio sideral, todo es diferente.
Para el sexto día, Artemis II alcanzará su punto más emotivo pasando a 7.400 Km. de la superficie lunar y por primera vez en décadas, cuatro personas observarán con sus propios ojos el lado oculto de La Luna y fotografiarán el Polo Sur lunar mientras analizarán posibles zonas de alunizaje y al mismo tiempo, desde la NASA se vigilará cada sensor, especialmente el escudo térmico que mostró desgaste inesperado en la misión anterior. El regreso tomará cuatro días más y en el décimo día, Orión se separará de su módulo de servicio y entra en la atmósfera terrestre a una velocidad inimaginable entorno a los 40.000 Km./h. en la que el aire se convierte en plasma incandescente, alcanzando temperaturas cercanas a los 3.000º Celsius, aproximadamente la mitad de la superficie del Sol y en esta prueba final, si todo funciona según lo previsto, los paracaídas se desplegarán y la cápsula amerizará en el Océano Pacífico en donde equipos de rescate esperarán a la tripulación porque en esta misión, Artemis II no aterrizará en La Luna por ser el puente que permitirá que la humanidad regrese y permanezca allí marcando el inicio de un nuevo capítulo espacial como demostración de que la curiosidad humana sigue siendo más fuerte que el miedo, ya que sin este paso, Marte seguiría siendo solo un punto rojo lejano en el cielo.
Cuando el viernes día 10 de abril la escotilla de la cápsula Orión se abra frente a las costas de San Diego y las cuatro personas salgan al aire en el Océano Pacífico después de 10 días encerrados, la mayoría de las personas verán un logro histórico porque cuatro astronautas rodearon La Luna en un récord de distancia, pero los médicos de los barcos de rescate tendrán una visión algo completamente diferente porque sus cuatro cuerpos llevan 10 días fallando como personas y aunque no de manera catastrófica ni de manera visible, lo será de manera silenciosa y metódica, ya que cuando el cuerpo humano responde a la ausencia de gravedad, desmontando pieza a pieza los sistemas que construyó durante millones de años de evolución y precisamente porque la gravedad pasó a ser microgravedad y porque el momento físicamente más difícil de toda la misión no es el lanzamiento, tampoco los 40 minutos en la cara oculta de La Luna, ni la reentrada a 40.000 Km./h., es el momento en el que los astronautas intentan ponerse de pie por primera vez y el cuerpo empieza por entender lo que la gravedad hace por las personas en cada segundo de la vida sin que nos demos cuenta.
Al alejarse de La Tierra y en la cápsula Orión, la microgravedad reemplazó al peso y todos los sistemas se encontraron haciendo un trabajo para el que ya no había necesidad y el cuerpo humano que es extraordinariamente eficiente, empezó a desmantelarlos. La primera cosa que ocurre es sobre el fluido corporal que en la gravedad de La Tierra tira hacia abajo de forma que tenemos más sangre en las piernas que en la cabeza, más líquido intersticial o fluido biológico que rodea las células de los tejidos actuando como intermediario entre el plasma sanguíneo y el interior celular filtrando el plasma rico en nutrientes, oxígeno, hormonas, desechos metabólicos y vital para la homeostasis y el transporte de sustancias esenciales superior en los pies que sobre en el cuello y nuestro cuerpo, lo sabe porque ya tiene calibrado sus sistemas de distribución de fluidos para compensarlo, el corazón bombea con suficiente fuerza para superar la gravedad y llevar sangre al cerebro, los vasos sanguíneos de las piernas, tienen válvulas que ayudan a empujar la sangre de vuelta hacia arriba y en microgravedad, la ausencia de gravedad deja de tirar y los fluidos no se acumulan hacia abajo, se redistribuyen uniformemente por todo el cuerpo, incluyendo también hacia arriba y la cabeza recibe más sangre de lo que está acostumbrada y menos en las piernas, con el resultado visible de lo que en el mundo de la medicina espacial se llama la cara de luna, visible en las fotos de los astronautas que durante sus primeros días en el espacio muestran sus caras más redondeadas, más hinchadas de lo habitual, con bolsas bajo los ojos y no es vanidad, ni edema patológico, es simplemente fluido redistribuido que la cabeza no está acostumbrada a gestionar, los astronautas también manifestarán congestión nasal constante, como si tuvieran un leve catarro permanente, cuando la realidad es el mismo fenómeno, porque la mucosa nasal recibe más fluido de lo habitual, pero hay una consecuencia menos visible y más importante cuando el cuerpo interpreta ese exceso de fluido en la parte superior como una señal de que tiene demasiado fluido en total y en consecuencia, reduce la producción de fluido, reduce el volumen de sangre y los astronautas pueden perder hasta el 22% de su volumen sanguíneo en los primeros días de microgravedad.
El perder entre 15% y 30% de volumen sanguíneo por una hemorragia, se clasifica como shock hemorrágico de clase dos, siendo una emergencia médica y los astronautas lo hacen en pocos días y sin ningún síntoma dramático, porque el cuerpo cuando está en microgravedad, simplemente no necesita tanto volumen para funcionar por no haber columna de sangre que superar contra la gravedad para llegar al cerebro, pero el problema aparece cuando vuelven a La Tierra y la gravedad a la que están acostumbrados reaparece y el cuerpo tiene que volver a mover toda esa sangre hacia arriba con un volumen de sangre que es 22% menor de lo que necesita para hacerlo con eficiencia y en ese momento, el cerebro puede no recibir suficiente flujo sanguíneo, la presión arterial caer al ponerse de pie, la vista se nubla, en los casos más severos el equilibrio falla y el astronauta puede desmayarse. Este síntoma médico se llama intolerancia ortostática y es tan predecible y tan consistente, que la NASA diseñó específicamente una prenda de ropa para combatirlo, de tal suerte que el miércoles día 8 de abril, mientras la Orión viajará de vuelta a La Tierra, los cuatro astronautas de Artemis II harán lo que podría parecer mundano pero que es médicamente crítico, se pondrán unos pantalones especiales como prenda de intolerancia ortostática que es esencialmente un traje de compresión para la parte inferior del cuerpo, unos pantalones de alta presión que aprietan las piernas desde los pies hasta la cintura y con este principio tan sencillo, al comprimir las piernas desde fuera del cuerpo, se reduce el volumen disponible en los vasos sanguíneos de las piernas, forzando mecánicamente que la sangre permanezca en circulación central en lugar de acumularse en las extremidades inferiores para cuando la gravedad reaparezca. Es una solución elegante a un problema fisiológico complejo que si bien no arregla la reducción de volumen sanguíneo, ni reentra al sistema cardiovascular para funcionar con gravedad, simplemente proporciona un soporte externo mientras el cuerpo se readapta, es como una muleta mecánica para las primeras horas después del amerizaje y no porque sea peligroso en el sentido convencional, es porque se sabe exactamente lo que los cuerpos de los astronautas van a experimentar cuando la gravedad vuelva como antes del lanzamiento.
Otro sistema que falla en microgravedad es el músculo y hay una estadística de la medicina espacial que es difícil de entender la primera vez que la escuchamos, ya que un día en microgravedad equivale a seis meses de atrofia muscular en una persona mayor en La Tierra y no es una exageración retórica, es la estimación que surge de comparar los datos de densidad y masa muscular de astronautas antes y después de emisiones, con los datos de poblaciones de personas mayores sedentarias en La Tierra. La microgravedad produce atrofia muscular a una velocidad que en la superficie terrestre solo se observa en el proceso de envejecimiento más severo o en personas encamadas durante meses con una razón directa y los músculos que más se atrofian son los llamados músculos antigravitatorios, a saber, los gemelos y el soleo en la parte posterior de la pierna, el que nos permite empujar hacia arriba con cada paso, también el cuadriceps femoral, que mantiene las rodillas extendidas cuando estamos de pie, además de los músculos de la espalda baja que soportan la columna vertical del CORE e incluyen los oblicuos, recto abdominal, suelo pélvico, el diafragma, los multífidos y el músculo más importante de todos, el músculo transverso abdominal que estabiliza todo el tronco y como en microgravedad ninguno de esos músculos necesita trabajar de la manera que acostumbra y el moverse no requiere superar la gravedad, mantenerse en posición tampoco requiere contraer el CORE y dado que la columna vertebral no soporta carga vertical, el sistema nervioso, que es extraordinariamente eficiente en términos energéticos interpreta esa inactividad como una señal de que estos músculos son innecesariamente grandes y empieza a reducirlos con una pérdida que ocurre a una velocidad de aproximadamente 1% diario durante los primeros días para los músculos más afectados, por lo que en los 10 días de navegación sin contramedidas, los astronautas podrían perder entre 5% y 10% de la masa de sus músculos antigravitatorios, pero con contramedidas y en el caso de Artemis II, se intenta paliar con 30 minutos diarios de ejercicio aprovechando el volante de inercia para reducir la pérdida significativamente y aunque no se elimina, cuando los astronautas salgan de la cápsula el viernes, sus piernas pesarán lo mismo que antes del lanzamiento, pero tendrán menos capacidad de sostener su peso, de ahí que los astronautas de apoyo que hacían misiones de duración similar pero sin ningún programa de ejercicio sistemático, tenían que ser literalmente extraídos de la cápsula por los equipos de recuperación, no podían salir por sí solos y no era debilidad de carácter, era fisiología básica que se presupone en esta misión quede reducida.
El corazón, es otro órgano que también falla y tal vez sea el que más sorprende porque se percibe generalmente como el órgano más robusto del cuerpo, pero en microgravedad, el corazón también se atrofia y la razón es la misma que con los músculos esqueléticos, si no hay demanda, el cuerpo reduce la capacidad y en La Tierra, el corazón tiene que bombear sangre contra la gravedad hacia arriba para llegar al cerebro y de este esfuerzo constante, mantiene el músculo cardiaco en forma como los soldados romanos cuando marchaban a la guerra, pero en microgravedad, el bombear sangre al cerebro no requiere superar ninguna resistencia gravitacional y el corazón trabaja menos y con menos esfuerzo, por ello, con el tiempo, el músculo cardiaco reduce su masa. En un estudio se midió el peso del ventrículo izquierdo mediante resonancia magnética para antes y después de misiones de unos 10 días y se encontró una reducción promedio de 12% en la masa cardiaca y su consecuencia adicional sobre la capacidad aeróbica, comprobándose que el consumo máximo de oxígeno caía aproximadamente un 22%, por lo que en el día del amerizaje, después de una misión como la del Artemis II con esta duración, aparecerá un 22% de reducción en la capacidad cardiovascular por los 10 días, de ahí que el corazón de los astronautas de Artemis II cuando lleguen el viernes al agua del Océano Pacífico, no será el mismo corazón que despegó el día 1 de abril, será más pequeño, tendrá menos capacidad y deberá estar a punto y en forma para tener que trabajar con la gravedad terrestre.
Pero hay más efectos y el que más afecta es a la capacidad de funcionar en los primeros minutos después del amerizaje, que si bien es el menos intuitivo, el sistema vestibular que controla el equilibrio en el oído interno, se habrá readaptado completamente durante los 10 días a la microgravedad diferente a La Tierra y el oído interno tiene unos pequeños cristales llamados sotolitos formados concretamente por carbonato cálcico y proteínas y que se mueven por efecto de la gravedad y le dicen al cerebro cual es la dirección de arriba y de abajo, siendo el sistema que nos permite saber que estamos de pie, aunque tengamos los ojos cerrados, en microgravedad estos sotolitos no caen en ninguna dirección porque no hay gravedad que los arrastre y el sistema vestibular pierde su referencia principal de orientación. El cuerpo tarda días en adaptarse usando principalmente referencias visuales y el problema es que cuando los astronautas vuelven a La Tierra, ese sistema tiene que readaptarse de nuevo y durante esa readaptación, que lleva su tiempo, el sistema de equilibrio interno tiene una calibración incorrecta aunque los astronautas sepan que el suelo está abajo, pero su cuerpo no está todavía completamente consciente y el resultado es desorientación, inestabilidad, dificultad para mantener el equilibrio, es por ello que hay siempre médicos y técnicos sujetando los brazos a los astronautas después de misiones espaciales y aunque parezca raro, no es un protocolo de imagen, es la necesidad fisiológica real.
Los astronautas perderán en los 10 días de su misión entre 1% y 1'5% de densidad mineral en las zonas más afectadas y aunque para esta misión la pérdida es matemáticamente pequeña, la velocidad de pérdida es la que alerta sobre lo que implicarían misiones más largas, por ello una misión a Marte que duraría entre 7 y 9 meses solo de ida, en ese tiempo y sin contramedidas más efectivas, un astronauta podría perder entre 7% y 13% de densidad ósea en las zonas más críticas. Con este nivel de pérdida, se acerca al umbral donde el riesgo de fractura espontánea aumenta significativamente y para colmo, está el inodoro, un detalle que merece su propio artículo y no porque sea médicamente el más significativo, sino porque ilustra perfectamente la diferencia entre lo que se muestra de una misión espacial y lo que realmente ocurre. El inodoro de la Orión costo. 23,000.000 de dólares y es el sistema de gestión de residuos más avanzado que se ha instalado en una cápsula espacial de corto plazo. Fue diseñado para separar la orina y heces mediante succión de vacío y minimizar olores y además, hacerlo con suficiente privacidad para cuatro personas, no obstante, por ser la primera vez que se instala en una cápsula espacial, no se puede permitir fallo de funcionamiento en el drenaje y a la tripulación de Artemis II se le ha dotado de solución alternativa usando dispositivos de contingencia, urinarios plegables e instrucciones adicionales para gestionar sus necesidades fisiológicas con bolsas de plástico en la cápsula más avanzada de la humanidad.
La recuperación en los astronautas después del amerizaje, seguirá un protocolo diseñado para dar a sus cuerpos el tiempo que necesiten para recordar como funcionar con gravedad y al abrir la escotilla de la cápsula, los buzos ayudarán a los astronautas a salir a una balsa inflable, dos helicópteros de la Marina los llevan al buque USS John Patrick Murtha (LPD 26) y después a la enfermería del barco y los médicos harán las primeras evaluaciones, presión arterial, ritmo cardíaco, equilibrio, orientación, pedirán que se pongan de pie y caminen, se observará si hay signos de intolerancia ortostática teniendo en cuenta que los primeros pasos son siempre los más difíciles, recordar que los astronautas de los Apolo describían que el suelo parecía moverse, que sus piernas no respondían como esperaban, que el peso de su propio cuerpo se sentía extraño, como si hubieran pedido prestado el cuerpo de otra persona, que no sabían conducir vehículos, pero hay algo que la medicina espacial ha descubierto en los últimos años y que añade una carga de complejidad adicional. Los efectos del espacio en el cuerpo humano son sorprendentemente similares a los efectos del envejecimiento acelerado, la pérdida de densidad ósea es 10 veces más rápida que la osteoporosis normal, la atrofia muscular se parece a la sarcopenia de la vejez después de cumplidos los 60 años, el deterioro cardiovascular comparte mecanismos moleculares con el envejecimiento del sistema circulatorio y lo que los investigadores están descubriendo es que el espacio, hace en semanas lo que La Tierra hace en décadas, con lo que cada misión tripulada, es simultáneamente exploración espacial.
Los datos que se recogerán de los cuatro astronautas de Artemis II en las horas y días después del amerizaje del viernes, no son solo relevantes para el programa Artemis, lo serán también para entender qué le pasa al cuerpo humano cuando le quitamos la gravedad, es la respuesta resumida de que la naturaleza humana es extraordinariamente adaptable, se ajusta a la microgravedad con una eficiencia que asombra a los fisiólogos y se readapta a la gravedad con la misma eficiencia, pero la transición entre esos dos estados, el momento en que el sistema tiene que cambiar de modelo, es cuando la vulnerabilidad es máxima.
Los médicos estarán a la espera y el cuerpo humano, como siempre, recordará, pero hay un aspecto de la recuperación que la mayoría de las personas no considera y que es probablemente el más revelador sobre la naturaleza del cuerpo humano cual es la columna vertebral, que se alarga en el espacio y La Tierra comprime constantemente las vértebras entre sí y también los discos intervertebrales, esas almohadillas de cartílago que separan cada vértebra de la siguiente y actúan como amortiguadores que están siempre bajo la presión del peso corporal y esa compresión constante es la que mantiene la columna en su longitud normal y los discos en un estado de compresión permanente, en cambio, en microgravedad esa presión desaparece, los discos intervertebrales se expanden y la columna vertebral se estira, los astronautas en el espacio son literalmente más altos que en La Tierra, entre 3 y 5 cm. en misiones cortas, por lo que la tripulación de Artemis II después de 10 días en microgravedad, habrá crecido, pero el problema no es que ese estiramiento no sea indoloro sino que la expansión de los discos intervertebrales estira también los músculos y ligamentos de la espalda que están acostumbrados a una longitud específica, de ahí que aproximadamente el 43% de los astronautas reportan dolor de espalda durante los primeros días de microgravedad, precisamente por este reajuste y cuando vuelven a La Tierra y la gravedad vuelve a comprimir la columna a su longitud normal, el proceso inverso produce un segundo periodo de incomodidad mientras los discos vuelven a comprimirse y los músculos regresan a su longitud habitual. Los astronautas de Artemis II habrán crecido 3 ó 4 cm. durante su misión, pero el viernes, cuando la gravedad vuelva a actuar sobre ellos, empezarán a encogerse de nuevo y es literalmente lo que ocurrirá con sus columnas vertebrales en las horas después del amerizaje.
Voy a recordar otro efecto del espacio que afecta a los ojos y que en los últimos 15 años se ha convertido en uno de los problemas médicos más estudiados de la medicina espacial y que se conoce como síndrome neurocular asociado al vuelo espacial. Es el nombre técnico para un conjunto de cambios en la visión y en la estructura del ojo que algunos astronautas experimentan después de misiones largas y su causa está directamente relacionada con el mismo fluido que produce la cara de luna cuando los fluidos corporales se redistribuyen hacia la cabeza en microgravedad y aumenta la presión intracraneal, una presión del fluido que rodea al cerebro y la médula espinal y que también rodea a los nervios ópticos y al aumentar la presión durante semanas o incluso meses, puede comprimir los nervios ópticos desde atrás y alterar la forma del globo ocular aplanándolo ligeramente en la parte posterior, con el resultado que en algunos astronautas después de pasar meses en la Estación Espacial Internacional, regresan con la visión deteriorada y no temporalmente, sino en algunos casos permanentemente, con lo que la visión que tenían antes del vuelo ya no vuelve completamente y deben actualizar la graduación de sus gafas después de emisiones largas, aunque para misiones de 10 días como en el caso de Artemis II, el riesgo de daño permanente es mínimo y la presión intracraneal elevada durante 10 días, no producirá los mismos efectos que durante seis meses, pero los médicos monitorizan este parámetro activamente en todos los astronautas antes y después de cada misión y en este caso, los datos de Artemis II añadirán al cuerpo creciente de información sobre como progresa este efecto en función de la duración de la misión, aunque durante el regreso a La Tierra, ocurre un parámetro específico de esta misión y que no había sido medido antes en una misión lunar cuando el cuerpo humano tiene que hacer la transición de una gravedad cero de la microgravedad del espacio profundo a las cuatro o cinco fuerzas G de la reentrada y luego a la gravedad normal de La Tierra en el espacio de aproximadamente una hora.
En las misiones a la Estación Espacial Internacional, la reentrada es desde órbita terrestre baja a velocidades más bajas y con fuerzas G menores y en misiones de apoyo, pero ahora, la reentrada es desde velocidad lunar y aunque los astronautas llevaban semanas o meses preparándose para ello, fue en misiones de corta duración con menos tiempo de adaptación, pero después de emisiones más largas y en este caso, la tripulación de Artemis II va a experimentar cuatro o cinco G al permanecer 10 días en microgravedad, en la que sus músculos habrán perdido capacidad, su corazón se habrá reducido, su sistema vascular tendrá menos sangre de lo habitual y todo sometido a cuatro o cinco veces la gravedad normal durante varios minutos justo antes de pasar a la gravedad normal por primera vez en 10 días, los médicos de la NASA han calculado que los cuerpos de los astronautas pueden manejar esa transición porque tienen décadas de datos en misiones anteriores y tendrán los trajes de compresión además de los protocolos de recuperación, pero también saben que cada cuerpo responde de manera diferente, por lo que los datos que recojan el viernes, enriquecerán los modelos para todas las futuras misiones, aunque todavía no se ha empezado a valorar la experiencia completamente.
Lo que le pasa al cuerpo de un astronauta cuando vuelve a La Tierra después de varios días en el espacio, no es un accidente, ni un fallo del diseño humano, es la demostración de que la evolución optimizó al Homo Sapiens para un entorno específico, con una gravedad específica, con condiciones específicas y que lleva 4,000.000 de años siendo constantes y cuando sacas a ese cuerpo de sus condiciones normales, responde con la misma inteligencia que lo mantiene vivo en La Tierra, adaptándose eficientemente sin drama y silenciosamente, pero el inconveniente está en que esa adaptación tan perfecta para el espacio, tiene que deshacerse el viernes en cuestión de horas y por eso, hay médicos esperando a bordo en el USS John Patrick Murtha, porque el espacio afecta a la sangre, aunque raramente aparece en las explicaciones populares sobre medicina espacial y a su volumen, que sabemos se reduce y también cambia en su composición celular, específicamente los glóbulos rojos. En La Tierra, el cuerpo produce glóbulos rojos de manera continua en la médula ósea y los destruye después de aproximadamente 120 días de vida circulando por el sistema sanguíneo, de este equilibrio entre producción y destrucción, se mantiene el recuento de glóbulos rojos constante por tratarse de un sistema finamente calibrado y funcionado igual durante toda la historia evolutiva de los mamíferos, pero en micro gravedad, ese equilibrio se rompe hacia la destrucción y el cuerpo humano aumenta la tasa de destrucción de glóbulos rojos sin aumentar proporcionalmente la producción, con el resultado de lo que los médicos espaciales llaman anemia espacial, una reducción en el número total de glóbulos rojos circulantes que se desarrolla en los primeros días de cualquier misión y la causa exacta, todavía no está completamente comprendida, aunque la hipótesis más aceptada está relacionada con la redistribución de fluidos. Cuando en microgravedad los fluidos humanos se mueven hacia la parte superior del cuerpo, el bazo que actúa como reservorio de sangre y participa en la destrucción de glóbulos rojos viejos, puede interpretar el aumento de fluido como una señal de que hay demasiados glóbulos rojos y acelera su eliminación y con certeza se sabe de las consecuencias al ser los glóbulos rojos los transportadores de oxígeno en el cuerpo, porque cada glóbulo rojo contiene millones de moléculas de hemoglobina y cada una es capaz de unirse a cuatro moléculas de oxígeno y transportarlas desde los pulmones hasta cada célula del cuerpo, el tener menos glóbulos rojos, significan menos capacidad de transporte de oxígeno y esta menor capacidad evidencia que los músculos y el cerebro reciben menos oxígeno por litro de sangre bombeada, con el resultado de fatiga más rápida, menor capacidad al esfuerzo físico y menor agudeza mental bajo carga cognitiva. En el momento en que los astronautas de Artemis II experimenten las fuerzas G de la reentrada, que es el momento de mayor demanda física de toda la misión, lo harán con una capacidad de transporte de oxígeno reducida respecto a cuando despegaron y aunque no de manera crítica hasta el punto de poner en riesgo la misión, pero con el margen menor del que era el día 1 de abril al momento del despegue y si la recuperación de la anemia espacial después del amerizaje puede ser relativamente rápida comparada con otros efectos y si bien el cuerpo restaura el recuento normal de glóbulos rojos en semanas, durante esas primeras semanas, la fatiga que los astronautas sentirán, no es solo muscular, es también celular.
Otro sistema alterado es el sueño y además es el que más directamente afecta a la capacidad cognitiva durante la misión y en las primeras horas después del regreso, porque el sueño humano está regulado por dos mecanismos, el primero es la presión homeostática del sueño con la acumulación de adenosina y otras moléculas durante las horas de vigilia encargadas de generar la sensación de cansancio y la necesidad de dormir. El segundo es el ritmo circadiano, el reloj biológico interno sincronizado principalmente por la luz solar que regula cuando el cuerpo está preparado para dormir y cuando está preparado para estar despierto. En el espacio interestelar, ambos mecanismos se alteran, el ritmo circadiano está sincronizado con el ciclo de luz y oscuridad de 24 horas en la superficie terrestre. En órbita terrestre baja como la Estación Espacial Internacional, se experimenta un amanecer y un atardecer cada 90 minutos por ser el tiempo en completar una órbita, lo que representa dieciséis amaneceres y dieciséis atardeceres por cada día terrestre, el ritmo circadiano no puede seguir ese ciclo y se desincroniza. En el viaje lunar de Artemis II, la situación es diferente pero igualmente disruptiva dado que la nave en órbita, comparada con La Tierra con su velocidad orbital, viaja en trayectoria libre hacia La Luna y regreso, por lo que la exposición a la luz solar es continua e irregular, dependiendo de la orientación de la nave, de ahí que la NASA establece un ciclo de sueño artificial apagando las luces interiores y estableciendo periodos de descanso programados, pero el cuerpo no responde al ciclo artificial con la misma eficiencia que respondería al ciclo solar natural. Los estudios de sueño en misiones espaciales, muestran consistentemente que los astronautas duermen en promedio entre 30 y 60 minutos menos de lo planificado, con una calidad del sueño reducida por el menor sueño a consecuencia de las ondas lentas que, en el sueño, son más restauradores para el cerebro y en el cuerpo aparecen más despertares nocturnos y después de 10 días de sueño degradado, las consecuencias cognitivas son medibles porque la velocidad de reacción baja, la memoria de trabajo se ve afectada, la capacidad de tomar decisiones bajo presión en condiciones de fatiga acumulada, se reduce y para los astronautas que tienen que manejar una reentrada atmosférica que requiere atención sostenida y capacidad de respuesta a eventos inesperados, esta degradación cognitiva tiene relevancia operativa directa y los médicos de la NASA lo saben, por eso, los protocolos de los días 9 y 10 de la misión, priorizan el descanso por encima de casi cualquier otra actividad no esencial y la tripulación de Artemis II estará dejando de hacer demostraciones adicionales planificadas para preservar la capacidad cognitiva para la reentrada, aunque se presentará como una decisión médica disfrazada de ajuste de cronograma.
Hay otro efecto que los astronautas raramente mencionan en las entrevistas públicas, pero que los médicos monitorizan activamente en cada misión, cual es el sistema inmune, aunque los investigadores aún no tiene nada claro en relación con la microgravedad, pero lo que se sabe es que algunos tipos de células inmunes reducen su actividad en microgravedad, los linfocitos T que son glóbulos blancos esenciales del sistema inmunitario originados en la médula ósea y madurados en el timo, permiten, por un lado, que salgan a la circulación linfocitos inmunocompetentes y por el otro, que se elimine la mayor parte de las clonas autorreactivas que dirigen la inmunidad celular contra virus, patógenos y células cancerosas y que son los coordinadores centrales de la respuesta inmuneadaptativa y al mostrar una activación reducida con la producción de citoquinas o pequeñas proteínas del sistema inmunológico, las moléculas de señalización que coordinan la respuesta inmune, se alteran, con lo que la vigilancia contra células tumorales puede estar comprometida y al mismo tiempo, algunos virus latentes que el sistema inmune mantiene suprimidos en La Tierra, pueden reactivarse del virus y el virus de Epstein-Barr (VEB), el principal causante de la mononucleosis infecciosa que incluye en la fatiga extrema, fiebre, dolor de garganta intenso (faringitis), ganglios linfáticos inflamados en cuello y/o axilas, amígdalas con placas blancas y a veces, bazo o hígado inflamado y que permanece latente en la mayoría de los adultos después de la infección inicial, se ha detectado activo en muestras de saliva de astronautas durante misiones espaciales, además, el virus del herpes simple que causa el herpes labial y que permanece latente en los nervios faciales, también puede reactivarse y no necesariamente produciendo síntomas visibles, pero es detectable en análisis. La interpretación más coherente de estos datos es que la combinación de microgravedad, radiación del espacio profundo, estrés físico y psicológico de una misión y el sueño degradado, crean un estado de inmunosupresión parcial y el cuerpo humano debe estar haciendo frente a múltiples estresores simultáneamente y el sistema inmune, que también consume recursos energéticos significativos, recibe una prioridad reducida para una misión aún siendo de 10 días. Esto no representa un riesgo clínico significativo porque el cuerpo puede mantener sin consecuencias graves una función inmune suficiente durante ese tiempo, pero los datos que se recojan de los análisis de sangre postamerizaje de la tripulación de Artemis II, añadirán información crucial a los modelos de función inmune en misiones más largas, porque lo que en 10 días es una inmunosupresión leve y manejable, podría ser un factor de riesgo significativo en una misión de siete meses camino a Marte.
En la medida que el sistema cardiovascular se readapta y el cuerpo humano empieza a reponer el volumen sanguíneo, puesto que el sistema vestibular tarda entre 3 y 7 días en recalibrarse completamente, los astronautas pueden experimentar inestabilidad residual, especialmente en situaciones que requieren coordinación fina o específica con movimientos rápidos de cabeza, además, la masa muscular tarda semanas en recuperarse ya que cada día de microgravedad requiere aproximadamente dos días de recuperación muscular activa con ejercicio en gravedad normal, para restaurar la capacidad previa al vuelo y para 10 días de navegación, la recuperación muscular completa puede tomar entre 2 y 3 semanas de rehabilitación, mientras la capacidad cardiovascular sigue un patrón similar, porque el corazón recupera masa y capacidad con el ejercicio, pero la recuperación completa en cuanto a la densidad ósea en proyectos largos llevará semanas y puede tardar entre 2 y 4 años en recuperarse completamente, si bien para 10 días, la pérdida es mínima y la recuperación es rápida, el dato de 2 a 4 años para misiones de 6 meses, ilustra la escala del problema para misiones más largas. En cuanto al sistema inmune, se normalizará en semanas, el sueño se regularizará en pocos días una vez que el cuerpo está de vuelta en el ciclo solar natural, lo que significa en términos prácticos y para la tripulación de Artemis II es que el viernes por la noche, cuando los médicos hagan las primeras evaluaciones en la enfermería del buque USS John Patrick Murtha, los astronautas estarán en el punto de mayor vulnerabilidad física de toda la misión, pero también en el inicio de una recuperación que para la mayoría de los astronautas se completará en cuestión de días o semanas, aunque no se quedarán así, el cuerpo recuerda y esto lleva al punto final que conecta todo lo anterior con lo más grande que la misión Artemis II.
Los cuatro astronautas que amerizarán el viernes, son también experimentos andantes, sus cuerpos son instrumentos de medición que han estado recopilando datos durante 10 días en el entorno más extremo al que cualquier ser humano puede estar sometido fuera de La Tierra, datos sobre fluidos, músculos, huesos, corazón, sistema vestibular, sistema inmune, sueño, radiación, presión intracraneal, datos que los médicos de la NASA llevan años esperando recoger de una misión lunar real y no en simulaciones dentro de la Estación Espacial Internacional que está solo 400 Km. de la superficie terrestre y protegida parcialmente por la magnetosfera e ionosfera, cuando el espacio profundo es muy diferente, la radiación, la distancia psicológica y el tipo de estrés fisiológico que produce ese entorno específico más allá de la protección de la magnetosfera e ionosfera en una trayectoria real alrededor de La Luna con los niveles de radiación cósmica y galáctica que solo se encuentran fuera de la protección terrestre, es exactamente lo que necesitan medir los científicos para planificar con seguridad las misiones que se realizarán después con Artemis III en los años 2027 ó 2028 y que llevará astronautas a la superficie del Polo Sur lunar y pasarán días en la superficie viajando con el traje espacial por un terreno que ningún ser humano ha pisado para recoger muestras, desplegando instrumentos y luego volviendo a la cápsula para el viaje de regreso, de ahí que todo lo que pase con los cuerpos de Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Hammock Koch y Jeremy Hansen en las próximas semanas, ofrecerán datos de presión arterial, medición de densidad ósea, análisis de sangre, evaluación vestibular de información y hará que Artemis III sea más seguro para quien la tripule y eso es lo que significa ser astronauta de prueba, no solo pilotear la nave y hacer las observaciones científicas, sino prestar el cuerpo como instrumento de medición para que las misiones que vienen detrás puedan ir más lejos y con más seguridad mientras se enfrentan a un enemigo completamente invisible cual es la radiación espacial, porque fuera del escudo magnético protector de La Tierra, la cápsula Orión navega por un océano cruzado por partículas solares de alta energía y es por ello que todos y cada uno de los astronautas, llevan pequeños dosímetros pegados al cuerpo registrando la dosis exacta de milisirverts que atraviesan sus tejidos y colisionan contra su ADN, es un contador silencioso de su exposición que no es solo un monitoreo pasivo, es una parte crucial de los objetivos de Artemis II para probar los protocolos de supervivencia cuando detectan que El Sol desata una violenta tormenta de partículas y la tripulación debe evaluar como atrincherarse rápidamente en el centro de la cápsula, refugiándose en la zona más protegida de la cabina y actuar como operadores de sistemas de tecnología avanzada.
El viernes día 10 de abril de 2026 a las 20:07:27 horas de la tarde, cuando la cápsula Orión americe en el agua del Océano Pacífico, cuatro cuerpos extraordinariamente entrenados entrarán en el momento de mayor vulnerabilidad física de sus vidas espaciales y sus datos médicos comenzarán a construir el camino hacia Marte.
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