La II República española

por Julián Segarra Esbrí


   A consecuencia de la aparición del coronavirus (COVID-19) como enfermedad que causa entre otros síntomas fiebre, tos, dificultad respiratoria, se colapsan los hospitales de enfermos y frente a la rápida expansión del virus, el Gobierno de España del siglo XXI el día 14 de marzo de 2020 decretó el estado de alarma en todo el territorio nacional y con esta medida, desde el día 28 de marzo se limitó la libre circulación a los ciudadanos y también acudir al lugar de trabajo al suspender toda actividad laboral presencial no esencial, con el resultando de un confinamiento de la población en sus viviendas y con el apercibimiento de ser sancionado por salir a la calle, obligando a llevar mascarilla hasta para besar a la novia y pastorear cabras por el monte, porque se ha creado un Comité de Expertos que por la televisión se nos dice a la población el registro de muertes por coronavirus y que el día 2 de abril de 2020 se registran 950 fallecidos, lo que me recuerda a los Comités que nacieron durante la II República Española y que si bien fue un régimen democrático proclamado después de la huida del rey Alfonso XIII sin abdicar, sin firmar nada, sin un solo tiro, es instituido para gobernar España desde el 14 de abril de 1931 hasta el 1 de abril de 1939 y fue también quien decidía sobre las vidas de las personas y sus propiedades y en la España de la II República, obispos, curas, frailes y monjas, agricultores propietarios y comerciantes, sufrieron extorsiones, represalias, incluso la muerte. Si inició con el saqueo, quema y destrucción de edificios religiosos desde los días 11 y 12 de mayo de 1931, continuando hasta que ardieron a la vez un centenar de conventos y continuar con la matanza de más de seis mil curas, frailes y monjas asesinados en cuestión de meses, siendo una de las mayores matanzas de religiosos y seglares de toda la historia, cometida por españoles a causa de su fe de los que 978 ya han sido proclamados mártires por la Iglesia Católica y posteriormente, hasta un grupo de milicianos practicaron con sus armas disparando contra una gran estatua del Sagrado Corazón de Jesús como si fuera un condenado para luego volarla con dinamita el día 7 de agosto de 1936.

   El órgano oficioso del catolicismo español dirigido por el nuevo cardenal Ángel Herrera Oria, se posicionó el día 15 de abril de 1931 ante la recién proclamada II República siguiendo la doctrina del Papa Pío XI (Achille Damiano Ambrogio Ratti) con acatamiento al poder constituido del Gobierno republicano de España y de acuerdo con las instrucciones recibidas desde Roma, la misma postura fue mantenida en las pastorales publicadas por todos los obispos, pero la buena acogida inicial del catolicismo oficial a la II República, sufrió una dura prueba con la quema de conventos y edificios religiosos que tuvo lugar en varias ciudades de España a excepción de Logroño por la intervención de su Gobernador Civil Francisco Vives Nuin, aunque el Ministro de Gobernación, el católico Miguel Maura Garmazo logró enterarse con anticipación de los preparativos que se hacían al respecto aunque nadie le quiso hacer caso. Para entender cómo se llegó hasta esta situación social, hay que empezar con las leyes gubernativas cuando el día 13 de octubre de 1931 y en plena discusión de la nueva Constitución, Manuel Azaña Díaz-Gallo en su condición de Jefe del Gobierno de la II República, pronunció una frase en las Cortes Españolas aclarando que España había dejado de ser católica y todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano, aún siendo un país en el que la inmensa mayoría de las personas seguía bautizándose, casándose y enterrándose por la Iglesia, pero aquella frase no era una simple observación, era un programa que resumía bien el espíritu con el que la II República y desde sus primeros meses, abordó la cuestión religiosa. No era un tema menor ni accesorio, ya que para buena parte de los partidos que sostenían el nuevo régimen, eliminar el peso de la Iglesia era uno de sus grandes objetivos, una señal de identidad, porque la persecución que estallaría años después durante la guerra, no salió de la nada y para entenderla, hay que empezar mucho antes en el tiempo y no con las milicias, ni con los fusilamientos, sino con los papeles escritos en las leyes y en los debates en las Cortes.

   La idea clara y evidente nacida el día 14 de abril de 1931 por II República respecto a la Iglesia Católica, era apartarla del Estado y en buena medida, también de la vida pública española y se convirtió en Ley, de hecho, nació la paradoja por la que la II República nacionalizó los bienes de la Iglesia, pero no tocó la estructura económica del país antes de transformar la propiedad ni la industria, porque lo primero que se quiso transformar fue el lugar que ocupaba la religión en la vida de los españoles. La pieza central fue el artículo 26 de la Constitución de 1931 que establecía la separación entre la Iglesia y el Estado, sin olvidar el artículo 3 que decidía un Estado español sin religión oficial. Es algo que existe en muchas democracias, pero alcanzaba un nivel muchísimo más alto al suprimir el presupuesto del clero, es decir, el dinero público que sostenía a los sacerdotes y el disolver y expulsar de España a las órdenes religiosas como la de los jesuitas, permitir la confiscación de sus bienes y la prohibición a las demás congregaciones religiosas de realizar actividades relacionadas con la industria, el comercio o la enseñanza, señalando además que sus bienes podrían ser nacionalizados e imponiendo un voto de castigo por desobediencia a una autoridad distinta del Estado, en definitiva, era una redacción legislativa pensada para una orden muy concreta, para permitir que los jesuitas de la Compañía de Jesús fueran disueltos, como lo será la Orden por Decreto de 23 de enero de 1932 y sus bienes pasarán al Estado y además, se prohibía a las órdenes religiosas dedicarse a la enseñanza por ser una de sus actividades principales en toda España, en un país donde gran parte de las escuelas estaban en manos de los religiosos, con lo que esta sola medida, afectaba a la educación de cientos de miles de niños. El paquete legislativo se completaba con otras medidas como el divorcio, el matrimonio civil, la secularización de los cementerios, era en conjunto, el intento de construir un Estado completamente laico en muy poco tiempo y en un país de profunda raíz católica.

   La votación de aquel artículo fue tan tensa que provocó una crisis de gobierno y el propio Presidente del Gobierno Provisional Niceto Alcalá-Zamora y Torres y el Ministro de la Gobernación Miguel Maura Gamazo, ambos católicos, presentaron su dimisión el 14 de octubre de 1931 porque no estaban de acuerdo con lo que consideraban una redacción persecutoria hacia la Iglesia Católica. Los diputados de las minorías católicas se levantaron y abandonaron las Cortes en señal de protesta porque antes, ya se había forzado la salida de España del cardenal Pedro Segura Sáez arzobispo de Toledo y máxima autoridad de la Iglesia española y también del obispo de Vitoria Mateo Múgica Urrestarazu, por incluir en sus pastorales unos párrafos de alabanza al rey Alfonso XIII, causando las iras del Gobierno republicano al enfrentarse al nuevo régimen, pero la Constitución, salió adelante y dejó una herida abierta entre una parte del país y el nuevo régimen, dos años más tarde se promulgó otra norma en la misma dirección, la Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas de 2 de junio de 1933, que reforzó la prohibición y sometió a las órdenes religiosas a un control estricto del Estado con una legislación que se aprobó en las Cortes y se publicó en los Boletines Oficiales para su aplicación por funcionarios del Estado; no era obra de unos descontrolados, ni del furor de la calle, fue una política de Estado deliberada y consciente, impulsada por quienes querían una secularización rápida y total de la sociedad española y de esa situación social, nadie habla para poder discutir lo que vino después durante la guerra que, con su grado de organización, en la nación preparada con la idea de que la Iglesia era un adversario al que había que reducir porque durante los años anteriores se habían instalado las leyes que marcarían el camino a seguir y mientras se debatían esas leyes en las Cortes, algo se había empezado a moverse también en las calles para que mucho antes de que sonara el primer disparo de la guerra, el fuego ya había llegado a los conventos.

   Apenas un mes después de proclamarse la II República, desde el día 11 de mayo de 1931 el cielo de Madrid se llenó de humo por grupos de personas que asaltaban e incendiaban conventos e iglesias por toda la ciudad en cuestión de horas, el fuego saltó también en otras provincias como Sevilla, Córdoba, Málaga, Valencia, Alicante, en total ardieron en pocos días más de un centenar de edificios religiosos y en muchos casos, las autoridades no actuaron con decisión. Se cuenta que en Málaga se ordenó a los bomberos, retirarse y dejar arder el edificio de la casa de los jesuitas y su iglesia para quedar reducidos escombros ante la mirada impotente de quienes podían haberlo evitado. Fue la primera señal clara de que el anticlericalismo no iba a quedarse solo en las leyes, había bajado a la calle y lo había hecho con una rapidez que asustó incluso a algunos republicanos moderados viendo como en pocas semanas el nuevo régimen ya tenía un problema serio con una parte enorme de la población. Aquellos incendios de 1931 no causaron por lo general victimas mortales, se atacó a los edificios y no a las personas, pero el aviso quedó presente y la Iglesia se sintió perseguida, por lo que muchos católicos empezaron a ver al nuevo régimen como un enemigo y al revés para los sectores más anticlericales. Cada gesto de la Iglesia, confirmaba que seguía siendo un poder al que había que combatir y las dos Españas se miraban cada vez con más desconfianza, por lo que la tensión social, lejos de bajar, fue creciendo año tras año y el siguiente escalón llegó en octubre de 1934 con la llamada Revolución de Asturias cuando en aquella insurrección obrera, la violencia contra la Iglesia dio un paso que no se había dado en España en casi un siglo y en esta ocasión, no solo ardieron edificios, también se mató a religiosos. Alrededor de 34 miembros del clero fueron asesinados y se calcula que se destruyeron unas 58 iglesias, entre las víctimas estaban los conocidos como Mártires de Turón, un grupo de hermanos de las escuelas cristianas (Hermanos de La Salle) y un sacerdote, detenidos en su colegio y fusilados, con lo que Asturias pasó a ser el ensayo general de lo que llegaría dos años después y lo que en 1931 fueron edificios vacíos, luego ardieron en 1934 con personas asesinadas por su condición religiosa.

   Entre los días 11 y 12 de mayo de 1931 fueron incendiados más de un centenar de edificios religiosos, perdiéndose valiosas obras de arte e inaugurándose una forma de crueldad republicana que no fue perseguida por las autoridades hasta después del triunfo electoral del centro derecha en las elecciones de noviembre de 1933. Todo el mundo sabía que iban a arder los conventos y como según la Ley Orgánica, el Presidente de la Audiencia sustituye al Gobernador Civil en su ausencia, dado que el Gobernador Civil de Logroño se fue a hacer consultas a Madrid, dejaba el mando en manos del Presidente de la Audiencia quien mandó reunirse con el Jefe de la Guardia de Seguridad, que era como la policía, al Gobernador Militar y a los representantes de los partidos políticos izquierdistas, para comentar la posible quema de conventos. El Coronel Civil conocía los estatutos de la Guardia Civil y su obligación de defender la propiedad y las vidas de las personas, suponiendo que las armas serían para algo más que llevar un lastre en la cintura de las tropas acuarteladas, por lo que si fuera menester deberían usarse para hacer fuego contra los agitadores, aclarando que si las órdenes se cumplen, aquella noche será una noche de luto para Logroño, pero en sus manos como representantes sociales, estaba el decidir detener la vergüenza de permitir algaradas.

   Con el paso del tiempo, una línea peligrosa se había cruzado y finalmente, el día 18 de julio de 1936 estalló la guerra y con ella, todo cambió con un golpe militar que triunfó en una parte de España y fracasó en la otra, la zona que quedó bajo control de la II República y el Estado se hundió por completo, la Policía quedó desbordada, el Ejército se dividió, los Tribunales dejaron de funcionar y en ese vacío de poder, la persecución religiosa dio un salto salvaje y de los edificios, se pasó a las personas, de los incendios aislados, se pasó a las detenciones y los fusilamientos en masa en gran parte del territorio republicano, el culto católico quedó prohibido, las iglesias se cerraron y se convirtieron en almacenes, en garajes, en cárceles y los sacerdotes tuvieron que esconderse, vestirse de paisano, quemar sus propios documentos, muchos huyeron a casas de familiares o conocidos donde pasaban meses encerrados sin salir a la calle esperando que la tormenta amainara mientras otros buscaron refugio en embajadas extranjeras, a muchas personas no les dio tiempo de refugiarse o escapar y aunque aquellas matanzas no respondieron a una orden de exterminio firmada por el Gobierno de la II República, sino que fueron consecuencia del derrumbe del Estado y de la acción de las milicias, de los partidos y los sindicatos que actuaban por su cuenta en medio del caos revolucionario, el clima de hostilidad hacia la Iglesia venía de lejos, alimentado durante años desde la prensa y desde la tribuna política que en los primeros meses, las autoridades republicanas hicieron poco o nada para frenar la matanza, unas Autoridades con incapacidad en medio del descontrol, otras mirando hacia otro lado, en cualquier caso, el resultado fue una cifra que cuesta entender por ser una de las mayores matanzas de religiosos de la historia y lo más difícil de imaginar es que fue concentrada en apenas unas semanas.

   El historiador Antonio Montero Moreno da la medida de lo que pasó en toda la historia de la Iglesia en España que ni siquiera en las grandes persecuciones del Imperio Romano se había matado a tanto religiosos en tan poco tiempo y no es una frase de propaganda, es la conclusión de un estudio detallado publicado en 1961 que sigue siendo una referencia para los historiadores de ambos lados del litigio, no obstante, conviene tener presente que Antonio Montero Moreno no era un autor neutral porque llegó a ser arzobispo, pero su recuento hecho nombre tras nombre, ha resistido la revisión de los especialistas que en general, lo dan por bueno con pequeñas correcciones al alza. Según los estudios, en la zona republicana fueron asesinados 6832 miembros del clero. El recuento incluye unos 12 ó 13 obispos, más de 4000 sacerdotes, unos 2300 frailes y religiosos y casi 300 monjas con su correspondiente nombre, la parroquia y el pueblo, lo que acredita no ser cifras abstractas, sino personas concretas, muchas de ellas sin ningún papel político y dedicadas solo a su comunidad.

   Otros historiadores como Fernando del Rey, manejan cifras parecidas en torno a los 7000 y casi todos coinciden en que la inmensa mayoría de esas muertes se concentró en el verano y el otoño de 1936, en los primeros meses de la guerra. Solo en las dos primeras semanas, algunos recuentos hablan sobre que fueron asesinados más de 800 clérigos y para septiembre, la cifra ya superaba los 2800, es decir, en cuestión de dos meses se mató a más religiosos que en cualquier persecución conocida en siglos. Después, el ritmo bajó, pero el grueso del daño ya estaba hecho y el procedimiento repetido por toda la geografía española era siempre el mismo. Las milicias tenían listas de sacerdotes, frailes y personas señaladas como católicas, los buscaban casa por casa, a veces bastaba una denuncia de un vecino, una vieja rencilla o el dato de que alguien iba a misa o guardaba imágenes religiosas en su casa, se los llevaban detenidos y en muchos casos no regresaban. El ser sacerdote, llevar sotana, haber dado clase en un colegio religioso, ser vecino que trabajaba sus propias tierras, disponer de dinero por la venta de sus propias cosechas, podía ser suficiente para la detención y en algunos lugares, se obligó a los detenidos a cabar sus propias tumbas antes de morir asesinados, a otros se los fusiló vestidos y si eran religiosos, con los ornamentos de la misa a modo de una última burla. Son episodios duros que conviene contar sin recrearse en ellos, pero tampoco sin esconderlos, porque ocurrieron y la hostilidad no se ocultaba, al contrario, se alentaba en público a la población desde la prensa como la referencia del 15 de agosto de 1936 del diario Solidaridad Obrera, órgano de la CNT, cuando llegó a publicar que los obispos y cardenales debían ser fusilados y las órdenes religiosas disueltas, lo que no era un panfleto clandestino, era la prensa de una de las grandes organizaciones del momento y a plena luz del día y no fue un caso aislado, en aquellos meses, buena parte de la prensa de izquierdas presentaba el clero como un enemigo interno, casi como una prolongación del bando sublevado y repetida muchas veces esa idea, se facilitaba que muchas personas normales miraran para otro lado o incluso colaboraran cuando se llevaban al cura del pueblo.

   La mayoría de los historiadores sostiene que estás matanzas no fueron un plan de exterminio ordenado y ejecutado por el Gobierno de la II República, sino el producto del vacío de poder, de la anemia del descontrol revolucionario que siguió al golpe, porque no hubo un decreto firmado que mandara matar curas y personas vecinas determinadas, pero también es cierto y forma parte del relato honesto el que durante meses el descontrol se toleró, que la incitación llegaba desde periódicos y partidos del propio Frente Popular y que el Estado republicano tardó en recuperar el control de su retaguardia mientras entre una cosa y otra, miles de personas fueron asesinadas por su religión y otras por su situación social, sin juicio, sin defensa, sin más causa que su fe o su oficio. Ese es quizá el resumen más justo por no existir un plan perfectamente diseñado desde un despacho, ni un simple accidente del caos, fue una mezcla de las dos cosas con un resultado terrible y no solo se atacó a las personas, la odiosa furia se dirigió también contra todo lo que la iglesia representaba, contra los objetos, los edificios, la memoria contra las cosas porque además de las personas elegidas, ardió también un patrimonio que llevaba siglos conservándose. Se calcula que en la retaguardia republicana resultaron dañadas o destruidas alrededor de 20000 iglesias y conviene subrayar que la mayoría no se perdió en combate por las bombas, o los frentes en la guerra, sino lejos del conflicto de forma deliberada por ser una destrucción buscada o elegida y no un daño de la guerra; al ser quemados retablos góticos hechos de madera, tallas de siglos arrojadas a las hogueras en las plazas y quizá lo más irreparable, archivos parroquiales enteros reducidos a cenizas con registros de bautizos, bodas y entierros de generaciones, era la memoria escrita de pueblos enteros perdida para siempre como martirio de las cosas.

   Hay provincias enteras como Cuenca, Albacete o partes de Valencia, que apenas conservan arte religioso anterior a la guerra civil a pesar de que por allí no pasó el frente, no lo destruyeron las bombas, sino la retaguardia con gestos simbólicos como en el Cerro de Los Ángeles en Getafe en el centro geográfico de España que se alzaba un gran monumento al Sagrado Corazón en el que un grupo de milicianos lo fusiló dispararon contra la figura de Cristo como si fuera un condenado más y después volaron la imagen con dinamita, una imagen de aquel fusilamiento de una estatua que dio la vuelta al mundo al ser publicada en la prensa extranjera como símbolo de la guerra que la II República libraba también contra la religión y que mientras para unos era un acto de liberación, para otros, una profanación, pero la foto con los milicianos apuntando a un Cristo de piedra no necesitaba explicación, lo decía todo por sí sola. Entre los muchos casos de aquellos meses, hay uno que resume la cólera de todo, ocurrió en el hospital de San Baudilio en Sant Boi de Llobregat, una Comunidad de hermanos de San Juan de Dios que se dedicaba a cuidar a enfermos mentales. Cuando llegaron a por ellos, se cuenta que los propios pacientes suplicaron que no se los llevaran, pero no sirvió de nada, decenas de aquellos hermanos fueron fusilados y décadas después, la Iglesia los reconoció como mártires. Casos como este se cuentan por miles durante aquellos meses, comunidades enteras detenidas en bloque, religiosos que cuidaban ancianos o enfermos y que no tenían más delito que su hábito. La iglesia española vivió en pocas semanas la mayor sangría de su historia y el Vaticano ha beatificado desde entonces a varios miles de víctimas de aquella violencia, siendo uno de los mayores procesos de beatificación que se conocen. La oleada no duró toda la guerra, a partir de mediados de 1937, el Gobierno de Juan Negrín López y sobre todo su ministro de Justicia, el católico vasco Manuel de Irujo Ollo, trabajaron para frenar la persecución y devolver cierta normalidad al culto con lo que la matanza masiva ya había pasado, se había consumado casi toda en aquel primer verano de furia terrorífica, pero no era un perdón, ni un arrepentimiento general, fue sobre todo una cuestión práctica porque la II República necesitaba lavar su imagen ante las democracias occidentales que miraban con horror las noticias que llegaban de su retaguardia, no obstante, fuera cual fuera el motivo, las matanzas masivas de religiosos, personas comerciantes y agricultores propietarios se detuvieron y lo que quedó, fue un país con miles de muertos por su religión, miles de templos en ruinas y una memoria partida en dos que todavía hoy se discute porque para unos fue una persecución religiosa, de agricultores propietarios y comerciantes sin precedentes y para otros, un episodio más del derrumbe de un Estado en guerra.

   Lo que no se discute es el número de víctimas, ni el silencio en el que cayó durante mucho tiempo esta parte de la historia, pero la persecución de la Iglesia con ser la más visible, no fue la única maquinaria del terror que funcionó en la retaguardia republicana puesto que había otra más intenciosa, más fría, más profesional, una que no nació en las calles de España, ni del furor de unos milicianos, sino de mucho más lejos en los despachos de Moscú y que llegó a España con las primeras cajas de armas soviéticas, una policía secreta venida del país de Ilósif Stalin que pronto enseñaría a la retaguardia republicana los métodos de terror mucho más fríos y calculados que el furor de una hoguera, una maquinaria pensada no para arder en una tarde, sino para funcionar en durante meses. La policía secreta soviética que torturó a muchos ciudadanos en la España Republicana y en plena Guerra Civil, cuando la II República permitió que funcionara en el suelo español una policía secreta inspirada directamente en la de Stalin, con sus propias cárceles, sus propias celdas de tortura y hasta sus propios campos, pero que no se dedicaba a perseguir a los espías de Franco, perseguía sobre todo a personas de su propio bando por anarquistas, socialistas, comunistas y disidentes, a todo el que dentro de la zona republicana no se plegara a Moscú, llegando a tener miles de agentes y a detener a miles de personas, se llamaba el SIM (servicio de investigación militar) y para entender cómo llegó a existir, hay que empezar por la palabra oro y por el nombre Stalin ya que sin él, nada de esto habría llegado a existir cuando estalló la guerra los días 17 en Melilla y el 18 de julio de 1936 en la península.

   La II República necesitaba armas con urgencia pero las grandes democracias occidentales como Francia y el Reino Unido se habían declarado neutrales y no le vendían casi nada. El único país dispuesto a armar a la II República fue la Unión Soviética de Stalin, aunque más adelante llegaría también algo de ayuda desde México, pero a otra escala, el grueso de las armas, de los aviones y de los tanques, vino del Este, desde Moscú y de una forma que iba mucho más allá de lo militar porque Ilósif Stalin no enviaba su ayuda gratis, ni por solidaridad, se hizo por dinero y por un precio que no se pagó solo con monedas, ni con oro, se pagó también con influencia ideológica, con su visión política y al final, hasta con sangre. Ese precio fue en buena parte el oro que, en octubre de 1936, las reservas de 510 toneladas de oro del Banco de España, una de las mayores del mundo en aquel momento, fueron embarcadas y enviadas a la Unión Soviética en una operación hecha en secreto por la noche cargando las cajas en el puerto de Cartagena, un oro conocido después como el oro de Moscú que nunca volvió a España y todavía hoy se discute si las armas recibidas valían lo que se pagó por ellas, pero sirvieron para pagar las armas, los aviones y los tanques que llegaban del Este junto con los asesores militares, mientras Ilósif Stalin mandó también algo que no figuraba en ningún acuerdo oficial, los Agentes de su policía secreta, el temido NKVD (el comisariado del pueblo para asuntos internos de la Unión Soviética), la misma organización que dentro de la Unión Soviética se encargaba de detener interrogar y eliminar a los enemigos del régimen con una misión que no era combatir a Franco, era controlar el bando republicano desde dentro, vigilar, informar y sobre todo, asegurarse de que el Partido Comunista era fiel a Moscú y fuera ganando peso frente al resto de fuerzas de izquierda.

   Los asesores soviéticos se instalaron en los ministerios, en los cuarteles y en la sedes de los partidos, estaban en todas partes y supervisaban las operaciones militares, opinaban sobre los ascensos, vigilaban a los mandos, pocas decisiones importantes se tomaban sin que ellos lo supieran y dos nombres resumen aquella presencia, Mijail Corsof, un corresponsal del diario Pravda y hombre de confianza directa de Stalin, con una influencia política enorme para ser en teoría un simple periodista y sobre todo, Alexander Mijáilovich Orlov, el jefe del NKVD en España, un profesional del terror que venía de participar en las grandes purgas que Stalin estaba ejecutando en esos mismos años en la Unión Soviética en donde cientos de miles de personas eran fusiladas o enviadas a campos de trabajo, por lo que sabía perfectamente cómo funcionaba aquel mecanismo porque él mismo había sido una de sus piezas, montando en España su propia estructura, casi un Estado dentro del Estado para dirigir operaciones de contraespionaje y de persecución de disidentes desde la sombra y con una libertad de movimientos asombrosa.

   Dependiente de las armas soviéticas, la II República le había abierto la puerta de par en par a Stalin y sus hombres y una vez dentro, empezaron a hacer lo que mejor sabían hacer, buscar enemigos internos y en una guerra donde cualquier sospechoso es enemigo y siempre se acaba encontrando esa mezcla de guerra, dependencia y vigilancia, una policía secreta propiamente española, oficial, con uniforme legal, una policía que recogería las enseñanzas de los soviéticos y las aplicaría a gran escala en la retaguardia que, solo en Madrid, el SIM llegó a tener unos 6000 agentes y disponía de un presupuesto enorme para la época calculado en millones de pesetas y con sus propias prisiones e incluso campos de trabajo, eran vecinos que vigilaban a sus propios vecinos, porteros que informaban de la correspondencia que se abría en secreto, una red de ojos y oídos repartida por toda la zona republicana y en pocos meses, aquella organización se convirtió en una de las más temidas de la guerra, su solo nombre bastaba para que muchas personas bajaran la voz porque caer en sus manos era algo que nadie quería y lo más llamativo es quién la había creado y con qué intención, porque la historia del signo político es exactamente la que muchas veces no se cuenta ya que el SIM (servicio de investigación militar) nació el día 9 de agosto de 1937 y aquí hay que corregir una idea muy extendida, no lo creó el comunista Juan Negrín López por orden de Moscú, como a veces se cuenta, lo creó Indalecio Prieto Tuero, Ministro de Defensa Nacional y Socialista, una de las grandes figuras del PSOE, si bien es cierto que lo hizo siguiendo el consejo de los asesores soviéticos que insistían en la necesidad de un potente servicio de seguridad militar.

   Era una ocurrencia que en teoría tenía sentido en plena guerra con espías franquistas infiltrados por todas partes, con un Ejército necesitado de un servicio de contra inteligencia que los detecte y neutralice, pero nadie imaginó que Indalecio Prieto Tuero al frente del Ministerio de Hacienda, intentara controlar en servicio él mismo, nombrar personalmente a sus agentes porque temía que aquel aparato acabara en manos de los comunistas y el socialista Indalecio Prieto veía con creciente preocupación como el Partido Comunista, aunque pequeño antes de la guerra, se había hecho fuerte gracias al respaldo soviético y trataba de copar los resortes de un poder por medio de un servicio secreto que en manos comunistas era lo que quería evitar y sin embargo fue lo que acabó ocurriendo, de ahí que su primer jefe no fue un comunista, sino el socialista Ángel Díaz Baza, un hombre de confianza del propio Indalecio Prieto con la intención inicial de tener un servicio de inteligencia eficaz contra el espionaje franquista, la famosa Quinta Columna, que conspiraba en la retaguardia con la función oficial del contra espionaje y seguridad militar, detectar saboteadores, descubrir redes de espías, proteger los secretos del Ejército, una tarea en principio legítima en cualquier país en guerra, pero las cosas se le fueron de las manos y muy pronto, el peso del Partido Comunista en la II República no dejaba de crecer alimentado por la dependencia de las armas soviéticas y poco a poco el SIM, se le escapó del control a Indalecio Prieto y fue cayendo bajo la influencia comunista, cambiaron sus jefes, cambiaron sus métodos, cambió su objetivo y lo que había nacido para cazar espías enemigos, se transformó en algo muy distinto y en lugar de ser un servicio contra los espías de Franco, pasó a ser una policía política, una máquina dedicada a perseguir, vigilar y eliminar a los enemigos internos del comunismo dentro del propio bando republicano y el mismo aparato que debía proteger de Franco a la II República, se dedicó en buena medida a depurar la retaguardia de todo aquel que estorbara a Moscú y el propio fundador Indalecio Prieto, acabó horrorizado con la monstruosidad que se había convertido cuando abandonó el Ministerio el día 30 de marzo de 1938 al denunciar abiertamente que se había convertido en un instrumento de terror al servicio de una facción política de una potencia extranjera.

   Quien había sido Ministro y conocía por dentro la maquinaria, lo expresó claramente y su testimonio es uno de los más valiosos porque, precisamente no venía del enemigo, sino de un socialista que había estado en el corazón del Gobierno, justamente el hombre que lo había creado para defender a la II República y se encontró con que su creación se había vuelto contra los propios principios de la II República cuando ya era demasiado tarde para frenar una criatura crecida más que su creador, porque la ocurrencia no solo heredó la estructura de una policía secreta, heredó también algo más oscuro, sus métodos, unos métodos que venían directamente de la escuela soviética, de las celdas y los sótanos, donde el NKVD soviético había aprendido a quebrar al un ser humano sin necesidad muchas veces ni de tocarlo, con unos métodos diseñados para doblegar la voluntad además del cuerpo en las cárceles del SIM que tuvieron fama de aplicar métodos nunca vistos antes en España. Se hablaba de celdas diminutas calculadas para que el preso no pudiera ni sentarse, ni tumbarse totalmente, de luces encendidas día y noche y de ruidos constantes para impedirle dormir, de baños de agua helada, de suelos inclinados y bancos imposibles, métodos pensados, no tanto para causar dolor físico sino para destruir poco a poco la mente del detenido hasta arrancarle una confesión sin importar que la confesión fuera falsa, lo importante era obtenerla firmada para justificar la detención y señalar a otros. Eran en esencia las técnicas de la policía secreta soviética trasplantadas a suelo español y quien las traía, las había aprendido junto a los asesores del NKVD y además las aplicaba con frialdad de funcionario.

   Estos métodos de tortura se hicieron tan famosos que con el tiempo se convirtieron casi en leyenda y los historiadores discuten actualmente cuánto de lo que se contó fue real y cuánto se exageró después de terminada la guerra para usarse con fines de propaganda, porque está documentado que hubo tortura y que fue sistemática en algunos centros, que cada historia contada es exacta, no con los años la propaganda del franquismo, con todo el interés en pintar la retaguardia republicana como un acoso absoluto y algunos relatos se magnificaron, pero negar la tortura por completo como han hecho otros, tampoco tiene nada de honesto, es decir, existió una represión real y dura y existió también una leyenda negra que la agrandó, las dos cosas son verdad por incómodo que resulte reconocerlo, no se da ni quita razón a ningún bando, solo cuenta lo que pasó y la verdad está casi siempre en algún punto intermedio, pero descontando lo exagerado, lo que queda, es suficientemente grave por ser una policía que detenía sin garantías, que encerraba en condiciones durísimas y que usaba el miedo como herramienta de gobierno dentro de su propio bando republicano y lo que sí está claro es, a quién perseguían y la orden es muy reveladora, porque su primer y gran objetivo no fue el enemigo de enfrente, sino los marxistas que no obedecían a Moscú, los del POUM, que era un partido de izquierda revolucionaria que criticaba abiertamente la influencia soviética y los combates callejeros de mayo de 1937 en Barcelona.

   Después del estallido de la guerra civil española, el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) fue ilegalizado y su líder Andreu Nin y Maurín, un comunista catalán secuestrado y asesinado durante la Guerra Civil a manos de los servicios secretos soviéticos, quienes de hecho lo hicieron desaparecer para siempre y su caso es tan oscuro que merece contarse aparte, resume muy bien el patrón en aquella guerra. El primer enemigo del aparato soviético no era la derecha, sino la izquierda rival y puede sonar extraño, pero tenía su lógica porque a Stalin no le preocupaban tanto los enemigos declarados como los rivales dentro de la izquierda, los que podían disputarle el liderazgo del movimiento obrero, a esos era a los que había que eliminar y los siguientes después del POUM, le tocó el turno a los anarquistas de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) y la FAI (Federación Anarquista Ibérica), que habían sido aliados del Frente Popular, pero que recelaban del poder creciente de los comunistas, especialmente por su fuerza en Cataluña y Aragón que los convirtieron en un estorbo demasiado grande y los dirigentes anarquistas fueron vigilados, detenidos y en algunos casos eliminados y los mismos que en julio de 1936 habían parado el golpe en Barcelona con las armas en la mano, se encontraron dos años después perseguidos por sus antiguos compañeros de trinchera.

   Como en tantas veces, la revolución empieza por devorar a sus propios hijos y más tarde el SIM llegó a perseguir incluso a socialistas que no comulgaban con la línea de Moscú. Era una paradoja amarga, una II República que se había levantado contra un golpe militar en nombre de la libertad y estaba ahora recortando esa misma libertad, encarcelando a sus propios defensores por motivos políticos para proteger los intereses de una potencia extranjera, aunque no todos en el bando republicano lo aceptaron de buen grado y hubo protestas, denuncias, dimisiones, pero en plena guerra y dependiendo de las armas soviéticas, pocos se atrevían a plantar cara al aparato comunista, de ahí que la maquinaria no paraba y su golpe más grande, el más espectacular, estaba aún por llegar en la primavera de 1938 cuando el SIM (servicio de investigación militar) dio el mayor de todos por sus propios agentes, al lograr hacerse con la lista completa de la organización clandestina de Falange en Cataluña. La red de la Quinta Columna que conspiraba en la retaguardia con aquel documento en la mano, lanzaron una redada gigantesca y detuvieron de golpe a unas 3500 personas en una operación a gran escala contra el enemigo real, contra los que de verdad trabajaban para Franco desde dentro y aquella operación demostró que cuando quería, el abuso era una máquina eficaz, aunque el problema nació en que se empleó durante meses con tanta eficacia para las redadas como aquella realizada contra la Falange y muchas otras dirigidas contra personas del propio bando.

   Aquellos golpes fueron más la excepción que la regla y buena parte de la energía del SIM se había gastado en controlar a su propio bando y ahí está el fondo amargo de toda esta historia, la II República que había nacido como una democracia y se había levantado contra un golpe militar en nombre de la libertad, terminó construyendo una policía secreta que se parecía demasiado a aquello que decía combatir, una policía que torturaba encarcelaba y a veces mataba a ciudadanos de su propio lado por motivos políticos, siguiendo en buena medida las directrices de Moscú, de ahí que no fue una democracia ejemplar atacada por unos monstruos y un sistema organizado, desde el primer día fue algo más humano y más triste en un régimen que, acorralado por la guerra y necesitado de un aliado poderoso, fue renunciando poco a poco a sus propios principios hasta acabar usando las armas del enemigo al que combatía y esa contradicción acabó estallando del todo en los últimos días de la guerra en marzo de 1939 con Franco a las puertas de Madrid y de la derrota, ya inevitable, una parte del bando republicano se reveló contra los comunistas cuando el día 5 de marzo de 1939, encabezado por el coronel Segismundo Casado López, socialista republicano y jefe del Republicano Ejército del Centro en colaboración con el Cuartel General, se enfrentó a tiros con anarquistas y con los comunistas en las calles de Madrid, mientras el enemigo esperaba tranquilo viéndolos destruirse entre ellos. Segismundo Casado López y los suyos, justificaron su rebelión diciendo que los comunistas habían secuestrado a la II República y resistían por puro fanatismo llamándonos traidores y derrotistas, pero no importaba porque al final, Franco entró en Madrid pocos días después y la II República, en su propia agonía, estaba en guerra consigo misma.

   El aparato de terror que se había constituido para defender a la II República, fue lo que ayudó, con el paso del tiempo, a desgarrarla por dentro y Stalin, mientras tanto, hacía tiempo que había perdido interés en una guerra que daba por perdida con la victoria de Franco y cuando el SIM se deshizo, sus agentes huyeron, se escondieron o cambiaron de bando y muchos de sus archivos ardieron o se perdieron y por eso, cuesta saber con exactitud cuántas personas pasaron por sus celdas, cuántas murieron en ellas, cuántas quedaron rotas para siempre, las cifras que se manejan son siempre aproximadas, reconstruidas a partir de testimonios y de los pocos papeles que se salvaron y es uno de los capítulos peor documentados de la guerra, precisamente porque a casi nadie le interesó documentarlo. La policía secreta que iba a salvar a la II República, no la salvó, más bien al contrario, contribuyó a destruirla por dentro, a enfrentar a unos con otros, a sembrar una desconfianza que en los últimos meses se volvió suicida y cuando todo acabó, apenas quedó nadie dispuesto a recordar aquellos sótanos de los que muchos no volvieron a salir y solo quedó en la memoria de los que sobrevivieron con la incómoda certeza de que en aquella guerra civil, no todo el terror venía del otro lado y después durante la dictadura, ese terror se usó como propaganda exagerada y manipulada durante mucho tiempo hasta que finalmente, se prefirió no hablar de él como si reconocerlo manchara la memoria de la II República, pero los hechos contados con calma y sin rencor siguen ahí y el SIM fue la cara más fría y más profesional del terror en la retaguardia.

   Antes de llegar al primer verano de la guerra, ese terror ya se había vestido con otro disfraz, uno que resultaba todavía más inquietante porque se hacía llamar justicia aplicada por los tribunales populares, con condenas a muerte sin juicio ni defensa. Un comandante retirado de la Guardia Civil del 65 años con un gorro de papel en forma de tricornio puesto en la cabeza para burlarse de él, fue obligado a permanecer firmes mientras sus jueces, dos antiguos presos comunes y un grupo de hombres, desfilaban ante su presencia golpeándole con cuerdas y con toallas mojadas y retorcidas. Aquello, según los testimonios que se recogieron, no era una paliza cualquiera, era un juicio o por lo menos, eso decían quienes lo presidían, así, sin patria y justicia, en una parte de la retaguardia republicana durante el verano de 1936 y como en aquella pantomima de juicio, casi siempre había una sentencia de muerte, sin abogado, sin pruebas, sin posibilidad de recurrir y lo más inquietante, con la sensación de que todo aquello era a ojos de quienes lo hacían perfectamente normal por el vacío de poder que deja un Gobierno cuando se hunde de golpe y acaba en propiciar sublevados que juzgarán en tribunales habilitados en el sótano de una checa, siendo el reconocimiento implícito de todo lo que estaba pasando y cuando el Gobierno republicano quiso frenar las matanzas de las checas, fue porque sabía perfectamente que existían.

   Sin jueces y abogados profesionales, se sentaban en jurados populares ciudadanos sin formación jurídica y elegidos a propuesta de los partidos y sindicatos del Frente Popular, es decir, personas afines designadas por las mismas organizaciones que controlaban las milicias y las checas, con lo que la imparcialidad ya de entrada brillaba por su ausencia, aunque en teoría se admitía cierto grado de defensa y el acusado podía tener un abogado, podía declarar algo, pero era comparado con el sótano de un Comité donde no existía ni siquiera ocultación y las garantías seguían siendo mínimas por no decir nulas, habiendo un detalle decisivo contra sus sentencias cual era el no caber recurso, lo que decidían los juzgadores, decidido quedaba, no existía un juicio con segunda oportunidad, era sin instancia superior que pudiera revisar un error o una injusticia y en tiempos de guerra y de odio, los errores y las injusticias se cuentan por miles, con lo que durante los meses siguientes, se fueron creando más órganos de este tipo como tribunales de responsabilidades civiles, unos jurados de urgencia, unos jurados de guardia y más adelante en junio de 1937, un tribunal especial de espionaje y alta traición porque, cada pocos meses aparecía un organismo nuevo con competencias que se solapaban entre sí en un intento desesperado de ordenar el caos sobre el papel, mientras la II República se estaba dotando de toda una estructura judicial de guerra, leyes, decretos, organismos con nombre oficial para que visto desde fuera de España, pareciera un Estado que funcionaba.

   Pero aquella estructura, apenas funcionó donde más se necesitaba y los tribunales oficiales fueron en gran medida un fracaso a la hora de sustituir a los comités revolucionarios, de hecho, ante el tribunal especial de Madrid solo comparecieron 389 acusados en todo el año 1936 en una ciudad donde en esos mismos meses miles de personas estaban siendo detenidas y asesinadas sin pasar por ningún tribunal, con lo que la diferencia entre el papel y la realidad era abismal y la conclusión, es difícil de esquivar porque no deja en buen lugar a la II República de aquellos meses. La justicia oficial de la II República, la que tenía jueces actas y sentencias, fue durante los primeros meses una capa decorativa por encima de una realidad mucho más oscura, ya que servía sobre todo para guardar las apariencias ante el mundo exterior, mientras por debajo, seguía funcionando la maquinaria del terror, una inmensa mayoría de detenciones, los interrogatorios y las ejecuciones siguieron en manos de las checas y los comités de partido al margen de cualquier ley y mientras los tribunales juzgaban a unos pocos, los comités mataban a muchos más porque durante los meses más duros, fueron los comités los que llevaron la voz cantante aunque el intento del Gobierno de crear los tribunales fue real porque el interés de los dirigentes republicanos verdaderamente querían frenar el descontrol y veían con horror lo que pasaba en las calles, ya que no todos miraron para otro lado, algunos arriesgaron su carrera y a veces su vida por meter en cintura a los pistoleros de los Comités, pero sus esfuerzos llegaron tarde y con poca fuerza en un momento en que el poder real no estaba en los despachos del Gobierno, sino en los comités armados, puesto que quien tenía un fusil o pistola, tenía la última palabra y mientras esos tribunales nacían débiles, había quien empujaba en la dirección contraria, echando leña al fuego cada mañana, en colaboración de la prensa en la que buena parte de la prensa de la época, no sólo no denunciaba los asesinatos, sino que los pedía.

   En la masacre de Badajoz del día 14 de agosto de 1936 más de 1000 presos de derechas que se hacinaban detenidos, se preguntaban con evidente impaciencia cuando se les iba a juzgar, una palabra juzgar que en aquel contexto era un eufemismo, ya que lo que muchos pedían no era un juicio, sino una ejecución rápida. La insinuación era clara, se estaba tardando demasiado y pocos días después, otro diario escribía que no era hora de piedad, que la sangre de los compañeros caídos en el frente tenía que cobrarse con creces, lo que era una llamada abierta a no dejar preso con vida, no eran panfletos clandestinos de unos exaltados, eran órganos de los grandes partidos y sindicatos del Frente Popular publicados a plena luz del día sin la menor consecuencia para quienes los firmaban, ya que escribir aquello, no sólo no estaba penado, estaba bien visto y pedir la muerte de los presos era en ciertos ambientes una forma de demostrar firmeza revolucionaria. Aquellas palabras repetidas un día tras otro, creaban el ambiente perfecto para lo que ocurría en las checas porque cuando un periódico respetado repite cada día que los presos sobran, que hay demasiada blandura, que la sangre se paga con sangre, al hombre que aprieta el gatillo le queda la conciencia tranquila y piensa estar cumpliendo con su deber, porque allí, el procedimiento era casi siempre una caricatura macabra de un juicio y el detenido era llevado ante el Comité que se hacía llamar tribunal. A veces se reunía en una sala elegante de un palacio requisado, otras en el sótano de un edificio cualquiera entre humedades y bombillas desnudas con los jueces militantes del partido o del sindicato, personas sin la menor formación jurídica que no sabían de leyes ni les hacía falta, las leyes en aquellos sótanos no contaban para nada, en algunos casos eran analfabetos, en otros eran delincuentes comunes que habían sido liberados de las cárceles al estallar la guerra y que ahora, de pronto, decidían sobre la vida de los demás, la revolución había puesto el mundo del revés y donde quienes ayer estaban presos, hoy juzgaban a quienes ayer eran respetables.

   Cuando había pruebas, eran de risa y no era por lo que estaba en juego, porque una denuncia de un vecino, una rencilla personal de años atrás, el dato de que alguien iba a misa o de que guardaba una imagen religiosa en su casa, un apellido que sonaba a familia adinerada, una carta firmada por un pariente que estaba en el otro bando, en ocasiones bastaba con caer mal o con tener algo que otro codiciaba, cualquiera de esas cosas podía pesar más que la verdad, ya que no se buscaba averiguar si la persona había hecho algo, se buscaba un motivo para condenarla y casi siempre se encontraba porque en el fondo, la culpabilidad se daba por supuesta desde el momento en que la persona cruzaba la puerta del Comité, como en el caso de aquel comandante retirado de la Guardia Civil, humillado con el gorro de papel y golpeado por turnos, no fue una excepción, ni una salvajada aislada, se han documentado escenas parecidas en muchos de aquellos Comités, cada uno con sus propios rituales de humillación, fue por desgracia bastante representativo del tono en los que la burla, el desprecio y el castigo físico formaban parte del espectáculo, incluso antes de dictar la sentencia, para algunos de aquellos hombres era casi una diversión, una forma de sentirse por una noche dueños de la vida y de la muerte de otra persona y la sentencia, en demasiados casos ya estaba decidida de antemano. El juicio no era para averiguar nada, era un trámite y muchas veces un espectáculo antes de hacer lo que ya se había decidido hacer, pero hay un detalle que conviene no olvidar porque cambia la percepción del asunto. La mayoría de las víctimas de aquellos meses, ni siquiera llegaron a ver uno de esos tribunales improvisados, no hubo para ellas ni tan siquiera la parodia de un juicio, a muchas, simplemente las sacaban de casa por la noche, las metían en un coche y no volvían a aparecer con vida, desaparecían sin más, tragados por la noche sin que quedara constancia oficial de nada y a eso se le dio un nombre casi inocente, lo llamaban dar un paseo, era la forma más común de matar fuera de las grandes sacas de presos. La rutina era casi siempre la misma, de noche, unos hombres armados se llevaban a alguien de su casa o de una checa, lo subían a un coche o a pie y lo conducían a las afueras de la ciudad o del pueblo, allí lo mataban y al amanecer, el cadáver aparecía abandonado en una cuneta de un descampado o en una pradera del extrarradio, incluso en una finca de su propiedad.

   Cada mañana en el Madrid de aquel otoño y en otras ciudades importantes amanecían cuerpos nuevos, a veces con un cartel encima, a veces sin nombre a la espera de que alguien se atreviera a identificarlos, las personas sabían dónde mirar y familias enteras recorrían al alba aquellos descampados buscando entre los muertos a un padre, a un hermano, a un hijo que no había vuelto a casa. Era una estampa que se repetía a diario y muchos llegaron a acostumbrarse por terrible que parezca. Uno de los testimonios más valiosos de todo aquello, no vino del bando contrario sino desde dentro, Clara Campoamor, la abogada y feminista que había logrado el voto para las mujeres españolas, era una republicana convencida, no era sospechosa de simpatizar con la derecha, sino todo lo contrario y precisamente por eso su testimonio pesa tanto, Campoamor dejó escrito lo que veía cuando se acercaba a las praderas del extrarradio para contar cuántos cadáveres habían aparecido cada noche, no podía callar lo que estaba pasando en su propio bando y aunque le doliera, su libro es una de las pruebas de que aquello no fue un invento de la propaganda enemiga, sino algo que muchos republicanos vieron con sus propios ojos y condenaron como ella aquella violencia, no defendida por la II República sino todo lo contrario, la deshonraba y le daba al enemigo el mejor de los argumentos, la matanza llegó a ser tan visible que alarmó a los diplomáticos extranjeros destinados en Madrid y los cadáveres en las cunetas, los coches que salían cada noche, los relatos de los que huían, lo que veían, no era propaganda, era lo que pasaba a las puertas de sus delegaciones, porque en cada amanecer, muchas embajadas empezaron a abrir sus puertas y a ofrecer refugio a miles de madrileños que sabían que estaban en una lista y que en cualquier noche podían venir a por ellos, las embajadas de países pequeños llegaron a esconder a centenares de personas hacinadas durante meses arriesgando problemas diplomáticos por salvarlas de los paseos, que también se organizaban en los pueblos más pequeños.

   Saber el total de cuantas personas murieron en la zona republicana durante toda la guerra, es una cifra discutible y conviene darla con honestidad por haber distintas versiones, porque con las cifras de la guerra se ha hecho mucha política y conviene desconfiar tanto de quien las infla como del que las minimiza. La propaganda franquista de posguerra llegó a hablar de unas 85000 víctimas, una cifra hoy considerada exagerada, las investigaciones más moderadas las sitúan entre 38000 y 50000, historiadores de prestigio como Hugh Swynnerton Thomas o Paul Preston manejan cifras en torno a las 5000, otros como Julián Casanova Ruiz la dejan por debajo de las 60000, sea cual sea el número exacto, hay un tal Andreu Nin Pérez, que fue un comunista catalán secuestrado y asesinado durante la Guerra Civil a manos de los servicios secretos soviéticos, con el que casi todos coinciden, que la mayor parte de aquellas muertes se concentró en los primeros meses de la guerra por la primavera de 1937, cuando aún no se había cumplido un año de contienda y el grueso de la matanza ya se había consumado y después, poco a poco el Gobierno republicano fue recuperando algo de control y los asesinatos masivos disminuyeron, pero el daño de aquel primer otoño ya no tenía arreglo por las decenas de miles de personas asesinadas sin juicio y otras, por la parodia de un juicio en apenas unos meses con una justicia que no buscaba la verdad, sino la sangre, siendo quizá el rasgo más oscuro de todo el proceso que se hiciera en nombre de la ley con actas y sentencias, lo que en el fondo era pura venganza y al amanecer, los cuerpos en las cunetas esperando a que alguien se atreviera a recogerlos, porque recoger a un muerto del bando equivocado también podía costar la vida, ya que detrás de cada uno de aquellos juicios de mentira, detrás de cada paseo, había siempre un lugar, un edificio con un sótano, un convento requisado, un cine, una sede de partido, lugares con un nombre tomado de la Rusia de Lenin (Vladímir Ilich Uliánov), que los llamaban checas y solo en Madrid llegó a existir cientos.

   Las checas eran la red de cárceles secretas donde se torturaba durante la II República, con cientos de cárceles secretas repartidas por una sola ciudad en los peores meses, llegando haber en Madrid hasta cuatro por kilómetro cuadrado, lugares donde un juicio podría durar media hora y terminar en una sentencia de muerte sin apelación posible, donde se podía acabar por tan solo llevar una imagen religiosa o por tener un apellido que sonara mal, donde a veces bastaba una denuncia anónima para no volver a ver la luz del día, se llegó a calcular que sólo en la capital pasaron por ellas decenas de miles de personas y que cerca de 3000 fueron asesinadas directamente en sus instalaciones, muchas más murieron en las cunetas después de pasar por ellas y los descampados de las afueras, tenían nombres extraños tomados del ruso, las llamaban checas y durante unos meses fueron uno de los lugares más temidos de toda España, su solo nombre daba miedo. La palabra no es española, viene de la Chrezvychainaya Komissiya (comisión extraordinaria), era la policía secreta que Lenin creó en Rusia en 1917 para perseguir a los enemigos de la revolución bolchevique y el espionaje y que ese nombre saltara a España en 1936 no fue casualidad, muchos de quienes las pusieron en marcha, admiraban abiertamente a la Unión Soviética y querían imitar sus métodos por lo que el modelo era el mismo, una policía política que actuaba al margen de la ley, que detenía sin orden, juzgaba sin garantías y mataba sin dar cuentas a nadie. Lenin la había usado para barrer a los enemigos de su revolución y en España se usó para lo mismo pero, en mitad de una guerra civil y multiplicada por cientos.

   Estas reclusiones aparecieron en España desde el día 18 de julio de 1936 cuando un golpe militar triunfó en una parte del país y fracasó en otra, pero en la zona que quedó del lado de la II República, el Estado se descompuso al igual que el Ejército y la Policía quedó desbordada, los Tribunales dejaron de funcionar en cuestión de días, las garantías de toda una vida, las leyes, los jueces, la presunción de inocencia, simplemente se evaporaron y en ese vacío de poder, porque cada partido y cada sindicato del Frente Popular, expropió edificios para montar su propia estructura de represión, no esperaron permiso de nadie y donde antes había un Estado que detenía, juzgaba y castigaba con unas reglas, ahora había decenas de pequeños poderes armados y cada uno con sus propias reglas o sin ninguna, servía cualquier sitio, convento requisado, sedes de sindicatos, palacios incautados a familias ricas, escuelas, iglesias, cines, incluso pisos particulares, lugares pensados para rezar, para estudiar o para ver una película, fueron convertidos de la noche a la mañana en prisiones y salas de interrogatorios, en cada uno de aquellos lugares se instaló un Comité con un poder ilimitado para detener e interrogar a quien quisiera, juzgarlo y llegado el caso, ejecutarlo sin rendir cuentas a ningún juez ni a ninguna ley, con lo que la Checa era en la práctica un pequeño Estado dentro del Estado, con su propia cárcel, su propio tribunal y su propio pelotón de fusilamiento y conviene aclararlo porque es importante, aquello no fue un fenómeno totalmente espontáneo ni desordenado como a veces se cuenta, cada organización tenía la suya, el PSOE tenía sus checas, el partido comunista, las suyas, la CNT las suyas y las organizaciones republicanas, también a veces compartían el control de un mismo centro, mientras otras, competían entre ellas por ver quién era más implacable y esa competencia, lejos de frenar la violencia, la alimentaba, porque nadie quería parecer tibio ante los demás.

   Para hacerse una idea de la magnitud, basta un dato de un estudio del Instituto CEU de estudios históricos que después de años de investigación, ha documentado más de 340 checas solo en Madrid, a las que hay que sumar medio centenar de lugares de detención y un par de docenas de cárceles oficiales, una red tupida que cubría la ciudad entera con 340 cárceles clandestinas y la cifra es tan alta que cuesta creerla, pero está reconstruida caso por caso, dirección por dirección y la más temida de todas, la más célebre, no se escondía en ningún callejón oscuro, estaba a la vista de todos a plena luz en una calle por la que pasaba todo el mundo en una dirección de lo más respetable. La checa más temida de la guerra tuvo una dirección de lo más anodina, calle de Fomento número 9 en pleno centro de Madrid, por eso pasó a la historia como la Checa de Fomento, tres palabras y un número en una calle de aspecto corriente que escondían uno de los lugares más siniestros del Madrid durante la guerra, pero no empezó allí, en sus primeros meses, que fueron los más sangrientos, los pasó en un lugar todavía más insospechado, los sótanos del círculo de Bellas Artes en la calle de Alcalá, uno de los grandes templos de la cultura madrileña, allí donde poco antes se hablaba de pintura y de literatura, se instalaron las celdas y los interrogatorios bajo las salas donde se daban conferencias y se colgaban cuadros, en el que funcionaba un Comité que decidía quién vivía y quien moría, la cultura y el terror separados por unos pocos metros de escalera, aquella checa tenía además un nombre oficial, era el Comité Provincial de Investigación Pública y aquí aparece el dato más incómodo de toda esta historia, ese Comité no lo montaron unos descontrolados por su cuenta, lo creó un cargo del Gobierno, el Director General de Seguridad Manuel Muñoz Martínez el día 4 de agosto de 1936, apenas dos semanas después del golpe y con la firma de una autoridad del Estado, una de las checas más mortíferas de Madrid nació directamente desde las instituciones del Estado.

   No era una estructura paralela y clandestina, era en parte una estructura oficial y eso cambia mucho la forma de entender lo que pasó, porque una cosa es un grupo de exaltados que se descontrola y otra muy distinta un Organismo creado por el Director General de Seguridad de un Gobierno en un centro que funcionaban con unas treinta personas del Frente Popular organizadas en seis tribunales que tomaban decisiones de vida o muerte y que no se podían recurrir porque no había abogado, ni pruebas de verdad, ni una segunda instancia que revisara nada, solo la palabra de unos hombres que se habían erigido en dueños de la vida ajena y se cuenta que en los momentos de más actividad, llegaban a dictar varias sentencias en apenas media hora, de ahí que por aquellos sótanos pasaron cientos de personas y de muchas de ellas nunca se volvió a saberse nada. La vida de un ser humano despachado en el tiempo que dura un café, porque no hacía falta más, la culpabilidad se daba por supuesto y el tribunal solo ponía el sello.

   Las investigaciones apuntan a una respuesta incómoda, concretamente en los primeros meses el Gobierno del Frente Popular que delegó deliberadamente el control del orden público en las milicias de los partidos y prefirió dejar que las milicias y no la policía o los jueces se encargarán de la retaguardia, las milicias hicieron lo que quisieron con ese poder sin frenar la violencia y más adelante, no solo se toleró aquellos crímenes, sino que en algunos casos los coordinó desde las instituciones, facilitando listas y direcciones de los considerados enemigos de la II República, lo que lleva a pensar que no era solo el furor ciego de la calle, sino que había también detrás una mano que organizaba, señalaba y que dejaba hacer, pero para ser justos, hay que decir también que hubo igualmente mucho descontrol real de los grupos que mataban por su cuenta, ajustando cuentas personales sin que nadie les diera la orden, ni pudiera pararlos ante aquel desbarajuste en el que cualquiera con un arma y un carnet de partido, podía sentirse juez y verdugo, por lo que hubo checas creadas por el Estado y hubo violencia incontrolada que el Estado fue incapaz de frenar y distinguir una de otra, caso por caso, es una de las tareas más difíciles y más necesarias de los historiadores que estudian aquellos meses. Lo fácil es quedarse con media historia, lo honesto, contarla entera y dentro de aquellas paredes, fuera quien fuera el que mandaba, la rutina era siempre parecida y empezaba casi siempre de madrugada.

   El escritor Wenceslao Fernández Flores que sobrevivió en aquel Madrid, dejó dicho que había varias escenas que quienes vivieron en los primeros meses no podrían olvidar jamás, el ruido del motor de un coche que se detenía frente al portal, el sonido del ascensor que empezaba a subir en mitad de la noche o el pisar de personas armadas por las escaleras y el sonar del timbre de la puerta, eran ruidos de lo más cotidiano que la guerra había cargado de espanto, porque cualquiera de sus sonidos de madrugada podía significar lo mismo, que venían a por ti y a menudo no volvías, en muchas casas se dormía vestido por si acaso llegaba la rutina de una checa que empezaba precisamente así, con una patrulla formada por milicianos y en algunos casos, por delincuentes comunes que habían sido liberados de las cárceles al estallar la guerra, se presentaba en el domicilio de la víctima, casi siempre de noche y elegían la madrugada a propósito, cuando las calles estaban vacías y los vecinos dormidos, nadie que estorbara ni que viera nada, si no se les abría, echaban la puerta abajo, detenía a la persona y lo llevaban a la checa del partido o del sindicato correspondiente y allí empezaba un interrogatorio que podía durar horas o días enteros, aunque a veces ni siquiera había interrogatorio, la suerte del detenido ya estaba echada antes de cruzar la puerta y los métodos para arrancar una confesión o una delación incluía palizas, privación de sueño y de comida y simulacros de ejecución, poner a alguien frente a un pelotón, hacerle creer que iba a morir y detener el disparo en el último segundo, era la idea para quebrar al detenido, doblegar su voluntad antes incluso de dictar la sentencia y cuando querían que firmara o que delatara a otros, que diera nombres, algunos acababan sin querer condenando a sus conocidos.

   El contar esto con sobriedad, sin recrearse y sin esconderlo porque fue real, aunque no todas las checas eran iguales ni en todas se torturaba por sistema, pero en bastantes de ellas, el miedo y el dolor eran herramientas de trabajo y nadie pedía cuentas por usarlas, después llegaba el veredicto del Comité, si se consideraba a la persona culpable y casi siempre se la consideraba culpable, había tres caminos, la libertad, que era lo más raro, el traslado a una cárcel oficial, o la ejecución inmediata, ya fuera en una saca nocturna de presos o en uno de aquellos paseos que acababan en una cuneta al amanecer, aunque en los registros, esas personas figuraban a menudo como puestas en libertad aunque en realidad era la fosa, un eufemismo más de los muchos que usó aquella guerra. Las checas no fueron solo cosas de Madrid en Barcelona, también proliferaron controladas por la CNT, por la FAI, los comunistas catalanes, del PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña) y otras organizaciones con el mismo esquema que en Madrid, detenciones arbitrarias, comités que se hacían llamar tribunales, ejecuciones nocturnas y de Barcelona viene una de las historias más famosas de toda la guerra, la de las checas del color.

   Se cuenta que un hombre llamado Alfonso Laurenzic (originalmente Alphonse Laurencic) diseñó celdas de torturas psicológica inspiradas en el arte de vanguardia, con suelos inclinados para no poder sentarse, paredes pintadas con figuras geométricas que provocaban desorientación, luces pensadas para impedir el sueño, un supuesto refinamiento siniestro de la crueldad casi artístico, pero siendo honesto, esta historia repetida muchas veces, está hoy muy puesta en duda por los historiadores, ya que procede en buena parte de un libro de propaganda publicado en 1939 con Franco en el poder y varios investigadores la consideran enormemente exagerada cuando no inventada por parte de un oportunista y de la maquinaria propagandística franquista. Al franquismo le venía de perlas, presentar la retaguardia republicana como una Cámara de los Horrores y no dudó en agrandar cada relato pero como Laurenzic fue juzgado y fusilado después de la guerra, nunca sabremos cuánto hubo de verdad y cuánto de leyenda en aquellas celdas de colores y probablemente no lo sabremos nunca con certeza aunque forma parte de la leyenda de las checas, pero dejando claro que es una historia discutida y no un hecho probado, sin embargo, en medio de todo aquella oscuridad, hubo también un destello de luz con nombre y apellidos, en diciembre de 1936, un anarquista de la CNT recibió un cargo insólito, Delegado de Prisiones de Madrid y digo insólito porque a un anarquista no se le suponía precisamente vocación de carcelero, ni de protector de curas y militares, se llamaba Melchor Rodríguez García y en cuanto pudo, hizo algo que casi nadie esperaba en aquel momento, paralizó las matanzas, por eso pasó a la historia con el apodo el Angel Rojo y viniendo de quien venía y de lo que hizo, fue de los pocos completamente merecidos de aquella guerra civil.

   Durante sus primeras semanas de mando, los comunistas le habían impedido tomar el control real de las cárceles, mientras las sacas de presos hacia Paracuellos del Jarama seguían su curso, con aquellas sacas, las matanzas de presos en las afueras de Madrid son uno de los episodios más conocidos de la represión republicana y Melchor Rodríguez García fue quien puso fin a lo peor de ellas y cuando Melchor Rodríguez consiguió por fin ejercer su autoridad, las detuvo de golpe, plantó cara a los pistoleros, se jugó la vida y salvó a miles de presos de derechas, religiosos y militares que estaban condenados a morir y aunque nunca pasará a la historia, anteriormente hubo un pueblo en el que José Tena Sanz[1] @Tena, un anarquista sindicalista, también detuvo posibles matanzas de sus vecinos por milicianos venidos desde el comité de algún pueblo próximo. Cuentan que, al igual que José Tena frente a milicianos forasteros ávidos de muerte, Melchor Rodríguez se plantó físicamente delante de las cárceles para impedir que se llevarán a los presos, dispuesto a morir él antes de permitir una matanza más; eran anarquista protegiendo a curas, vecinos y a guardias civiles, que demostraron se podía hacer algo como oponerse al terror desde dentro y quienes no lo hicieron, también podrían haberlo hecho, pero sus figuras brillan tanto precisamente porque fue la excepción y con ellos vino la regla, lo que hicieron, nadie más se atrevió a hacerlo y su historia, deja una idea importante que incluso en lo peor de aquel descontrol había margen para decir que no, que el horror no era del todo inevitable, sino también una elección que muchos tomaron en las checas que como tales no duraron toda la guerra, sino que tuvieron una evolución bastante clara, una explosión inicial en el verano de 1936, cuando cada grupo montaba la suya, se cerró con una reducción drástica a partir de noviembre de aquel año cuando las tropas de Franco llegaron a las puertas de Madrid y el Partido Comunista empezó a centralizar el control de la represión porque a nadie le interesaba el desorden de los primeros días, el control debía estar en una sola mano y finalmente  en 1937, su absorción por un aparato más profesional y más frío.

   El SIM, la policía secreta que había empezado en los comités de barrio, lo terminó un aparato del Estado con asesores soviéticos detrás y métodos de policía política, porque esa es la verdad de fondo, el terror no desapareció, solo cambió la forma y de los comités improvisados y de las checas de barrio, se pasó a una policía política organizada, de los milicianos que mataban de madrugada, se pasó a los funcionarios de una maquinaria profesional, se hizo más discreta, pero no se detuvo hasta el final de la guerra, aunque cambiaron los nombres, los responsables y los métodos, pero el miedo en la retaguardia siguió siendo el mismo compañero de viaje y de todo aquello, apenas queda rastro visible en Madrid, casi no hay placas que recuerden donde estuvieron las checas, muchas se han retirado como si recordarlas resultara incómodo, como si fuera mejor pasar página y no remover según qué cosas, pero los edificios siguen ahí en pie, en mitad de la ciudad, el círculo de Bellas Artes, donde la gente entra a ver una exposición, el antiguo cine Europa, los inmuebles de la calle de Fomento, edificios normales integrados en la vida de la ciudad sin nada que avise al que pasa por delante y se puede pasar por delante de cualquiera de ellos, entrar a tomar un café sin sospechar lo que ocurrió un día en su sótano, la vida cotidiana se ha tragado aquellos lugares como si nunca hubieran existido y la ciudad siguió viviendo encima de aquellos sótanos, pasaron los años, llegó la dictadura, llegó la democracia y casi nadie volvió a hablar de ellos, los gritos que un día salieron de aquellos lugares, se apagaron, se disolvieron en el ruido de un Madrid que prefería olvidar aunque los edificios siguen ahí y sin placas que lo recuerden, no obstante, desde el atentado terrorista del día 11 de marzo de 2004 sobre cuatro trenes en las cercanías de Madrid en el que fallecieron 192 personas y entorno a unas 2000 resultaron heridas, lo que propició en las elecciones generales tres días después de un cambio de Gobierno en España, se intenta reparar la historia con una redacción más favorable a los perdedores de la Guerra Civil, dedicando calles a dirigentes de la II República en un supuesto ejercicio de memoria histórica y reconocimiento de políticos, activistas e intelectuales que defendieron el régimen republicano y sus valores democráticos.

_________________________________

[1] Unos milicianos forasteros venidos de un Comité de algún pueblo próximo, se acercó a José Tena Sanz para preguntar quien sobraba en el pueblo y necesitaba hacerle el paseito, con lo que José Tena respondió que en el pueblo, el único que sobraba era él y tomando una pistola de un cajón, la dejó encima de una mesa y los milicianos se paralizaron y después se marcharon. El incidente trascendió en la población y coincidiendo con Julián Segarra Ferreres, le preguntó por su arrojo y José Tena le explicó que la pistola tenía el percutor roto y no tenía munición, pero dentro del cajón había otra pistola cargada y si alguien hubiera acercado la mano para tomar la que había dejado encima de la mesa, con la otra pistola del cajón le hubiera disparado un tiro y lo habría matado allí mismo frente a sus camaradas.

© Copyright Lo Lleó del Maestrat - 2020

http://www.chert.org