La incultura social
por Julián Segarra Esbrí
La palabra cultura define un concepto tan amplio que incluye hasta la cortesía, pero cuando se habla de economía sin entender nada de economía, con facilidad se puede seducir a los incautos y se paraliza a los que dudan y al repetir expresiones que suenan a justicia, con ideales solidarios disfrazados de compasión, pero que realmente esconden el complejo de quien no entiende cómo funciona el mundo, en lugar de aprender y mejorar, se prefiere destruir lo que otros vecinos han construido.
Puede ocurrir y de hecho ocurre en una simple conversación, en un discurso político, en una noticia de televisión, prensa o en la boca de un conocido bien intencionado sobre la libertad de tomar lúcidas decisiones económicas por no entender el por qué el dinero vale menos en cada anualidad, el desconocer por qué hay países que generan riqueza y otros países que la destruyen, de incomprender por qué hay personas que trabajan toda su vida y nunca prosperan, mientras otras, avanzan con fluidez y coherencia cuando la diferencia no es la suerte y tampoco es su origen familiar, ni es el país donde nacieron, ya que la diferencia está en las ideas que guían sus decisiones, porque cuando las ideas están equivocadas, siempre generan resultados adversos y sin excepción, sin importar cuánto de buena voluntad haya detrás de un criterio.
En todas sus formas y versiones, la incultura social no es simplemente una política económica diferente, es una forma de entender al ser humano para convertirlo en víctima al adoctrinarlo sobre el concepto de que sus fracasos, son culpa de otros y que los éxitos personales, son productos del azar o de la explotación de los demás y este perverso mensaje destruye más vidas que cualquier crisis económica, porque una crisis económica termina, pero una mentalidad de víctima, puede durar toda la vida, empezando por los principios o por los cimientos, porque sin entender de dónde vienen estas frases grandilocuentes, no se puede entender el por qué son tan peligrosas y por qué tienen tanto éxito entre las personas que, en el fondo, lo único que quieren es vivir mejor a costa de los demás.
Cualquier acción personal y humana consciente, desde comprar un panecillo hasta invertir los ahorros de toda una vida, son acciones nacidas de una intención, nacidas de un deseo por mejorar la situación presente, nadie actúa para estar peor, nadie gasta energía, tiempo o dinero, esperando obtener un resultado por debajo del que ya tiene y aunque parece obvio, sus implicaciones son profundas y revolucionarias, ya que significa que la sociedad mercantil no es un sistema inventado por los ricos para explotar a los pobres, el mercado es simplemente, el resultado de millones de personas interactuando simultáneamente en búsqueda de mejorar su situación personal y cada intercambio voluntario de los que ocurren en el mundo, cada compra, cada venta, cada contrato firmado libremente, implica que ambas partes creen que van a estar mejor después del intercambio que antes de realizarlo y si no fuera así, no se intercambiaría nada, porque a nadie se le obligan a comprar el pan en la panadería y quien lo compra, es porque el pan a ese precio, le parece que vale más que el dinero que tiene y el panadero, piensa exactamente lo contrario sobre su pan y el dinero, con lo que las dos personas ganan, los dos salen mejor de lo que estaban antes de entrar en compra-venta y eso es el libre mercado en su esencia más pura y más humana, pero hay personas que miran ese intercambio y entienden explotación viendo al panadero, mientras piensan que está abusando del hambre de los clientes y con esa distorsión conceptual, con esa incapacidad de ver el valor mutuo en el intercambio voluntario, nunca avanzan, ni mejoran y ni tampoco progresan.
El mundo económico es tal como es y no tal como algunos nos lo presentan, concretamente quienes tienen interés por mantenernos confundidos y dependientes, generalmente en el entono del inculto social acomplejado que se reconoce inmediatamente porque se oye muchas veces en las redes sociales, en programas de opinión, en boca de políticos que llevan toda una vida de años sin crear un solo empleo productivo y quieren convencer a la sociedad que los ricos se hacen ricos a costa de los pobres, aunque se entiende es una frase emocionalmente poderosa, pero completamente equivocada en su lógica fundamental porque analizada con cuidado, se puede comprobar que la fuerza de esta expresión, no está en su veracidad, está en su apelación emocional y cuando alguien dice que los ricos se hacen ricos a costa de los pobres, está sugiriendo que la riqueza es como un pastel donde alguien tiene más necesariamente para que otros tengan menos. Los economistas llaman a esto la falacia del pastel, dicho en términos técnicos, una visión de sumar cero en la economía y es una de las ideas más destructivas que puede tener una persona sobre el funcionamiento del mundo, porque la riqueza no es un pastel, la riqueza se crea, se genera, se produce y tomando como ejemplo el caso de Henry Ford, el personaje que no se hizo rico quitándole dinero a los pobres, sino que se hizo rico creando un método de producción que permitió a millones de familias de clase trabajadora el poder tener un automóvil por primera vez en su vida, porque antes de Ford, el automóvil era un lujo exclusivo de la élite y después de Ford, era un bien accesible para el común e los trabajadores y hay que observar, quién se benefició más, Ford o los millones de trabajadores que podrían moverse con libertad.
Conseguir empleos más lejanos y expandir el horizonte de posibilidades, conduce al poder exportar a cualquier ciudad y cuando un empresario abre una tienda, crea empleo y paga salarios, sus empleados pueden comprar más cosas y al comprar más cosas, otros empresarios producen más, con el resultado de una cadena de valor que se expande, se multiplica y alcanza a más personas. Esto no es explotación, es cooperación, es la cooperación humana más sofisticada y más eficiente que ha existido en la historia, aunque se puede entender la existencia de empresarios corruptos y también existen monopolios creados artificialmente a través de favores políticos, siempre existen abusos reales que deben ser señalados y combatidos, pero esos abusos, no son consecuencias del libre mercado, son consecuencia exactamente de lo contrario, de la intervención del Estado que otorga privilegios especiales a unos cuantos villanos, que crea barreras de entrada para que los pequeños competidores no puedan desafiar a los grandes y poderosos de la competencia que se mantiene deshonestos, gracias a una corrupción económica que no nace de la libertad, sino del poder político y cuanto más grande es el Estado, más oportunidades hay para esa colección de empresarios privilegiados gestores de contratos sin ninguna competencia y que se enriquecen con ayudas y subvenciones a costa del dinero de todos.
La creencia mental de que los ricos se hacen ricos a costa de los pobres, lleva a políticas que destruyen la inversión y ahuyentan el capital, porque generan desempleo y al final, siempre se termina perjudicando más a los pobres que a los ricos, ya que los ricos, tienen dinero para sobrevivir en las crisis que cualquier ocurrencia genera, mientras los pobres, no, porque el socialismo, no empobrece a los ricos tanto como empobrece a los que ya son pobres y eso, debería hacer reflexionar profundamente sobre quién realmente se preocupa por los más vulnerables.
Para justificar las políticas que terminan mintiendo y destruyendo a economías enteras gracias a los acomplejados incultos sociales cuando piensan equivocadamente que es el Estado quien debe garantizar que nadie gane demasiado, suena como concepto razonable a primera vista, porque verdaderamente parece equidad, justicia social, en un mundo donde las diferencias no deberían ser obscenas y se entiende fácilmente esa intuición moral ya que nadie con corazón, puede mirar la desigualdad extrema sin sentir algo de pena, pero el problema no es el sentimiento, sino cuando no está guiada por el entendimiento económico, cuando el Estado decide que nadie debe ganar demasiado y está haciendo políticas que tienen sus nefastas consecuencias, que van mucho más allá de lo que cualquier político va a admitir en una campaña electoral, porque está destruyendo el sistema de señales que hace funcionar el mercado. Para ilustrar la ocurrencia, imaginemos conducir un vehículo por una calle y el alcalde decide apagar todos los semáforos porque le parecen injustos, ya que siempre le tocan a él en rojo, pero sin semáforos, el tráfico se convierte en un caos absoluto. Los semáforos no son una herramienta de opresión, son información que advierten a cada conductor cuando avanzar y cuando parar, coordinando miles de decisiones individuales sin que nadie tenga que planificar cada movimiento de cada automóvil, pues bien, los precios en el mercado son exactamente lo mismo, sin los semáforos que nos indican cuando el precio de algo sube, son la señal de que ese algo escasea o de que muchas personas lo desean y esa señal, atrae a productores que quieren satisfacer esa demanda y ganar dinero, pero cuando el precio baja, es la señal de que hay abundancia, de que los productores deben redirigir sus recursos adinerados hacia otros productos comerciales y este sistema de señales, es el que coordina de manera espontánea y sin necesidad de un planificador gubernamental las actividades productivas de millones de personas que nunca se han conocido entre sí, pero cuando el Estado interviene para poner topes a los precios, para limitar el dinero que alguien puede ganar o gastar, está apagando los semáforos, está destruyendo la información que el mercado necesita para funcionar y el resultado siempre es el mismo, escasez y calidad deteriorada, mercados negros, corrupción, estraperlo y eventualmente empobrecimiento generalizado.
Como ejemplo reciente que no se precisa buscar en ningún libro de historia, aparece en el caso de Venezuela, cuando hace tan solo cuarenta años era el país más próspero de Hispanoamérica, con la clase media más grande, con una moneda fuerte, con exportadores europeos que vendían sus productos allí, porque el poder adquisitivo era viable, pero cuando el Gobierno decidió que tenía el derecho y la capacidad de decir sobre cuanto podía ganar cada empresa, cuanto debía cobrar por su producto, cuando interesaba la expropiación de un bien personal, se apagaron los semáforos y el resultado fue el colapso más espectacular y más desastroso que ha vivido una nación americana en tiempos modernos y no fue una guerra, no fue una catástrofe natural, fue una idea equivocada aplicada como consistencia salvaje y en consecuencia vino lo que más duele y preocupa, porque hay personas que miran a Venezuela y concluyen que el problema fue que no lo hicieron bien, que faltó más control, más planificación, más rigor y eso es como decir que el problema de apagar los semáforos fue que no los apagaron todos. Esta lógica conduce al abismo, porque nadie puede saber lo suficiente como para planificar una economía, ¡nadie!, ni el más brillante de los tecnócratas, ni la más sofisticada de las computadoras, porque el conocimiento económico relevante que determina lo qué producir, cuánto, para quién, a qué precio, es un saber tan disperso entre millones de personas con sus preferencias personales, en sus circunstancias, en su experiencia de vida, que sólo el libre mercado puede entender, valorar y procesar.
Cualquier intento de centralizar la economía, no sólo es ineficiente, es imposible desde su concepción, así que cuando alguien diga que el Estado debe garantizar lo que sea, por ejemplo que nadie gane demasiado, hay que sonreír amablemente y pregúntale quién decide cuánto es demasiado y qué pasará cuando los que producen decidan que no vale la pena producir o si les van a quitar todo lo que generan, porque siempre ocurre lo mismo, el capital es cobarde y cuando el ambiente no le da seguridad, es cuando el capital huye, los empleos desaparecen y realmente los empleos que desaparecen siempre son los de los empleados más vulnerables.
Quien entiende algo sobre el valor de un producto, porque es fundamental para entender y siempre lo ha sido, ya que el valor de las cosas es subjetivo, porque no todo vale lo mismo, porque existen muchos criterios para valorar las cosas y estoy pensando en el valor de un bien o servicio, que no está en el bien mismo, sino en la mente de quién lo valora en relación a sus circunstancias y sus necesidades en un momento específico y me centro en otro ejemplo, un vaso de agua no vale nada en una población con un manantial y acceso a agua potable abundante, pero ese mismo vaso de agua, es una joya para alguien que lleva varios días en el desierto, el agua no cambió su naturaleza, lo que cambió es la situación del que la necesita y esto, es el valor subjetivo y el concepto de toda compresión económica real y solo un socialista acomplejado, no puede no solo entender el valor subjetivo y se puede observar en algo tan básico que todas las personas necesitan como es el caso de la vivienda, cuando hablan de la sanidad, de las medicinas, cuando hablan de su coste o cuando hablan de la educación.
Sería maravilloso que todo el mundo tuviera acceso a vivienda y además digna, a una salud y de calidad, a una educación y por supuesto excelente, nadie que tenga corazón puede estar en contra de eso como legítima aspiración, pero lo que nadie cuestiona no es el deseo, sino cómo se logra y es aquí donde nace la diferencia entre el entendimiento económico y el sentimentalismo económico, especialmente cuando se convierte en una cuestión de vida o muerte, cuando el Estado decide que algo no debería costar tanto dinero porque es muy importante para la sociedad y debe tener un precio artificialmente bajo, lo que permite desconectar el precio correcto, con la diferencia entre el precio oficial y la escasez real y esta desconexión, genera siempre y sin excepción una de estas dos situaciones, o escasez del bien controlado porque los productores no tienen incentivo para producirlo cuando no pueden cobrar lo que el mercado justifica, o mercado negro, donde el bien se consigue pero a un precio mucho mayor que el precio de libre mercado y sólo para quienes tienen conexiones o recursos adinerados para acceder a ese mercado clandestino. Los controles de precios como en la gasolina, generan contrabando, desabasto selectivo y favoritismos, los controles del precio en el arrendamiento de inmuebles, generan el que los propietarios retiren sus propiedades del mercado, lo que reduce la oferta de vivienda y sube aún más el precio en el mercado no controlado. Cada vez que el Estado intenta hacer más barato algo por decreto, termina haciéndolo más difícil de conseguir para los más pobres y sin excepción, es una ley económica tan confiable como la ley de la gravedad, porque existe una gran diferencia entre querer el bien de las personas y saber cómo lograrlo. Existen personas genuinamente buenas que votan por políticas socialistas porque creen que esas políticas ayudan a los más necesitados y no deberían de ser acusados de mala fe, porque son simplemente ignorantes económicos, que es completamente diferente y fácilmente corregible.
La buena voluntad sin conocimiento, no solo es insuficiente, es peligrosa como el camino al infierno que está pavimentado de muy buenas intenciones, pero un médico con buenas intenciones y sin conocimiento médico, no es un buen médico y es un peligro público, un piloto aéreo con buenas intenciones pero sin conocimiento de aviación, no es un buen piloto, es una tragedia anunciada y un ciudadano con buenas intenciones pero sin conocimiento económico, no es un buen votante en las urnas que determinan el camino a seguir por todo un país, es un instrumento fácil de manipular para quienes tienen interés en mantenerlo confundido, porque la educación económica, no es un lujo intelectual para académicos, es una herramienta de supervivencia para cualquier persona que viva en sociedad y tenga que tomar decisiones sobre su dinero, su trabajo y su futuro.
Posiblemente la más cínica de todas las decisiones, la que más mezcla verdad con mentira, la que más sirve para crear envidia y resentimiento social, es el combustible político para con el negocio cuando tiene mucho éxito el disponer de palancas y contactos. Cuando se dice que nadie se hace rico de forma honesta, se expresa una frase muy seductora, porque tiene un elemento de verdad que es exactamente lo que la hace tan peligrosa, cuando existe la corrupción y los negocios que prosperan son por conexiones políticas, en lugar de por el valor real ofrecido, hay un verdadero y auténtico problema de capitalismo, donde los favores políticos reemplazan a la competencia legítima, pero de ese hecho real irreconocible, no se puede ni debe concluir el que nadie puede prosperar honestamente, de que todo éxito es sospechoso, de que todo empresario que tiene dinero, lo robó de alguna manera, hay una distancia abismal que solo puede ser encubierta por el resentimiento que es el peor asesor financiero que puede tener cualquier persona cuando desde la propia perspectiva personal se cree en lo más profundo de su convicción, el que nadie puede prosperar honestamente, porque en tal caso, no existe probabilidad de darse a uno mismo la posibilidad de prosperar y en este caso, no encontraremos razones para estudiar, para ahorrar, para invertir, para mejorar nuestra propuesta de valor al mercado, sea como empleado o como empresario, pero si el sistema está trucado de todas formas, si los que ganan, ya tienen asegurado que van a ganar, la lógica es rendirse, quejarse, esperar que alguien más resuelva nuestra propia situación y eso precisamente es lo que garantiza que nunca prosperaremos.
El capital que transforma completamente la manera de ver el éxito ajeno, no es solo dinero acumulado, es tiempo comprimido, es trabajo realizado, es esfuerzo materializado en herramientas, conocimiento y recursos que sirven para producir más en el futuro y cuando alguien abre un negocio, lo que está haciendo es convertir su tiempo y su energía en capital y si está bien invertido, genera más valor que se traduce en más empleo, más producción, más bienestar para más personas. El emprendedor que construye una empresa próspera, no está extrayendo valor del mundo, está creando valor que antes no existía y para hacerlo, tiene que tomar riesgos que el resto de las personas no toman, porque debe trabajar cuando podría haberse entretenido en las aplicaciones del telefonillo o mirando programas de televisión, debe aprender cuando podría haberse conformado en entretenerse leyendo las noticias de los periódicos, aprender a soportar fracasos que a muchas personas los hubieran detenido para siempre y eso no es un argumento contra el libre mercado, es un argumento contra el estatismo que permite y fomenta esas conexiones en un verdaderamente libre mercado, donde la competencia es real y no existan barreras artificiales creadas por el poder político. El único camino sostenible para prosperar, es ofrecer algo que las personas valoren y que un competidor no pueda replicar fácilmente, porque la corrupción, vive donde el Estado tiene el poder de conceder o negar licencias, contratos, permisos y regulaciones, de ahí que cuanto menos poder tenga el Estado sobre estas decisiones, menos corrupción habrá y esto es matemático, cuando alguien dice que nadie se hace rico honestamente, hay que aclararle que eso puede ser parcialmente cierto en economías donde el Estado tiene demasiado poder, pero la solución, no es más Estado, sino todo lo contrario y más libre mercado y competitivo, porque el pensar que todo éxito es deshonesto, es el seguro de la pobreza más efectiva que existe.
La productividad es la clave que separa a las economías que prosperan de las que se estancan, porque la productividad es el resultado de la acción de las personas que invierten en su formación, en sus herramientas, en sus procesos de producción, en sus servicios, las que buscan hacer más con menos y no porque alguien se lo pida, sino porque eso les da una ventaja competitiva en el mercado y que se traduce en ingresos mayores y también en mejor calidad de vida, porque un trabajador productivo, gana más y no porque sea afortunado, sino porque ofrece más valor y un empresario productivo, genera más utilidades y no porque tenga suerte, sino porque aprende a usar los recursos de manera más eficiente. La productividad es la versión económica del viejo dicho que dice: "Quien siembra, cosecha" y este principio es absolutamente real, verificable y aplicable en cualquier contexto económico y toda acción humana, es el resultado de una elección, aunque implique una renuncia y cuando se decide gastar dinero en algo o no gastarlo en otra cosa, cuando se decide quedarse en un trabajo sin esforzarse más, se está eligiendo no avanzar, cuando se decide ver la televisión en lugar de leer, se está eligiendo, con costo de oportunidad, una de las verdades más liberadoras de la economía y al mismo tiempo, una de las más incómodas para el socialista acomplejado, porque si toda acción es una elección y toda elección tiene consecuencias, quien está en una situación difícil no puede atribuir esa situación únicamente a factores externos, siempre habrá alguna elección propia involucrada y eso no es una acusación cruel, eso es el primer paso hacia el cambio real. Cuando reconozco que mis elecciones tienen consecuencias, me empoderan, porque si mis elecciones me llevaron a donde estoy ahora, otras elecciones pueden llevarme a otro lugar, cuando el cambio lo atribuyo a toda situación, a factores externos, mal sistema, palos de ricos, mal gobierno, mala suerte, me paralizo, me convierto en espectador de mi propia vida y el espectador de su propia vida, raramente termina en el lugar donde quiere estar.
El acomplejado inculto social siempre entiende como una vergüenza de la sociedad en la que vive el que hayan personas ricas mientras otras pasan hambre, aunque el dinero no lo es todo, ya que es un medio y no un fin, nadie entiende lo contrario, ningún economista serio, ningún defensor del libre mercado ha dicho jamás a nadie que el dinero sea el sentido de la vida y sin faltar al conocimiento, al saber, a la verdad intelectual, al diálogo de ideas y no a la acumulación de riqueza personal, el dinero es una herramienta extraordinariamente útil, pero una herramienta confundida con el objetivo final y la razón de trabajar, es un error en forma de pensar que conduce al vacío existencial y nunca debe inducir a afirmar que es la razón de la existencia de personas ricas, mientras otras son pobres y pasan hambre, porque es una vergüenza el considerar una situación injusta que requiere ser corregida mediante la redistribución forzada de la riqueza, ya que si analizamos rigurosamente, deberemos buscar cuál es la causa del hambre, porque si el hambre es consecuencia de que algunas personas tengan demasiado y no es consecuencia de sistemas económicos que no permiten la generación suficiente de riqueza para todos, la respuesta es inequívoca y discutible para quien tenga la honestidad de observarla. Las naciones del mundo donde más se ha reducido la pobreza extrema en el último siglo, no son las que adoptaron agresivas políticas redistributivas, sino las que adoptaron economías abiertas, más orientadas al libre mercado, con mayor seguridad en los derechos de propiedad y mayor libertad para emprender y comerciar y se puede citar a China como el ejemplo más monumental de la historia reciente, en este caso se sacó a más de 80.000 millones de personas de la pobreza extrema en aproximadamente cuatro décadas y no se hizo repartiendo la riqueza de los ricos, se hizo abriendo mercados y permitiendo la inversión extranjera, dejando que los precios fueran libres y que los campesinos vendieran sus cosechas al precio que el mercado justificaba el valor de su producción en lugar del precio fijo que el Estado imponía, tal vez fue una apertura parcial e imperfecta, llena de contradicciones y limitaciones, pero fue suficiente para demostrar el poder extraordinario del libre mercado cuando se le deja funcionar, aunque sea de manera incompleta y en contraste, los experimentos redistributivos más radicales del siglo XX, desde la Unión Soviética hasta Cuba, desde Corea del Norte hasta la República de Zimbabue, tuvieron en común una cosa, no redujeron la pobreza, sino que la multiplicaron hasta nivelarla hacia abajo, no crearon abundancia compartida, sino crearon escasez generalizada. La incultura social no falló en estos lugares porque fue mal implementada, falló porque sus premisas fundamentales están en contradicción con la naturaleza humana y con las leyes económicas que gobiernan el intercambio y la producción.
El cálculo económico sin precios libres de mercado, imposibilita saber qué producir, cuánto, cómo y para quién, porque el cálculo económico requiere precios reales que reflejen la escasez relativa de los recursos y sin conocer esos precios, cualquier intento de planificar la economía es literalmente un vuelo a ciegas, tomando decisiones trascendentes con información radicalmente insuficiente y el resultado, conduce siempre al despilfarro, la escasez y el empobrecimiento, pero si nos centramos en algo más personal, en algo que tiene que ver con nuestra vida cotidiana, no con los grandes experimentos sociales, porque al final todo lo que discutimos no es historia ni teoría, sino la diferencia entre cómo pensamos sobre nuestro dinero, el trabajo y nuestro futuro y la frase de que es una vergüenza que haya ricos mientras otros pasan hambre, también tiene una función psicológica muy específica para quien la repite con convicción, por ser la forma de justificar la propia inacción, porque si el sistema está diseñado para que unos pocos tengan todo y el resto tenga nada, en estas condiciones, no existe razón para esforzarse, no hay interés por ahorrar, no tiene valor el aprender, no procede el invertir, porque de todas formas, el sistema va a asegurarse de que quien no tiene contactos, siga sin tenerlos y es una narrativa que convierte la resignación en virtud oral y aquí, es donde esta frase es más peligrosa para el individuo, no en la macroeconomía, sino en su economía personal, porque quien cree sinceramente que la riqueza es un juego trucado, que los dados del esfuerzo están cargados desde el principio, su creencia se convierte en una profecía que se cumple sola, tomas menos riesgos, se invierte menos en uno mismo, ahorras menos, buscas menos oportunidades, porque para qué, si todo está arreglado de todas las formas posibles y cómo realmente prosperan las personas, no es desde la teoría, sino desde la observación de décadas de vida intelectual, es por conocer casos reales en distintos países y distintas épocas históricas.
La gente prospera en una sociedad de personas sin cultura cuando entiende que su situación presente es el resultado de sus elecciones pasadas y que su situación futura, depende de sus resoluciones presentes. Cuando se deja de buscar culpables externos para entender nuestra situación personal y se empieza a buscar decisiones mejores que se puedan tomar desde ahora, cuando se aprende a manejar el dinero, no como algo que pasa por las manos de camino a algún otro lugar, sino como un recurso que puede ser guardado, multiplicado y convertido en capital, comprendemos que el ahorro, es la base de toda prosperidad individual y colectiva, ya que sin ahorro, no hay inversión y sin inversión, no hay capital y sin capital, no hay productividad y sin productividad, no hay riqueza real; la cadena es completamente lógica y verificable y la nula cultura social en todas sus formas, es fundamentalmente hostil al ahorro, porque el ahorro implica retrasar la gratificación presente en función de un beneficio futuro y eso requiere exactamente un tipo de disciplina racional que la narrativa del resentimiento y la victimización, hace muy difícil mantener La inflación, que es quizás el instrumento más dañino y más invisible de los gobiernos socialistas, es esencialmente un impuesto al ahorro; cuando el Estado imprime dinero sin respaldo productivo real, lo que hace es reducir el valor de cada moneda y billete en circulación, cada euro guardado, se roba sin necesidad de meter la mano en el arca y se hace de una manera tan gradual y tan difusa, que la mayoría de las personas no logran identificar claramente su mecanismo y en cambio, se culpa a los empresarios que suben sus precios como respuesta a esa inflación que el propio Estado crea. Es un mecanismo de una crueldad muy artística, por lo que el Estado infla los precios al subirlos y el público inculto, culpa a los empresarios, con lo que el Estado justifica más controles y más intervención y los precios suben más, con en resultado de mayor escasez y el ciclo se repite y profundiza sin parar porque en cada vuelta de ese ciclo, los que más pierden son los que menos tienen, los que viven de un salario fijo, los que no tienen activos que se valoricen con la inflación, los que guardan sus ahorros en efectivo, los pobres, siempre los pobres, por eso, la estabilidad monetaria, la disciplina fiscal, el respeto a la propiedad privada y la libertad de precios, no son privilegios de ricos, son las condiciones mínimas para que cualquier persona, independientemente de su origen, pueda construir algo duradero para sí misma y para su familia.
Hablar directamente de la vida económica, de las decisiones concretas que determinarán dónde estaremos dentro de algunos años, porque toda esta exposición tiene que concretarse en algo práctico para ser aplicado desde ahora mismo, hay que observar el primero y más importante principio útil de todo lo expuesto, porque cada persona es por si misma el agente central de su economía personal y no el Gobierno, ni los ricos, ni la suerte, ni el sistema. Cada decisión que se toma sobre cómo ganar dinero, cómo gastarlo, cuánto guardar, en qué invertir, tiene consecuencias que se acumulan con el tiempo, el poder del tiempo compuesto que aplica tanto al dinero como a los hábitos, es la fuerza más subestimada y a la vez la más poderosa que existe en la vida económica de una persona, porque alguien que empieza a ahorrar 10 euros de cada 100 que gana y lo hace constantemente durante 50 años, al final tiene una situación radicalmente distinta de alguien que no ahorro nada y no porque sea más inteligente, ni porque haya tenido mejor suerte, sino porque tomó una decisión diferente y la mantuvo con disciplina y esa diferencia, se multiplica si esos ahorros son bien invertidos, porque el capital bien invertido genera rendimientos que a su vez se pueden reinvertir y así, como el rodar de una bola de nieve, crece con el tiempo de una manera que parece casi milagrosa, pero que en realidad es simplemente matemática.
El segundo principio práctico, es la oferta y la demanda aplicada a uno mismo, tanto como persona, como trabajador, como empresario, como proveedor de servicios, por ser un bien en el mercado, tener habilidades, conocimientos, tiempo y energía que otros pueden no valorar y menospreciar, pero cotejando constantemente qué tan escasa es mi oferta y qué tan alta es la demanda de lo que ofrezco, ya que si lo que ofrecemos es abundante, significa que hay muchas personas que puede hacer lo mismo, mientras si lo que ofrecemos es escaso, raro, difícil de replicar y altamente demandado, el precio de mercado será alto. Esto tiene una implicación directa y transformadora cuando invertimos en nuestra formación, en adquirir habilidades escasas y valiosas y no es un gasto, es una inversión en capital humano, es aumentar el valor de mercado de lo que es propiedad de cada persona y esa es una de las inversiones con mayor retorno que existe, porque nadie puede quitarte lo que aprendiste, a diferencia de lo que puede hacer la inflación, la devaluación o la expropiación con nuestros activos físicos.
Otro principio práctico que pocos aplican de manera consciente, es el principio del valor subjetivo aplicado a nuestras relaciones económicas cuando en cada transacción que hacemos, ya sea vender nuestros servicios, comprar un producto, negociar un contrato, no percibimos el valor por ambos lados. El trabajo como persona económicamente activa, es asegurarse de que la otra parte perciba claramente el valor que ofrezco con mi trabajo y no simplemente asumir que ese valor es obvio, los mejores negociadores no son necesariamente los más agresivos o los más inteligentes, son los que entienden mejor que es lo que la otra persona valora y se posicionan para satisfacer esa necesidad de manera única. Es muy correcto cobrar 25 euros por ayudar a recoger almendras, pero si el comercio solo paga 20 euros por las almendras recogidas, no podemos esperar a que se nos contrate nuevamente y se mantenga la actividad de recogida de almendras.
El cuarto principio puede o debe ser sobre la gestión del riesgo en un libre mercado, que no es un sistema sin riesgo, al ser realmente un sistema donde el riesgo es privado y las ganancias también son privadas. Cuando el Estado interviene, lo que hace es socializar el riesgo, es decir, distribuirlo entre toda la población, incluyendo a quienes no tomaron la decisión de riesgo y a menudo privatizar las ganancias en manos de los conectados políticamente, lo que representa una perversión del sistema de mercado, no una expresión de él en la vida personal y gestionar el riesgo, significa diversificar las fuentes de ingresos, no depender de un solo empleador o de un solo cliente, construir una reserva de emergencia que proteja de los choques imprevistos que la vida inevitablemente conlleva, invertir en activos que tienden a preservar o aumentar su valor a lo largo del tiempo, no se trata de especulación, ni de esquemas de enriquecimiento rápido que son exactamente la trampa que destruye el patrimonio de personas que no tienen suficiente formación económica para identificarlos como lo que son, me refiero a decisiones racionales informadas y pacientes, porque la paciencia, es una virtud económica que las personas del mundo moderno han destruido sistemáticamente buscando la cultura del enriquecimiento instantáneo, del éxito inmediato, de la gratificación sin demora, siendo uno de los legados más dañinos que ha dejado la mentalidad consumista y cortoplacista. El capital verdadero se construye despacio y con consistencia, con disciplina, con la misma actitud del agricultor que planta, sabiendo que la cosecha llegará dentro de algunos meses, no en horas y hablando de agricultores, quiero recuperar la analogía por un momento porque me parece profundamente útil.
Siendo el labrador la persona menos valorada por los incultos de la actual sociedad, el agricultor nunca se pregunta por qué la lluvia no cae exactamente cuando sus plantas la necesitan, porque en sabia dirección aparentemente equivocada, aprende a leer el clima, se anticipa al tiempo y aprende a prepararse para los años buenos y para los años malos, para adaptar sus cultivos a las condiciones del suelo y del clima, guarda semillas para la aproximación siembra, no consume todo lo que produce y año tras año, aplica estos principios con constancia, no solo para sobrevivir, sino porque sabe que el mercado es como el clima, tiene ciclos, tiene temporadas, tiene momentos de abundancia y momentos de escasez y como el inversor inteligente, el empresario inteligente, el trabajador inteligente, aprende a leer esos ciclos y a prepararse para los malos momentos durante los buenos tiempos, a ver las crisis no solo como amenazas, sino como oportunidades para quien tiene los recursos y la claridad mental para aprovecharlas.
Buscar ser temeroso cuando otros son codiciosos y codicioso cuando otros son temerosos, es simplemente el reconocimiento de que los ciclos del mercado crean oportunidades para el que tiene disciplina, paciencia y capital disponible cuando los demás están en pánico y hablando de pánico, hay un tema que raramente se discute en los análisis económicos populares, pero que es absolutamente central en la vida financiera real de cualquier persona. En la psicología del dinero, nuestras decisiones económicas no son puramente racionales, están condicionadas por la manera en que fuimos criados para pensar sobre el dinero por el entorno social que nos rodea, hay personas que fueron criadas en familias donde el dinero era un tabú, algo sucio, algo de lo que no se hablaba y esas personas llegan a la vida adulta con una relación profundamente disfuncional con su propio dinero y con vergüenza, no pueden negociar su salario porque les parece que están siendo codiciosos, no pueden guardar, porque les parece avaricia y estos pensamientos y emociones, que no tienen ninguna base económica racional, les cuestan enormes sumas de dinero a lo largo de su vida, mientras hay otras personas que fueron criadas en el otro extremo, en familias donde el dinero era lo único importante, donde cada relación humana se medía en términos económicos, son personas que desarrollan una relación igualmente disfuncional, pero de signo contrario, pueden ser muy buenos acumulando dinero, pero terribles eligiendo en qué gastarlo, o pueden ser incapaces de confiar en alguien para hacer negocios juntos, porque todas personas les parecen potenciales estafadores. La salud financiera real requiere un equilibrio y tratar el dinero como lo que es, un medio, una herramienta, algo que sirve para alcanzar objetivos que están más allá de nosotros mismos, ni hay que temerlo, ni tampoco idolatrarlo, solo entenderlo y usarlo con inteligencia y no dejar que gobierne las decisiones más importantes de nuestra vida.
Una de las ideas más poderosas de toda la economía y escuela de pensamiento, nos regala la idea de que la coordinación económica espontánea es superior a cualquier planificación consciente, no sólo en el nivel macro de toda una economía, sino también en el nivel micro de nuestra vida personal. La idea de que si cada persona se concentra en hacer bien lo que sabe hacer, en ofrecer valor genuino en el mercado, en manejar sus recursos con responsabilidad y en respetar los derechos de los demás, el resultado agregado de todas esas decisiones individuales es una sociedad más próspera, más justa y más libre de lo que cualquier planificador central podría diseñar y no es un cheque en blanco para el egoísmo, porque la cooperación, la confianza, el sentido de comunidad, son fundamentos para que el mercado funcione correctamente, un mercado sin instituciones que garanticen el cumplimiento de contratos, sin normas éticas que penalicen el fraude y violencia sin un mínimo de cohesión social, no se puede generar la prosperidad en las mejores condiciones cuando no se es capaz de generar libre mercado y no es anarquía, es orden espontáneo, porque lo que el libre mercado rechaza es la planificación coercitiva, la redistribución forzada, la supresión de precios, la limitación arbitraria de lo que cada quien puede ganar o perder como resultado de sus elecciones, lo que el libre mercado abraza es la libertad de elegir, la responsabilidad personal con las consecuencias de esas elecciones y la posibilidad de que cualquier persona, independientemente de su origen, pueda mejorar su situación si toma las decisiones correctas y las aplica con consistencia y su efecto en la vida individual de millones de personas que las escuchan, las creen y en consecuencia toman las mejores decisiones para sí mismas y sus familias, porque cuando alguien cree que los ricos se hacen ricos a costa de los pobres, se deja de ver en los empresarios exitosos como ejemplo a seguir, o socios potenciales y los enemigos a combatir, cierran las puertas que deberían estar abiertas, cuando alguien cree que el Estado debe garantizar que nadie gane demasiado dinero, está votando por políticas que destruyen los incentivos generadores de riqueza y que al final empobrecen a todos, pero especialmente, a los más vulnerables, cuando alguien cree que nada básico debería costar tanto dinero, está apoyando controles de precios que generan escasez, productos deficientes y sucedáneos que los más pobres no pueden esquivar, porque no tienen acceso a los mercados alternativos que los más ricos siempre encuentran, cuando alguien cree que nadie se hace rico honestamente, está saboteando sus propias aspiraciones de prosperar con la coartada del cinismo y cuando alguien cree que es una vergüenza que haya ricos, mientras otros pasan hambre, en lugar de preguntarse qué sistema económico genera más riqueza para más personas, está eligiendo el sentimiento sobre el análisis y votando por políticas que históricamente han generado más pobreza y si bien aplauden una narrativa coherente y muy seductora, realmente convierten al individuo en victima del mercado, en enemigo, abrazan al Estado como el salvador y a la acción personal como un gesto inútil.
Se trata de una exposición o narrativa que sirve perfectamente a quienes viven de administrar el resentimiento ajeno, para los políticos que construyen su carrera prometiendo redistribuir lo que otros produjeron, para los activistas que necesitan un enemigo para mantener su audiencia, para los intelectuales que confunden la complejidad de sus teorías con la profundidad de su comprensión, pero no sirve absolutamente para nadie, no sirve para la persona común que quiere construir una vida mejor para sí misma y para sus hijos, para esa persona que le hace daño y le quita la energía, la claridad y la motivación que se necesita para tomar las decisiones que cambiarán su situación personal cuando entiende cómo funciona la economía humana, al defender la libertad individual como el bien más preciado que existe. La prosperidad es posible para cualquiera que entienda cómo funciona el mundo real, no el mundo de las frases bonitas, sino el mundo de los precios, los incentivos, el ahorro, la inversión y la cooperación voluntaria, porque la prosperidad, no requiere que seamos los más inteligentes del pueblo, solo requiere ser más inteligente que muestras propias excusas, el ser capaz de ver con claridad dónde está el valor en el mercado y cómo nos podemos posicionar para crearlo o capturarlo, pero hay que tener la disciplina para guardar una parte de lo que se gana antes de gastar el resto, tener paciencia para dejar que el capital trabaje por nosotros en lugar de trabajar siempre por el capital de otros, tener humildad para aprender lo que no sabemos y la valentía para aplicar lo que aprendemos y éstas, son cualidades que no dependen del origen familiar, del país de nacimiento, del color de piel o del apellido, dependen de una decisión, de ser el protagonista de nuestra propia historia económica en lugar del espectador resignado de la historia que otros escriben por nosotros.
La libertad económica y la libertad personal son inseparables, no existe la libertad de expresión verdadera sin libertad económica, no existe la libertad política real sin libertad económica, un hombre que depende totalmente del Estado para su sustento, para su vivienda, para su salud, para su educación, el primer paso para hacer que su dinero trabaje para él, es conseguir esta vía gratuita como una herramienta que le dice exactamente dónde está atascado para alcanzar ser un hombre libre, porque aunque viva en una democracia formal, es un hombre atrapado por un cordón umbilical de dependencia que le impide pensar, hablar y actuar con plena independencia, especialmente de la independencia económica que no es sólo un logro material, es la condición de alcanzar la posibilidad de la libertad real en todos los demás aspectos de la vida, por eso, construir nuestra independencia económica, no es un acto de egoísmo, es un acto de dignidad, es decirle al mundo que tenemos capacidad de mantenernos a nosotros mismos, de ser responsable de nuestro propio bienestar, de no necesitar que nadie tome decisiones por nosotros a cambio de mantenernos, es la expresión más concreta y más poderosa de la libertad humana que existe y esto precisamente, es lo que el socialismo en todas sus formas intenta destruir, no necesariamente con mala intención, no siempre con cinismo, a veces con genuina convicción de estar ayudando, pero el resultado siempre es el mismo, más dependencia del Estado.
Existen países que prosperaron cuando sus ciudadanos abrazaron la libertad económica y decayeron cuando la abandonaron, cuando las personas transforman su vida, es cuando entienden estos principios, mientras otras personas siguen en el mismo lugar por no querer cuestionar las narrativas que les habían enseñado desde niños, la diferencia entre los dos grupos no es inteligencia, ni suerte, ni origen, es la disposición a pensar, a cuestionar, a aprender y a actuar y nosotros qué hacemos sin decidirnos a actuar, cambiar y mejorar, no se trata de escuchar ideas, haya que dar el paso más difícil y más importante, cuál es el de abrirse a una manera de pensar que quizás desafía algunas cosas que parecen ciertas, pero eso toma valor intelectual, requiere honestidad y esas dos cualidades, son el cimiento sobre el cual se construye todo lo demás y cuando oímos a alguien decir que los ricos se hacen ricos a costa de los pobres, cortésmente le podemos preguntar si está refiriéndose al libre mercado o de la corrupción estatal, porque son cosas muy distintas y cuando escuchamos que el Estado debe limitar lo que alguien puede o debe ganar, deberíamos recordar los semáforos y lo que pasa cuando se apagan, cuando oigas que algo no debería costar tanto dinero porque es básico y necesario, piensa en Venezuela y en todos los controles de precios que terminaron con los estantes de las tiendas vacíos, cuando escuches que nadie se hace rico honestamente, recuerda que esa creencia es el seguro de pobreza más efectivo que existe y el mejor antídoto, siempre es construir valor genuino en el mercado y cuando escuches que es una vergüenza que haya ricos mientras otros pasan hambre, pregunta cuál sistema económico ha sacado a más personas de la pobreza en la historia, porque la respuesta actual nos libera de esa narrativa para siempre, puesto que quien entiende todo esto, nunca vuelve a ser el mismo y dispone de todas las condiciones para ser mejor, para vivir con más inteligencia, con más libertad, con más prosperidad y con más dignidad que es todo lo que siempre ha querido el ser humano, la posibilidad real de ser el arquitecto de su propia vida y esa posibilidad existe, es real y empieza siempre con la misma decisión, la de entender el mundo tal como es y no tal como nos agradaría que fuera.
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