Isabel I de Castilla
por Julián Segarra Esbrí
Cuando el Reino de Castilla atravesaba un periodo turbulento de su historia medieval marcado por la debilidad crónica de la Corona bajo el reinado de Juan II y las ambiciones desmedidas de una nobleza que prácticamente gobernaba el Reino a través de sus facciones rivales, nació en la primavera de 1451 en la villa de Madrigal de las altas Torres, una niña que estaba destinada a transformar el destino de España y el curso entero de la civilización del mundo occidental.
Isabel de Trastámara vino al mundo el día 22 de abril de 1451 siendo hija de Juan II de Castilla y de su segunda esposa Isabel de Portugal, en unas circunstancias que parecían condenarla a la irrelevancia histórica porque su padre era un monarca débil, dominado durante décadas por su favorito a Álvaro de Luna y además, moriría tres años después de su nacimiento dejándola huérfana junto a su hermano menor Alfonso, en un reino donde el poder efectivo residía no en la Corona sino en las grandes casas nobiliarias que se disputaban encarnizadamente el control del Estado.
La muerte de Juan II el día 21 de julio de 1454, elevó al trono al hermanastro de Isabel Enrique IV, nacido del primer matrimonio de su padre el rey con María de Aragón, que la historia le conocerá con el sobrenombre de "el Impotente", por los rumores persistentes sobre su incapacidad para consumar matrimonios y engendrar herederos legítimos y heredó un reino fracturado por décadas de guerra civil entre facciones nobiliarias que empleaban la corona como instrumento de sus propias ambiciones. El nuevo monarca, desde el inicio de su reinado demostró una combinación fatal de debilidad de carácter e incapacidad para imponer autoridad real efectiva por su dependencia excesiva de favoritos que aprovechaban su posición para enriquecerse escandalosamente y mientras el Reino se hundía cada vez más en el caos, la relación de Enrique IV con sus medios hermanos Isabel y Alfonso, estuvo desde el principio marcada por la frialdad y por hostilidad abierta al considerándolos potenciales amenazas a su propia posición más que como miembros de su familia que merecían afecto y protección y en consecuencia, la infanta Isabel pasó sus primeros años en un virtual exilio interno confinada junto a su hermano Alfonso y su madre Isabel de Portugal en el Palacio de Arévalo, una residencia que técnicamente parecía apropiada para miembros de la familia real, estaba deliberadamente situada lejos de la Corte Toledana en donde Enrique IV ejercía su reinado cada vez más cuestionado.
La situación en Arévalo era de aislamiento casi completo del centro del poder político castellano, con recursos económicos limitados que rallaban en la pobreza relativa considerando el estatus de sus ocupantes y especialmente marcada por el deterioro mental progresivo de Isabel de Portugal, la reina viuda afectada por lo que las crónicas de la época describían vagamente como melancolía, pero que investigaciones históricas posteriores han sugerido podría haber sido alguna forma de enfermedad mental grave posiblemente heredada y se hundía gradualmente en un estado de locura que la incapacitaba para proporcionar la guía materna que sus hijos necesitaban desesperadamente en aquellas circunstancias tan adversas.
Desde sus años más tempranos, la joven Isabel fue testigo del espectáculo desgarrador de su madre que, perdiendo progresivamente contacto con la realidad, vivía alternando entre periodos de lucidez relativa y episodios de comportamiento errático que, aterrorizaban tanto a los servidores y traumatizaban también a sus hijos. De esta experiencia formativa, del contemplar diariamente como la locura consumía a su progenitora, quedaría una impresión indeleble en el carácter de Isabel que se manifestaría décadas después, cuando su propia hija Juana comenzara a mostrar síntomas similares y por otra parte, las condiciones materiales en Arévalo, eran considerablemente peores de lo que correspondería a miembros de la familia real castellana y aunque no sufrían hambre ni carecían de techo, los recursos asignados por Enrique IV para el mantenimiento de su madrastra y sus medios hermanos, eran deliberadamente mezquinos, obligándoles a una existencia frugal que contrastaba dramáticamente con el lujo ostentoso que caracterizaba la Corte Real.
Estos años de relativo abandono y penuria económica, forjarían en Isabel cualidades de carácter que resultarían fundamentales para sus futuros logros como lo fue su capacidad excepcional para soportar adversidades sin quebrarse, una comprensión profunda de que las posiciones privilegiadas podían perderse súbitamente y que nada podía darse por garantizado, una determinación férrea de nunca permitir que ella o los suyos, volvieran a experimentar semejante vulnerabilidad y especialmente una religiosidad intensa que encontraba en la fe católica el consuelo que las circunstancias terrenales no podían proporcionar. La educación que recibió durante aquellos años en Arévalo fue necesariamente limitada por las circunstancias, pero incluía los elementos considerados esenciales para una princesa, lectura, escritura, aritmética básica, latín suficiente para seguir los oficios religiosos, historia de Castilla y especialmente instrucción religiosa intensiva que alimentaba aquella piedad y que se convertiría en característica definitoria de su personalidad.
Cuando Isabel contaba apenas diez años, la crisis política castellana se agudizó dramáticamente en 1461 y Enrique IV después de varios años de matrimonio estéril con Blanca de Navarra, que será anulado bajo alegaciones de no consumación, contraerá segundas nupcias en el Alcázar de los Reyes Cristianos de Córdoba en 1462 con Juana de Portugal, hermana del Rey Alfonso V. La Reina dio a luz una niña que fue bautizada como Juana, supuestamente hija legítima de Enrique IV y por tanto, heredera del trono castellano, sin embargo, desde el momento mismo de su nacimiento, comenzaron a circular rumores insidiosos y persistentes de que la verdadera paternidad de la niña correspondía no al rey sino a Beltrán de la Cueva, el favorito de Enrique IV, que había alcanzado poder e influencia extraordinarios en la Corte. Estos rumores alimentados sistemáticamente por las facciones nobiliarias opuestas a Enrique IV sobre Beltrán de la Cueva, se extendieron hasta el punto de que la infanta Juana sería conocida despectivamente durante toda su vida como "la Beltraneja", denominación cruel que cuestionaba su legitimidad y consecuentemente, sus derechos al trono.
La nobleza castellana, aprovechando las dudas sobre la legitimidad de Juana y la debilidad manifiesta de Enrique IV, organizó una oposición cada vez más abierta al monarca constituyendo una Liga nobiliaria que en 1464 escenificó uno de los episodios más humillantes de la historia monárquica castellana conocida como la Farsa de Ávila. En aquella ceremonia grotesca celebrada en un cadalso levantado frente a las murallas de Ávila, los nobles rebeldes colocaron un muñeco representando a Enrique IV en un trono, le leyeron una serie de acusaciones formales y luego procedieron a destronarle simbólicamente derribando el muñeco nientras proclamaban rey al Infante Alfonso hermano de Isabel, que entonces contaba apenas once años de edad. Este acto sin precedentes en su atrevimiento y en su desprecio por su Majestad Real, dividió Castilla en dos bandos, aquellos que reconocían a Enrique IV como rey legítimo, aunque incompetente y aquellos que proclamaban a Alfonso como el verdadero monarca. En este contexto de guerra civil abierta, Isabel y Alfonso fueron súbitamente arrancados de su retiro en Arévalo y llevados al centro del torbellino político castellano.
Isabel, que hasta aquel momento había vivido en relativo aislamiento de las intrigas cortesanas, se encontró con apenas trece años sumergida en un mundo de conspiraciones nobiliarias, alianzas cambiantes, batallas ocasionales entre las fuerzas que apoyaban a Enrique IV y aquellas que respaldaban a Alfonso y en constante peligro tanto físico como político, por lo que su adolescencia, que en circunstancias normales habría pasado en la relativa seguridad y rutina de la vida palatina aprendiendo las artes cortesanas, desarrollando relaciones sociales apropiadas a su rango y preparándose gradualmente para un eventual matrimonio ventajoso, fue reemplazada por una existencia de constante incertidumbre en la que cada día podría traer noticias de batalla, intentos de secuestro por parte de facciones rivales, o cambios súbitos de fortuna política que alteraban completamente su situación. Durante los años siguientes entre 1464 y 1468, Castilla vivió sumergida en un estado de guerra civil intermitente donde ninguno de los bandos lograba victoria decisiva. Enrique IV controlaba nominalmente la Corona y las instituciones centrales del Estado, pero su autoridad efectiva se limitaba a aquellas regiones donde las guarniciones y nobles locales le reconocían mientras que Alfonso, proclamado rey por una facción importante de la nobleza, controlaba extensas áreas, particularmente en el norte y el oeste del Reino, pero carecía de los recursos y la legitimidad que solamente el control efectivo de la Corona podría proporcionar, mientras Isabel, se encontraba en una posición extraordinariamente delicada, formalmente asociada con el bando alfonsino por vínculos sanguíneos y porque los nobles que habían proclamado a su hermano, intentaban emplearla como pieza adicional en su juego político, pero simultáneamente consciente de que su propio futuro dependería crucialmente de como se resolviera eventualmente aquel conflicto.
Un acontecimiento súbito y misterioso alteró radicalmente la situación el día 5 de julio de 1468 cuando el Infante Alfonso murió repentinamente en Cardeñosa a la edad de apenas catorce años. Las circunstancias exactas de su muerte han permanecido envueltas en controversia histórica, con algunas fuentes contemporáneas sugiriendo enfermedad natural, posiblemente peste, mientras que otras insinuaban envenenamiento por agentes de Enrique IV. Independientemente de la causa real, la muerte de Alfonso eliminaba al pretendiente alternativo al trono que la facción nobiliaria rebelde había estado promocionando, creando un vacío de poder que necesitaba ser llenado urgentemente por los nobles que habían apoyado a Alfonso y que ahora se volverán inmediatamente hacia Isabel por ser la siguiente en la línea sucesoria.
Si se aceptaba que Juana la Beltraneja era ilegítima y se ofrecía a Isabel que aceptara ser proclamada reina en oposición a su hermanastro Enrique IV, aparece en la historia una Isabel que acababa de cumplir diecisiete años y que deberá enfrentar en aquel momento la primera de las grandes decisiones que definirían su vida, por un lado una facción nobiliaria que la presionaba para que aceptara proclamarse reina y que le ofrecía poder inmediato, reconocimiento como monarca legítima por una parte significativa del Reino y recursos militares y económicos para sostener su reclamación. Sin embargo, aceptar semejante ofrecimiento significaría prolongar indefinidamente la guerra civil, enfrentarse directamente a su hermanastro Enrique IV en conflicto abierto, asumir el papel de figura política manipulada por nobles cuyas lealtades cambiaban según su conveniencia y arriesgarse a que su reclamación fuera eventualmente derrotada militarmente dejándola en posición peor que la actual e Isabel, demostrando una madurez política extraordinaria para sus años, rechazó la oferta de proclamación inmediata como reina, pero simultáneamente negoció hábilmente con Enrique IV un reconocimiento como heredera legítima del trono castellano, desplazando a Juana la Beltraneja. Esta negociación culminó el día 19 de septiembre de 1468 en los Toros de Guisando, un acuerdo mediante el cual, Enrique IV reconocía formalmente a Isabel como princesa de Asturias y Heredera de Castilla, a cambio de que ella reconociera Enrique IV como rey legítimo y césar con cualquier apoyo a rebeliones contra su autoridad y adicionalmente, el acuerdo estipulaba que Isabel no podría contraer matrimonio sin consentimiento real, una cláusula que Enrique IV esperaba emplear para controlar su futuro político mediante la selección de un esposo conveniente a los intereses del Rey.
Este acuerdo representaba una jugada maestra de Isabel que sin disparar una sola flecha, había conseguido reconocimiento oficial como heredera del trono, posicionándose para eventualmente acceder hasta a la Corona mediante sucesión legítima en lugar de una guerra civil, mientras simultáneamente mantenía su libertad de acción porque el acuerdo, no la comprometía irrevocablemente con ninguna facción particular, no obstante, la cuestión de su matrimonio se convertiría inmediatamente en el tema político más candente del Reino e Isabel, a sus diecisiete años, era una de las herederas más codiciadas de Europa porque cualquier príncipe que se casara con ella, podría eventualmente convertirse en rey consorte de Castilla, uno de los reinos más poderosos y ricos de la cristiandad.
Las cortes europeas comenzaron inmediatamente a presentar pretendientes cada uno respaldado por consideraciones de estrategia internacional que trascendían ampliamente cualquier consideración sobre la felicidad personal de la propia Isabel y calculando que semejante alianza fortalecería los vínculos entre Castilla y Portugal y proporcionaría estabilidad dinástica, Enrique IV favorecía el matrimonio con Alfonso V de Portugal, un viudo de cuarenta y tres años que era además tío de Isabel, por otro lado, los franceses promovían a Carlos, Duque de Guyana, hijo de Carlos VII y hermano del rey Luís XI como pretendiente apropiado, anticipando que semejante matrimonio vincularía Castilla a la órbita francesa, por su parte, los ingleses sugerían algún príncipe de la Casa de Lancaster o York, dependiendo de qué facción controlara el trono inglés en aquel momento particular de su propia guerra civil de las Dos Rosas. Había incluso propuestas de príncipes alemanes, italianos y de prácticamente todas las casas reales importantes de Europa y cada una, calculando las ventajas estratégicas que obtendrían de vincular sus días con la futura reina de Castilla.
Por su parte, Isabel escuchaba cortésmente todas estas propuestas, pero internamente ya había tomado su propia decisión sobre quién sería su esposo, una decisión que desafiaría frontalmente la voluntad de Enrique IV y que determinaría el curso futuro tanto de España como de gran parte del mundo. Su elección recayó en Fernando de Aragón, joven heredero de Juan II de Aragón, un adolescente de su misma edad nacido en 1452 y que además compartía con Isabel, no solamente juventud, sino también una educación forjada en la adversidad y adicionalmente Fernando había sido proclamado rey de Sicilia por su padre a los seis años, había participado en campañas militares contra los catalanes rebeldes durante la guerra civil que había devastado Aragón y había desarrollado una reputación de príncipe astuto valiente en combate y estaba dotado de considerable habilidad política.
El matrimonio entre Isabel de Castilla y Fernando de Aragón ofrecía la posibilidad extraordinaria de unir eventualmente los dos grandes reinos de la península Ibérica bajo una sola dinastía, creando una potencia que podría rivalizar con Francia, el Sacro Imperio Romano Germánico o cualquier otra gran potencia europea. Esta visión de posibilidad para forjar la unidad española que habían eludido generaciones previas, era precisamente lo que hacía aquel matrimonio tan atractivo para Isabel y tan amenazante para Enrique IV y para las potencias extranjeras que preferían una península Ibérica dividida y débil, pero Enrique IV, consciente de las implicaciones, se opuso vehementemente al matrimonio con el aragonés, empleando todos los medios a su disposición para impedirlo y revocó el reconocimiento de Isabel como heredera que le había otorgado en Guisando, declarando que ella había violado el acuerdo al considerar su matrimonio sin su consentimiento y volvió a proclamar a Juana la Beltraneja como heredera legítima, además de amenazar con exiliar a Isabel e incluso encarcelarla si continuaba negociándose el matrimonio con Fernando y para ello, movilizó facciones nobiliarias leales para que presionaran a Isabel hacia un matrimonio alternativo más conveniente a los intereses del Rey, sin embargo, Isabel demostrando la determinación férrea que la caracterizaría durante toda su vida, se mantuvo firme en su decisión.
A lo largo de 1469 se desarrollaron negociaciones secretas entre los representantes de Isabel y los de Juan II de Aragón coordinando los detalles de un matrimonio que ambas partes estaban determinadas a consumar pese a la oposición real y el día 19 de octubre de 1469 en el Palacio de los Viveros en Valladolid, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón contrajeron matrimonio en una ceremonia secreta que desafió abiertamente la autoridad de Enrique IV para la que Fernando había viajado a Castilla disfrazado acompañado por un pequeño séquito y atravesando territorios hostiles donde agentes de Enrique IV buscaban interceptarle. La ceremonia misma fue presidida por el arzobispo de Toledo Alfonso Carrillo de Acuña, uno de los nobles más poderosos del Reino que había apoyado consistentemente la causa de Isabel empleando una bula papal de dispensa matrimonial que posteriormente se rebelaría como falsificada, aunque eventualmente, el Papa Sixto IV otorgaría dispensa auténtica, legitimando retroactivamente el matrimonio. La noche de bodas consumada según las costumbres de la época, con testigos que verificaban la consumación mediante la exhibición de sábanas manchadas de sangre, establecía la unión matrimonial como irreversible según el Derecho Canónico, creando hechos consumados que ni Enrique IV, ni ninguna potencia extranjera podría deshacer, con lo que las consecuencias políticas del matrimonio fueron inmediatas y dramáticas puesto que Enrique IV, furioso ante este desafío abierto a su autoridad, declaró formalmente a Isabel desheredada y reafirmó a Juana la Beltraneja como heredera única de Castilla.
Gran parte de la nobleza castellana dividida en facciones que apoyaban alternativamente a Isabel y no a Juana según sus propios intereses, se preparó para el conflicto sucesorio que inevitablemente estallaría cuando Enrique IV muriera, mientras las potencias extranjeras, especialmente Portugal y Francia, comenzaron a maniobrar para influir en la sucesión castellana a favor de sus propios intereses estratégicos, no obstante, Isabel y Fernando habían asegurado la alianza fundamental entre Castilla y Aragón que eventualmente les permitiría prevalecer, sobre todo de sus rivales y durante los años siguientes hasta la muerte de Enrique IV. El día 2 de octubre de 1470 en Dueñas (Palencia) nace su primera hija, Isabel, seguida en 1478 por un hijo varón Juan, asegurando la continuidad dinástica y el 13 de diciembre de 1474 en Segovia, el matrimonio de Isabel y Fernando se consolidó tanto personal como políticamente, sin embargo, la relación entre Isabel y Fernando no fue simplemente la de esposa sumisa y esposo dominante como habría sido convencional en aquella época, desde el inicio mismo de su matrimonio fue necesario negociar cuidadosamente como se distribuiría el poder entre ambos cónyuges cuando eventualmente accedieran a sus respectivos tronos y Fernando, como varón en una sociedad profundamente patriarcal, podría haber esperado que Isabel una vez reina de Castilla ejerciera meramente funciones ceremoniales mientras él tomaba las decisiones políticas efectivas, pero Isabel por su parte, no había arriesgado tanto trabajando tan duramente para asegurar su sucesión o para convertirse solamente en una figura decorativa controlada por su esposo y las negociaciones culminaron en la Concordia de Segovia de 1475, un acuerdo matrimonial extraordinario que establecía un reparto de poder prácticamente igualitario entre ambos cónyuges.
La concordia estipulaba que ambos cónyuges ostentarían el título de Reyes y gobernarían conjuntamente, sus nombres aparecerían juntos en todos los documentos oficiales y ambos participarían en la toma de decisiones importantes y las rentas del Reino se distribuirían equitativamente entre ambos. Las monedas acuñadas mostrarían los rostros de ambos soberanos, los documentos se emitirían en nombre de ambos, la administración de Justicia se ejercería en nombre de ambos y con esta fórmula, se resumía en el lema: Tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando, estableciendo una monarquía dual sin precedentes claros en la Europa medieval, en donde el poder se compartía entre los esposos en lugar de concentrarse exclusivamente en el varón como según dictaban las convenciones patriarcales de la época.
Cuestionado este arreglo por los contemporáneos que consideraban antinatural que una mujer ejerciera poder político igual al de su esposo, funcionó notablemente bien en la práctica porque ambos cónyuges demostraron capacidad de complementarse mutuamente. Fernando aportaba experiencia militar y habilidad diplomática, mientras que Isabel proporcionaba determinación moral, capacidad administrativa y especialmente la legitimidad que derivaba de ser heredera de Castilla y cuando Enrique IV murió el día 11 de diciembre de 1474, Isabel se proclamó inmediatamente Reina de Castilla en una ceremonia celebrada en Segovia el día 13 de diciembre, dos días después de la muerte de su hermanastro. Esta precipitación en proclamarse reina sin esperar siquiera a que Fernando, ausente en Aragón, pudiera estar presente, demostró tanto la determinación de Isabel en asegurar su posición antes de que sus rivales pudieran organizarse y como su comprensión de que en política, el tiempo era frecuentemente más importante que el protocolo, condujo a que aquella proclamación desencadenase inmediatamente una crisis sucesoria que sumergiría a Castilla en guerra civil durante los siguientes cinco años, ya que ahora Juana la Beltraneja con trece años sería proclamada reina legítima de Castilla por sus partidarios, especialmente por el Marqués de Villena y el Arzobispo de Toledo Alfonso Carrillo, quien irónicamente había apoyado previamente a Isabel y ahora, se pasaba al bando contrario por resentimientos personales contra Fernando.
Más peligroso aún era Alfonso V de Portugal, aquel mismo rey viudo que años antes había sido propuesto como esposo para Isabel, que intervino activamente en la crisis sucesoria castellana y Alfonso V de Portugal, proclamó su intención de casarse con Juana la Beltraneja, que era su propia sobrina, obteniendo dispensa papal para semejante matrimonio consanguíneo y empleando la fuerza militar portuguesa para sostener la reclamación de Juana al trono castellano. Esta intervención portuguesa transformaba el conflicto sucesorio castellano en guerra internacional con las considerables fuerzas militares de Portugal, uno de los reinos más poderosos de la península en respaldar a Juana la Beltraneja, mientras que Isabel y Fernando, debían defender su posición empleando los recursos de Castilla y Aragón contra aquella formidable coalición.
La guerra de sucesión castellana estuvo librada entre 1475 y 1479 y determinaría definitivamente quién gobernaría Castilla y consecuentemente, qué dirección tomaría la historia española y europea. Las fuerzas enfrentadas eran considerables, Alfonso V invadió Castilla con un ejército portugués bien equipado y experimentado, uniéndose con las fuerzas castellanas leales a Juana la Beltraneja comandadas por nobles poderosos que controlaban extensas regiones del Reino. Isabel y Fernando, por su parte, movilizaron las milicias urbanas de las ciudades castellanas que les apoyaban con las fuerzas de los nobles leales y contingentes aragoneses que Fernando había traído para reforzar su causa y las batallas se sucedieron a lo largo de los años siguientes con resultados mixtos, algunas victorias para cada bando pero sin que ninguno lograra la victoria decisiva que resolviera definitivamente el conflicto.
Un encuentro crucial donde las fuerzas de Isabel y Fernando enfrentaron al ejército portugués Juanista comandado por Alfonso V, swe produjo el primero de marzo de 1476 cuando se libró la Batalla de Toro, una batalla ferozmente disputada durante horas con cargas de caballería, combate de infantería y artillería empleada por ambos bandos, cuando finalmente cayó la noche y ambos bandos proclamaron victoria. Alfonso V afirmaba haber derrotado a las fuerzas isabelinas, mientras que Fernando sostenía que los portugueses habían sido rechazados. Los historiadores modernos examinando las fuentes con cuidado, generalmente concluyen que aunque la batalla fue técnicamente indecisa en términos puramente militares, sus consecuencias estratégicas favorecieron decisivamente a Isabel y Fernando y Alfonso V, desmoralizado por el fracaso en obtener victoria decisiva pese a su superioridad numérica inicial, regresó a Portugal dejando la continuación de la guerra en manos de su hijo el príncipe Juan. Lo más crucialmente de la Batalla de Toro fue el consolidar el apoyo de ciudades castellanas importantes que habían estado dudando entre ambos bandos, inclinándolas definitivamente hacia Isabel al demostrar que sus fuerzas podían enfrentar exitosamente a los portugueses. A lo largo de los años siguientes, Isabel y Fernando demostraron, no solamente capacidad militar, sino también extraordinaria habilidad política y diplomática para consolidar gradualmente su posición empleando una combinación de victorias militares selectivas, negociaciones hábiles con nobles vacilantes, ofreciéndoles perdón y confirmación de privilegios a cambio de reconocer su autoridad, una propaganda efectiva que presentaba a Juana la Beltraneja como ilegítima y a su propia causa, como defensa de la legitimidad dinástica especialmente por su capacidad de movilizar recursos financieros de las ciudades castellanas y de la Corona de Aragón y para sostener el esfuerzo bélico. Fernando demostró ser comandante militar competente liderando personalmente campañas que recuperaban territorios controlados por los juanistas y además, Isabel se reveló administradora excepcional, organizando el aprovisionamiento de ejércitos, negociando con concejos urbanos para asegurar su apoyo financiero y militar y manteniendo la red de alianzas nobiliarias que sostenía su causa.
En 1478, Alfonso V de Portugal, desanimado por años de guerra sin resultados decisivos y enfrentando oposición, creciente dentro del Reino de Portugal a la continuación de un conflicto costoso, intentó una jugada desesperada viajando a Francia para solicitar apoyo militar francés, sin embargo, el rey Luis XI de Francia, evaluando cuidadosamente la situación y concluyendo que Isabel y Fernando eventualmente prevalecerían, rechazó proporcionar la ayuda que Alfonso V solicitaba. Este rechazo francés marcó el fin de las esperanzas portuguesas de cambiar el resultado de la guerra y el 4 de septiembre de 1479, España y Portugal firmaron el Tratado de Alcáçovas que ponía fin a la guerra de sucesión castellana.
Los términos del Tratado confirmaban a Isabel como reina legítima de Castilla, obligaban a Juana la Beltraneja a renunciar definitivamente a sus reclamaciones al trono castellano y a ingresar en un convento encerrada en Tordesillas donde pasaría el resto de su vida y además, establecía el reparto de las zonas de expansión atlántica entre Castilla y Portugal que tendría consecuencias fundamentales para el futuro imperio español. La victoria de Isabel en la guerra de sucesión no fue meramente el triunfo en un conflicto dinástico, sino el acontecimiento fundacional que hizo posible todo lo que seguiría, puesto que sin aquella victoria, sin aquella consolidación de su autoridad sobre Castilla, contrapretendientes rivales respaldados por potencias extranjeras, ninguno de los grandes logros asociados con su reinado habría sido posible como la unidad de España, la conquista de Granada, el descubrimiento de América y la transformación de España en potencia mundial, todo dependió crucialmente de la determinación de que aquella joven Isabel de veintitres años proclamada Reina en circunstancias disputadas pero con su capacidad política y también la buena fortuna necesarias para prevalecer en cinco años de guerra civil contra enemigos formidables.
La niña que había crecido casi abandonada en Arévalo contemplando la locura de su madre, la adolescente que había vivido en medio de guerra civil, la joven que había desafiado a su hermanastro contrayendo un matrimonio prohibido, había demostrado poseer las cualidades extraordinarias necesarias para convertirse en una de las reinas más grandes que la historia europea haya conocido con la firma del Tratado de Alcáçovas el día 4 de septiembre de 1479. Isabel no solamente había consolidado definitivamente su posición como reina legítima de Castilla, sino que además había sentado las bases para emprender la transformación radical del Reino que había heredado y que ahora gobernaba junto a Fernando aunque devastado por décadas de guerra civil, bandolerismo endémico, anarquía nobiliaria apenas disimulada, instituciones reales debilitadas hasta la irrelevancia y una economía exhausta por años de conflicto que habían interrumpido el comercio, arruinado campos de cultivo y dispersado poblaciones enteras. La tarea que enfrentaba era monumental para convertir aquel caos en un estado funcional, restaurar la autoridad real que había sido erosionada durante generaciones de monarcas débiles, establecer el orden público en territorios donde la ley del más fuerte había reemplazado cualquier vestigio de justicia y crear las instituciones necesarias para que Castilla pudiera funcionar como reino organizado en lugar de simple agregado de señoríos nobiliarios semiindependientes.
Durante las décadas de debilidad real bajo Enrique IV y especialmente durante los años de guerra civil sucesoria, bandas de criminales se habían multiplicado exponencialmente operando con virtual impunidad porque las autoridades locales carecían de recursos o voluntad para enfrentarles y porque frecuentemente aquellos bandidos gozaban de protección de nobles poderosos que les empleaban como fuerzas irregulares en sus propias disputas. Esta situación paralizaba el comercio interior, impedía la recaudación efectiva de impuestos y generalizaba una sensación de inseguridad que minaba cualquier posibilidad de desarrollo económico o estabilidad social y para enfrentar este problema, una de las primeras y más urgentes prioridades fue eliminar el problema del bandolerismo que había convertido los caminos castellanos en arterias de peligro constante donde comerciantes peregrinos y viajeros ordinarios arriesgaban sus vidas y propiedades cada vez que se aventuraban fuera de las murallas urbanas y para ello, Isabel y Fernando crearon en el año de 1476 la Santa Hermandad, una organización cuyo nombre evocaba las hermandades locales medievales que habían existido durante siglos desde que el rey Alfonso VI de León llamado "el Bravo", hijo del matrimonio de Fernando I de León y Sancha de León en el siglo XI organizó el primer cuerpo de policía rural de Europa, pero desde ahora, su estructura, poderes y alcance seran completamente nuevos y extraordinariamente ambiciosos.
La Santa Hermandad fue concebida como fuerza policial nacional, financiada mediante impuestos específicos recaudados en todo el Reino, era comandada por oficiales designados directamente por la Corona y dotada de poderes judiciales sumarios que le permitían perseguir, arrestar, juzgar y ejecutar, a criminales sin necesidad de recurrir a las jurisdicciones señoriales tradicionales que frecuentemente protegían a los delincuentes. Los Cuadrilleros de la Hermandad, como se conocía a sus agentes, patrullaban sistemáticamente los caminos castellanos, perseguían a bandidos hasta sus refugios empleando métodos expeditivos para administrar justicia, incluyendo la aplicación inmediata de penas corporales y ejecuciones y gradualmente fueron restableciendo el orden público que Castilla no había conocido durante generaciones. La efectividad de la Santa Hermandad, aunque conseguida mediante métodos frecuentemente brutales que horrorizarían a sensibilidades modernas, fue notable y en cuestión de pocos años, los caminos castellanos se volvieron sustancialmente más seguros, el comercio interior se reactivó conforme los mercaderes podían transportar mercancías sin riesgo excesivo de ser asaltados y la población general experimentó un alivio considerable al poder viajar sin temor constante por su seguridad, por otra parte, el establecimiento de la Hermandad, demostró a la nobleza castellana que los nuevos monarcas no tolerarían el desorden que había caracterizado reinados anteriores y que la Corona reclamaba monopolios sobre el uso legítimo de la fuerza, que cualquier noble que intentara mantener sus propias fuerzas armadas privadas o proteger a criminales, enfrentaría la oposición decidida de una monarquía determinada a imponer su autoridad. Esta afirmación de poder real sobre la nobleza se manifestó también en las Cortes convocadas en Madrigal en 1476 y especialmente en Toledo en 1480, donde Isabel y Fernando presentaron un programa ambicioso de reformas institucionales destinadas a fortalecer la monarquía frente a poderes intermedios que habían usurpado funciones reales durante el periodo de debilidad anterior.
Las Cortes de Toledo de 1480 son particularmente significativas porque establecieron principios fundamentales que caracterizarían el reinado entero de los Reyes Católicos, se ordenó la revocación de todas las mercedes, donaciones y enajenaciones de patrimonio real que habían sido concedidas durante el reinado de Enrique IV recuperando para la Corona territorios rentas y derechos que habían sido dilapidados por aquel monarca débil en intentos vanos de comprar lealtades nobiliarias temporales y esta medida, aunque naturalmente generó resistencia considerable entre nobles que veían como privilegios y propiedades que consideraban adquiridos, les eran súbitamente arrebatados, fue implementada con determinación férrea que no admitía excepciones. Los nobles que protestaban demasiado vehementemente, descubrían que los monarcas disponían ahora de medios efectivos para imponer su voluntad, incluyendo la Santa Hermandad y Milicias urbanas leales a la corona y gradualmente, un Ejército Real permanente que no dependía de levas nobiliarias. Adicionalmente, las Cortes de Toledo establecieron reformas en la Administración de Justicia, fortaleciendo los Tribunales Reales frente a jurisdicciones señoriales, nombrando Corregidores reales en ciudades importantes que anteriormente habían sido controladas por nobles locales y generalmente, extendieron el alcance del poder real hacia áreas que durante generaciones habían estado fuera del control directo de la Corona, no obstante, el proyecto más ambicioso y definitorio del reinado de Isabel y Fernando sería la conquista del Reino Nazarí de Granada, el último reducto musulmán en la península Ibérica que había sobrevivido casi dos siglos y medio después de que los demás reinos musulmanes peninsulares fueran conquistados o absorbidos por los reinos cristianos durante la reconquista medieval.
Granada gobernada por la dinastía nazarí desde el siglo XIII, ocupaba el extremo sudoriental de la península, aproximadamente la extensión del actual provincia de Granada junto con partes de Málaga y Almería, un territorio montañoso defendido por fortificaciones formidables y una población musulmana que había desarrollado una civilización sofisticada caracterizada por agricultura avanzada en sistemas de irrigación complejos, comercio próspero y una cultura que había producido maravillas arquitectónicas como la Alhambra de Granada, durante décadas, había sobrevivido mediante una política de equilibrio precario pagando tributos a Castilla a cambio de no ser invadida, pero simultáneamente manteniendo su independencia política y religiosa, sin embargo, para Isabel y Fernando la existencia continuada de un reino musulmán independiente en suelo peninsular era intolerable por razones tanto religiosas como políticas.
La ideología de la reconquista con la concepción de la península Ibérica como tierra cristiana que debía ser recuperada completamente a los conquistadores musulmanes que a su vez la habían ocupado durante casi ocho siglos, proporcionaba justificación ideológica para la guerra y por otra parte, consideraciones políticas y estratégicas dictaban que mientras Granada permaneciera independiente, representaba una amenaza potencial porque podría servir como cabeza de puente para invasiones norteafricanas o como aliado de potencias enemigas en futuros conflictos.
Aprovechando disputas dinásticas internas en Granada entre el sultán Abu Alhazán Ali y su hijo Muhammad XII conocido en las crónicas cristianas como Abdul, en el año de 1482 Isabel y Fernando decidieron lanzar la campaña final que conquistaría el último reino musulmán peninsular una guerra de Granada que se prolongaría durante diez años entre 1482 y 1492 siendo un conflicto de proporciones monumentales que requeriría la movilización de recursos castellanos y aragoneses a una escala sin precedentes en la que los monarcas participaron personalmente en la campaña, estableciendo su Corte itinerante en el frente de guerra durante las temporadas de campaña, supervisando personalmente el aprovisionamiento de ejércitos, la construcción de artillería, las negociaciones con comandantes granadinos dispuestos a entregar sus plazas y la estrategia militar general, una estrategia consistente en la conquista sistemática y metódica, reduciendo gradualmente el territorio granadino mediante captura de fortalezas y ciudades una tras otra empleando su superioridad en la artillería de asedio para reducir fortificaciones que anteriormente habrían sido inexpugnables y combinando presión militar con diplomacia, que explotaba las divisiones internas granadinas. Fernando demostró ser un gran comandante militar competente, dirigiendo personalmente campañas que capturaban objetivos estratégicos y claves, mientras Isabel, por su parte, organizaba la logística que permitía mantener a los ejércitos en campaña durante meses, algo extraordinariamente difícil en aquella época cuando los ejércitos medievales tradicionales solamente podían permanecer movilizados durante semanas antes de que sus integrantes necesitarán regresar a sus tierras para atender cosechas y otros asuntos personales.
La Reina Isabel estableció hospitales de campaña que atendían a los heridos, algo innovador en una época donde los soldados heridos frecuentemente simplemente morían por falta de atención médica, organizó convoyes de suministros que transportaban alimentos, municiones y equipamiento desde Castilla hasta el frente de guerra a través de territorios montañosos difíciles, negoció personalmente préstamos con banqueros y con concejos urbanos para financiar el enorme costo de la guerra que consumía sumas astronómicas de dinero en pago a los soldados, construcción de artillería y mantenimiento de ejércitos en el campo. Su participación personal en la campaña, viajando constantemente entre la retaguardia logística y el frente militar, visitando hospitales para consolar, heridos, asistiendo a ceremonias religiosas que bendecían nuevas ofensivas, proporcionaba inspiración moral a las tropas que veían que su Reina compartía las penalidades de la guerra y a lo largo de aquellos diez años, ciudad tras ciudad, fortaleza tras fortaleza, el territorio granadino fue reduciéndose inexorablemente. Málaga cayó el día 18 de agosto de 1487, en uno de los episodios más sangrientos conocido tras un sitio violento de varios meses que culminó con la esclavización de gran parte de su población musulmana, una medida que demostraba que los Reyes Católicos estaban dispuestos a emplear métodos extraordinariamente duros cuando enfrentaban resistencia obstinada, con ello, Baza capituló el día 4 de diciembre del año de 1489 tras otro sitio prolongado, Almería fue entregada mediante negociación el día 23 de diciembre de 1489 y para finales de 1491 solamente quedaba la misma ciudad de Granada.
La capital del reino Nazarí, refugio final donde Boapdil (Abu 'Abd Allah Muhammad il-Hasan 'Ali, apodado az-Zagabi y conocido como el sultán Muhammad XII de Granada) y los restos de su ejército, se habían concentrado para una resistencia desesperada. El sitio de Granada comenzó en la primavera de 1491, cuando los ejércitos cristianos establecieron un cerco completo alrededor de la ciudad cortando todas las rutas de suministro y preparándose para reducirla mediante el hambre combinada con presión militar. Los Reyes Católicos establecieron su campamento permanente en lo que llamaron Santa Fe, una ciudad de campaña construida específicamente para el sitio que eventualmente se convertiría en asentamiento permanente y desde allí supervisaban el bloqueo mientras simultáneamente negociaban con Boapdil los términos de una rendición honorable que permitirían evitar un asalto final que habría resultado en masacre masiva y destrucción de la magnífica ciudad para después de varios meses de negociaciones y mientras la situación dentro de Granada se volvía insostenible por falta de alimentos Boapdil finalmente acordó capitular el día 25 de noviembre de 1491 firmando una rendición provisional porque el Tratado de Granada le concedía dos meses a los musulmanes en la ciudad y el día 2 de enero de 1492 en una ceremonia que marcaba el fin de casi ocho siglos de presencia musulmana en la península Ibérica Boapdil, entregó las llaves de Granada a Fernando mientras las banderas cristianas eran alzadas sobre las Torres de la Alhambra, reemplazando los estandartes musulmanes que habían ondeado allí durante siglos. La rendición de Granada completaba la reconquista y el proceso histórico iniciado supuestamente en Covadonga en el siglo VIII mediante el cual los reinos cristianos peninsulares habían recuperado gradualmente territorios conquistados por los musulmanes. Para Isabel y Fernando, aquel momento representaba no solamente la victoria militar, sino también el cumplimiento de su vocación religiosa y con la liberación de tierra cristiana del dominio musulmán, que consideraba fundamental para su propia salvación y la de su reino.
Las celebraciones en toda la cristiandad europea fueron extensas porque la Conquista de Granada era vista como victoria del cristianismo sobre el islam en un momento donde el avance otomano en el Mediterráneo oriental amenazaba la propia supervivencia de la Europa cristiana y el Papa Alejando VI concederá a Isabel y Fernando el título de Reyes Católicos el día 19 de diciembre de 1496 mediante la bula Si convenit en reconocimiento de sus servicios a la fe, denominación que emplearán durante el resto de sus vidas y que pasaría la posteridad como su designación histórica principal, sin embargo, aquel mismo año que veía el cumplimiento del sueño secular de la reconquista, también presenciaría el inicio de una empresa aún más trascendental que transformaría no solamente España sino el mundo entero.
Un navegante genovés que había pasado años proponiendo su proyecto de alcanzar Asia, navegando hacia el oeste a través del Océano Atlántico, había sido rechazado repetidamente por múltiples cortes europeas que consideraban su plan descabellado. Fundamentado en cálculos geográficos erróneos y demasiado costoso para justificar la inversión necesaria, Cristóbal Colón acudió a los Reyes Católicos en 1486 presentando su propuesta ante una comisión de supuestos entendidos que, después de evaluar cuidadosamente sus argumentos y cálculos, lo rechazaron concluyendo que sus estimaciones sobre la distancia pensaban eran groseramente incorrectas. Los expertos tenían razón porque Colón había calculado que la distancia de las Canarias a Japón era de aproximadamente 2400 millas náuticas cuando en realidad es más de 10000 millas, un error de magnitud que habría resultado fatal si lo que llamamos América, no hubiera existido providencialmente enmedio de aquella extensión oceánica, sin embargo, tras la Conquista de Granada, Isabel reconsideró el proyecto de Cristóbal Colón, aunque las razones exactas de este cambio han sido debatidas por historiadores, pero probablemente incluían una combinación de factores, especialmente la disponibilidad súbita de recursos financieros tras el fin de la costosa guerra de Granada, el deseo de continuar la expansión cristiana más allá de la península mediante evangelización de nuevas tierras, consideraciones estratégicas sobre competencia con Portugal por rutas comerciales a Asia y quizás simplemente la disposición de una mujer que había apostado exitosamente contra probabilidades imposibles durante toda su vida para arriesgarse en otra empresa más aparentemente imposible y contrariamente a la leyenda popular que presenta Isabel empeñando sus joyas personales para financiar el viaje cuando la realidad es que el costo de la expedición aproximadamente entorno a dos millones de maravedíes, fue relativamente modesto comparado con los gastos de la guerra recién concluida y siendo financiado mediante combinación de fondos reales y préstamos de banqueros y comerciantes interesados, permitían el riesgo.
Las capitulaciones de Santa Fe firmadas el día 17 de abril de 1492, establecieron los términos bajo los cuales Cristóbal Colón conduciría su expedición siendo extraordinariamente generosos reflejando tanto la magnitud de los riesgos que Colón asumiría, como las expectativas modestas que los Reyes tenían sobre los resultados probables. Colón recibiría los títulos de almirante Virrey y Gobernador de todas las tierras que descubriera, retendría la décima parte de todas las riquezas obtenidas y sus títulos y privilegios serían hereditarios. Estas concesiones, que posteriormente causarían conflictos entre la Corona y los descendientes de Cristóbal Colón, fueron acordadas porque nadie anticipaba realmente que aquella expedición descubriría un continente entero desconocido para los europeos cuando el día 3 de agosto de 1492 las tres carabelas comandadas por Colón, la Santa María, la Pinta y la Niña, zarparon del puerto de Palos de Moguer (Huelva) y el día 12 de octubre, después de más de dos meses de navegación atlántica durante la cual, la tripulación casi se amotinó por temor a estar perdidos en océano infinito, las naves alcanzaron tierra en una isla de las Bahamas que Colón denominó San Salvador convencido de haber alcanzado islas frente a las costas asiáticas. Cristóbal Colón exploró el Caribe durante los meses siguientes, descubriendo Cuba y la Española, estableciendo un asentamiento español en esta última y finalmente regresando a España en marzo de 1493 con noticias de su supuesto descubrimiento de nuevas tierras en Asia, muestras de oro, productos exóticos y algunos indígenas que había traído consigo. La noticia del descubrimiento desencadenó inmediatamente competencia con Portugal que reclamaba que aquellas tierras caían dentro de su zona de exploración según tratados previos y para resolver esta disputa potencialmente explosiva, Isabel y Fernando recurrieron al Papa Alejandro VI, quien mediante una serie de bulas papales, estableció una línea de demarcación dividiendo el mundo no cristiano entra España y Portugal. Este acuerdo papal fue posteriormente refinado mediante negociación directa entre ambos reinos el 7 de junio de 1494 con el Tratado de Tordesillas entre los Reyes Católicos y Juan II de Portugal, que estableció la línea de demarcación 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde (frente a Senegal), concediendo a España derechos sobre los territorios al oeste de aquella línea y a Portugal, derechos sobre los territorios al este.
En su presunción de dividir el mundo entero entre dos potencias europeas, este tratado extraordinario, sentaría las bases legales del imperio español americano y del imperio portugués en Brasil, Africa y Asia, sin embargo, el mismo año que veía el descubrimiento de América, también presenció decisiones que mancharían permanentemente el legado de Isabel y con el Decreto de la Alhambra del día 31 de marzo de 1492, por el que se ordenaba la expulsión de todos los judíos que no aceptaran convertirse al cristianismo. La comunidad judía española establecida en la península desde tiempos romanos, había contribuido significativamente a la vida económica, intelectual y cultural de los Reinos peninsulares durante siglos. Médicos, judíos, financieros, artesanos, comerciantes, eruditos y profesionales de todo tipo, formaban parte integral del tejido social de Castilla y Aragón, no obstante, durante el siglo XV, presiones crecientes de elementos cristianos intolerantes, alimentadas por predicadores que promovían odio antijudío, habían conducido a programas ocasionales, conversiones forzadas y discriminación sistemática, mientras los Reyes Católicos, profundamente influenciados por su religiosidad intensa y por consejeros eclesiásticos que argumentaban sobre la amenaza a la pureza de la fe cristiana con la presencia judía, tomaron la decisión de ofrecer una elección fatal a los judíos españoles eligiendo la conversión al cristianismo o el exilio permanente. Se estima que entre 150000 y 200000 judíos abandonaron España durante los meses siguientes, llevándose consigo conocimientos, habilidades y riquezas que empobrecerían a España durante generaciones.
Aquellos judíos que se convirtieron al catolicismo, se conocieron como conversos y frecuentemente continuaron siendo sospechosos de mantener secretamente sus prácticas judaicas y fueron perseguidos por la Inquisición Española que gracias a la bula Exigit sincerae devotionis, otorgada por el Papa Sixto IV el día 11 de noviembre de 1478, Isabel funda y la establece para investigar la ortodoxia de los conversos. La Inquisición Española oficialmente la Inquisición del Reino, debe distinguirse de la Inquisición medieval que había existido previamente bajo control papal ya que la Inquisición Española fue establecida como Institución Real y controlada directamente por los Monarcas en lugar del Papa para ser empleada, no solamente para investigar herejía, sino también como instrumento de control social y político que reforzaba uniformidad religiosa considerada esencial para la unidad del Estado. El día 2 de agosto de 1483, con las recomendaciones de los Reyes Católicos y el cardenal Pedro de Mendoza, el Papa Sixto IV nombró a Tomás de Torquemada como Inquisidor General de toda la Corona de Castilla y la inquisición desarrollará procedimientos que hoy se considerarían grotescamente injustos, acusaciones anónimas, uso de tortura para extraer confesiones, confiscación de propiedades de acusados que financiaban las operaciones de la propia inquisición y ejecuciones públicas de herejes sin penitentes en ceremonias conocidas como Autos de Fe.
La responsabilidad de Isabel por estos horrores no puede ser minimizada, aunque la Inquisición operaba con considerable autonomía bajo dirección eclesiástica, había sido establecida con aprobación real y era sostenida por Autoridad Real y los Monarcas, recibían informes regulares sobre sus actividades sin intervenir para moderar sus excesos. El argumento frecuentemente presentado de que la Inquisición Española ejecutó menos personas que tribunales seculares contemporáneos o de persecuciones religiosas inferiores a otros países europeos, aunque actualmente es correcto, no absuelve a Isabel de responsabilidad moral por haber creado y sostenido una institución que causó sufrimiento masivo a miles de personas inocentes cuyo único crimen era mantener creencias religiosas diferentes o ser sospechosos de hacerlo. Por otra parte, debe reconocerse que Isabel demostró considerable preocupación por el trato de las poblaciones indígenas americanas, contrastando dramáticamente con la política de expulsión judía y cuando recibirá algún informe sobre abusos de españoles contra nativos americanos en la Corte, Isabel respondió, promulgando leyes destinadas a proteger a los indígenas, declarando que eran súbditos libres de la Corona con derechos que debían ser respetados y prohibiendo su esclavización, salvo en circunstancias muy específicas y estableciendo el sistema de encomiendas que teóricamente protegía a los nativos mientras proporcionaba mano de obra a los españoles americanos, aunque en la práctica, frecuentemente se convertía en explotación fatal.
Su testamento incluye cláusulas específicas ordenando el buen trato para los indígenas americanos demostrando que esta preocupación era genuina, aunque la implementación efectiva de protecciones resultaría imposible a miles de kilómetros de distancia, mientras tanto, conforme avanzaba la década final del siglo XV, Isabel enfrentaba tragedias personales devastadoras que empañarían sus triunfos políticos. Su estrategia dinástica había consistido en casar a sus hijos con las principales casas reales europeas, creando una red de alianzas que aislaría a Francia y reforzaría la posición española. Su hija Isabel se casó con Alfonso de Portugal y tras su muerte prematura con su primo el rey Manuel I, su hija Juana, se casó con Felipe "el hermoso" de Austria, hijo del Emperador Maximiliano, su hija Catalina se casó con Arturo Tudor, Príncipe de Gales y tras su muerte, con su hermano el futuro Enrique VIII de Inglaterra y su único hijo varón, el príncipe Juan, heredero de todos los reinos hispánicos, se casó con Margarita de Austria, sin embargo, el día 19 de octubre de 1497, el príncipe Juan murió súbitamente a los diecinueveaños, apenas seis meses después de su matrimonio. La causa exacta del fallecimiento permanece incierta, pero probablemente fue tuberculosis u otra enfermedad infecciosa y su muerte fue devastadora para Isabel, quien perdía no solamente a su hijo amado, sino también al heredero varón en quien había depositado todas sus esperanzas dinásticas.
La línea sucesoria pasaba a su hija Isabel, casada con el rey Manuel I de Portugal, pero ella murió el día 23 de agosto de 1498 durante un parto y su hijo Miguel se falleció en 1499. Eliminando aquella línea sucesoria, la sucesión recayó entonces en Juana, la tercera hija, quien había demostrado ya signos preocupantes de inestabilidad mental que recordaban siniestramente a su abuela Isabel de Portugal ya que Juana, había heredado aparentemente la enfermedad mental que había afectado a su abuela y que Isabel tanto había temido ver repetirse en sus descendientes y sus celos obsesivos hacia su esposo Felipe "el Hermoso", sus episodios de comportamiento errático, su creciente incapacidad para funcionar normalmente, horrorizaban a Isabel quien veía repetirse la pesadilla de Arévalo.
Cuando Felipe I de Castilla murió el día 29 de septiembre de 1506, el comportamiento de Juana se deterioró completamente negándose a separarse del cadáver de su esposo viajando con su ataúd durante meses, demostrando claramente que estaba mentalmente incapacitada para gobernar. Esta situación planteaba un dilema terrible, la heredera legítima estaba loca, sus hijos eran menores y España necesitaba liderazgo estable en un momento de transición crítica. Isabel ya gravemente enferma en 1504 con lo que probablemente era cáncer o alguna enfermedad degenerativa, elaboró su testamento final el día 23 de noviembre de 1504 en Medina del Campo tres días antes de su muerte. Sus últimas voluntades revelaban las preocupaciones que pesaba su alma moribunda, ordenaba buen trato para los indígenas americanos, pidiendo que fueran evangelizados con suavidad y no forzados, reafirmaba la legitimidad de Juana como heredera, pero reconocía implícitamente que su esposo Fernando debería actuar como regente dada la incapacidad de su hija, ordenaba ser enterrada simplemente sin las pompas características de entierros reales, demostrando la humildad personal que contrastaba con su determinación política, confesaba sus pecados y encomendaba su alma a Dios con la intensa religiosidad que había caracterizado toda su existencia. El 26 de noviembre de 1504 Isabel de Castilla murió en Medina del Campo a los 53 años, la mujer que había nacido en circunstancias que la condenaban aparentemente a la irrelevancia y que había sobrevivido a una infancia traumática y adolescencia de guerra civil, que había desafiado la voluntad real para casarse con el hombre de su elección, que había ganado una guerra civil contra enemigos poderosos que había transformado Castilla, de Reino anárquico en Estado organizado, que había completado la reconquista conquistando Granada, que había apoyado el viaje que descubriría América inaugurando la era de los imperios globales, dejaba un legado que transformaría permanentemente, no solamente España, sino el mundo entero.
Su legado es complejo, conteniendo tanto luz extraordinaria como sombras profundas porque Isabel fue indudablemente una de las gobernantes más capaces que en Europa haya nacido, demostrando habilidad política excepcional, determinación inquebrantable, capacidad administrativa extraordinaria y una visión estratégica que transformó España en potencia mundial mientras bajo su reinado, la monarquía española se consolidó y la autoridad real fue restaurada, las instituciones del Estado moderno fueron establecidas y España comenzó la expansión imperial que la convertiría en la potencia dominante del siglo XVI. El descubrimiento y colonización de América, aunque motivado por Cristóbal Colón, fue posible por la decisión de Isabel I de Castilla al apoyar su expedición cuando todos los demás monarcas europeos la habían rechazado y las bases del imperio español americano fueron sentadas mediante las políticas que ella estableció. Por otra parte, su responsabilidad por la expulsión judía, por la Inquisición y sus horrores, por políticas que causaron sufrimiento masivo a miles de inocentes en nombre de uniformidad religiosa, mancha permanentemente su memoria y el debate sobre Isabel continúa dividiendo a historiadores, entre aquellos que enfatizan sus logros extraordinarios y aquellos que consideran que sus crímenes superan cualquier logro, pero lo que no puede negarse es que Isabel I de Castilla fue una de las figuras más consecuentes de la historia occidental, una mujer que mediante combinación de circunstancia, capacidad y determinación, alteró fundamentalmente el curso de la civilización y la España moderna, el mundo hispanohablante y la configuración actual de América, todos llevan la impronta indeleble de aquella Reina que contra todas las probabilidades transformó su Reino y el mundo entero.
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