La batalla de las Navas de Tolosa
por Julián Segarra Esbrí
En la historia de la reconquista cristiana a los musulmanes, en la que las tropas musulmanas y cristinas se mantuvieron en conflicto en la península Ibérica durante 780 años, desde que los omeyas de Damasco llegaron a la península y apoyados por amaziges, bereberes y moriscos, consiguieron vencer al rey visigodo don Rodrigo en la batalla de Guadalete en el año 711 y crearon un emirato dependiente, no fue hasta el año 756, cuando el tremendo estrago producido entre los omeyas por los abasí de Bagdad, facilitó al último superviviente Abderramán I, el príncipe de los errantes, llegar al Andalus y convertir el emirato en independiente, naciendo como entidad política propia.
De los omeyas como emirato independiente, pasamos al califato del gran Abderramán III, con momentos de esplendor de la sultana de Córdoba. Así llegó la construcción de Medina Azahara y se rendía culto a Alá desde la gran mezquita, pero el sultanato no enraizó y todo aquello se olvidó, llegando a la península Ibérica diferentes hordas que desde el Magreb se habían levantado en torno a la idea fanática de rendir admiración y culto eterno a Alá, cuando el año 1085 llegaban los almorávides y un siglo más tarde llegarían los almohades, unos defensores férreos de la fe islámica y contra ellos, combatieron los reinos cristianos del norte peninsular.
Fue en el año 1195 cuando las tropas castellanas de Alfonso VIII sufrían una gravísima e importante derrota a manos almohades cerca del castillo de Alarcos junto al río Guadiana en las inmediaciones de la actual Ciudad Real, siendo la última gran victoria musulmana en la península Ibérica y aunque Alfonso VIII está a punto de sucumbir en la propia batalla, gracias a un grupo de leales de su hueste consiguió retirarse vencido y muy herido para poder preparar la venganza con otra nueva contraofensiva.
Mientras los almohades levantaban la Giralda y la Torre del Oro en Sevilla, se acechaban a los reinos cristianos que ambicionaban ocuparlos con una nueva invasión de la península Ibérica para poseerla en su totalidad y en el año 1211, el gran califa almohade Abu Abd Allah Muhammad Ibn al-Mansur (an Nasir), con poco más de 30 años, ya preparaba un gran contingente de ejército y la amenaza se cernía sobre los reinos cristianos, aunque realmente nunca se supo de la cifra de hombres que logró reunir, los cronistas árabes de la época hablan de más de 600.000 guerreros almohades. El paso de los siglos y la rigurosidad de las investigaciones, fueron rebajando ostensiblemente la cantidad, unos hablaron de 300.000 y otros decían 200.000 guerreros. Lo cierto es que aquel contingente de an Nasir no debió superar los 150.000 efectivos, pero en cualquier caso, era una gravísima noticia para los reinos cristianos del norte peninsular que mientras tanto, andaban envueltos en unas guerras fratricidas o civiles por el control territorial de la frontera, ya que en ese tiempo había cinco reinos en Hispania y por el otro lado oriental, estaban los aragoneses.
Para documentarse sobre la batalla de las Navas de Tolosa disponemos de una obra básica de referencia a pesar de tener más de un siglo, cual es el estudio de Ambrosio Huici Miranda sobre las Navas de Tolosa, un autorista historiador y también latinista, presentado en el año 1912 con motivo del séptimo centenario de la batalla a un premio que no le fue concedido en la Diputación Foral de Navarra, aunque es muy interesante reconocer el dictamen del jurado, ya que no se le concedió un premio a la obra porque el autor utilizaba muy frecuentemente fuentes árabes. Es absolutamente sorprendente el razonamiento de por qué no se le dio reconocimiento por emplear fuentes musulmanas, cuando precisamente esa es la gran virtud de la obra de Ambrosio Huici Miranda al haber utilizado todo tipo de testimonios disponibles, por lo que posteriormente este estudio sobre la batalla de las Navas de Tolosa, se publicaría dentro de otra obra que también es de referencia y titulada "Las grandes batallas de la reconquista durante las invasiones africanas".
En un lienzo al óleo de 1864 del pintor español Francisco de Paula Van Halen sobre la Batalla de Las Navas de Tolosa, se representa la batalla que tuvo lugar el lunes día 16 de julio de 1212 con un ejército cruzado, lo que recibió la consideración de cruzada y observaremos estar encabezado por el rey de Castilla Alfonso VIII, pero acompañado por el rey de Aragón Pedro II, Pedro el Católico y por el rey de Navarra Sancho VII, Sancho el Fuerte, enfrentados a un ejército musulmán dirigido por el califa almohade Abu Abd Allah Muhammad Ibn al-Mansur (an Nasir) y en el que también estaban integrados además de los almohades, bereberes norte africanos y tropas andalusies.
En el contexto inmediato de la batalla que tuvo lugar a mediados de julio, hay que remontarse al verano del año 1211 en el que una expedición del ejército almohade musulmán, tras emprender la marcha desde Córdoba, destacó fuerzas de caballería para asolar el campo cristiano, acercándose a Salvatierra en la provincia de Ciudad Real, de donde salieron unos centenares de caballeros cristianos para entablar combate hasta que la llegada del grueso de las tropas musulmanas les obligó a refugiarse en el castillo. La cercana fortaleza de Dueñas, futuro bastión de la Orden de Calatrava, cayó sin dificultad en manos infieles y tras un sostenido asedio, también Salvatierra tuvo que rendirse después de pedir permiso al rey Alfonso VIII. Al cabo de 51 días de asedio, los defensores salieron libres a tierra cristiana con los enseres que pudieron llevarse y en el mes de septiembre, el califa almohade entraba en Salvatierra transformando la iglesia en mezquita y conseguir arrebatar al Reino de Castilla la fortaleza de Salvatierra, por lo que el rey Alfonso VIII se propuso vengarse de lo que había ocurrido en la conquista almohade, de tal forma que en los últimos meses de 1211 comenzó la organización de una gran expedición para la cual el rey de Castilla Alfonso VIII, contaría con el apoyo decidido del Papa Inocencio III, quien proclamaría y otorgaría la condición de cruzada y que a la vez, fue predicada por distintas partes de Europa y muy especialmente en Francia.
Para mediados de mayo de 1212, coincidiendo con el día 20 de mayo, día de Pentecostés, estaban citados todos los cruzados en Toledo, reuniéndose por tanto las tropas castellanas, las tropas aportadas por el rey de Aragón y los cruzados que venían de tierras ultramontanas de más allá del Pirineo. Toda la expedición partió de Toledo hacia el sur el día 20 de junio, un mes después y en el trayecto hacia Sierra Morena, los cruzados fueron tomando diversa fortificaciones y cuando el califa que había mantenido sus tropas invernado en Sevilla después de la conquista de Salvatierra del año anterior, tuvo noticias de que se acercaba un ejército desde Toledo, puso en marcha su propia maquinaria militar y fue acercándose de Sevilla a Córdoba y Jaén para intentar bloquear en algún lugar de esta ruta al ejército cristiano que procedía desde el norte y los dos ejércitos acabaron encontrándose en el lugar que conocemos como las Navas de Tolosa y que actualmente está muy cerca de la localidad de Santa Elena en Jaén.
El analizar la campaña comparándola con aquello que resulta normal en la guerra de aquellos tiempos y plantear la batalla en el contexto inmediato que tuvo lugar, no es de extrañar que sorprendiera a nadie de aquel entonces por cuanto responda a los parámetros habituales de la guerra de finales del siglo XII o de principios del siglo XIII, apareciendo como lo usual en el contexto político y militar peninsular por cuanto las relaciones entre cristianos y musulmanes habían sido conflictivas desde los Reinos de Taifas y la conquista de Toledo el día 6 de mayo del año 1085 por el rey de León Alfonso VI, que desalojó de manera definitiva a las fuerzas musulmanas de Yahya ibn Ismaíl, ibn Yahya al-Qádir bi-L-lah o an-Cádir de la dinastía Banu Di-l-Nun, el emir de la Taifa de Toledo, pero esa acritud entre cristianos y musulmanes se había intensificado a raíz de la intervención de los almohades en la península a partir de la década de los años 60 del siglo XII y por el ímpetu que impusieron los almohades norteafricanos a su política en el Andalus, consiguieron ir derrotando progresivamente a todos los reinos cristianos que a su vez sufrieron pérdidas territoriales entre los años 70 y los años 90 del siglo XII, especialmente el Reino de Portugal y el Reino de León, ya que perdieron prácticamente todos los territorios conseguidos en décadas anteriores al sur del río Tajo y por supuesto, el Reino de Castilla, de hecho, en 1195, apenas 17 años antes de la batalla de las Navas de Tolosa, el ejército castellano del rey Alfonso VIII había sido derrotado en Alarcos y como consecuencia de esa derrota, la frontera castellana en territorio actualmente manchego, se había derrumbado retrocediendo hasta el río Tajo.
Un par de testimonios de algunos contemporáneos, nos dan una idea de lo ocurrido inmediatamente después de la batalla cerca de Santa Elena. El tudense Lucas de Tuy, obispo de Tuy, aunque se desconoce cuando nació pero debía de tener en el año 1212 al momento de producirse la batalla entre 15 a 30 años, escribió un par de décadas después que tuvo lugar está felicísima guerra en el lugar que llaman Navas de Tolosa, en España nunca hubo una guerra igual, ya que Lucas de Tuy conocía la historia de España y estaba escribiendo una crónica en la que se insertaban relatos de la historia de España por quien fue contemporáneo de la batalla, nos dice no encontrar en la historia de España ninguna otra guerra, ninguna otra operación militar que tuviera la magnitud que había tenido la batalla de las Navas de Tolosa. Posiblemente estaría expresando el resultado del impacto que a él le produjo la noticia de lo que había ocurrido en las Navas de Tolosa en el momento en el que ocurrió este hecho en su juventud, o lo estaba escribiendo a la vista de lo que había ocurrido después de la batalla, pero en cualquier caso, hay que fijarse en la importancia y en la relevancia que le está dando un siglo después de la batalla a esta noticia ocurrida aproximadamente en las cercanías de Santa Elena.
Los compiladores del taller historiográfico alfonsí, los que estaban escribiendo la historia de España de Alfonso X y de su hijo Sancho IV, decían que uno de los más grandes hechos que en el mundo aconteciera desde su creación, desde el génesis hasta 1212, fue la batalla que llaman Ubeda o de la Navas de Tolosa. No se trata de que fuera un acontecimiento o el más relevante de la historia de España, sino el más importante desde el génesis hasta 1212, lo que es significativo por tanto para cualquier autor cristiano. Esta frase tiene que resultar el acontecimiento tan extraordinario y además importante en ese período de tiempo, que sólo fuera superado por el nacimiento de Jesucristo, lo que nos brinda una idea de los contemporáneos que vivieron inmediatamente después de lo ocurrido en la batalla de las Navas de Tolosa. Las fuentes que conservamos de los autores que escribieron sobre ella, incluso los testigos presenciales, crearon tal magnitud de testimonios que no pueden hacerla comparable con ningún otro acontecimiento bélico en las relaciones entre cristianos y musulmanes en la península Ibérica, ni existe otra operación militar de la que existan tantos testimonios y tan diversos dentro del contexto medieval hispánico, lo que permite ser muy rigurosos y muy serios sobre la batalla de las Navas de Tolosa.
Rememoremos que a principios del siglo XIII, el gran rey Pedro II dominaba los designios de la corona aragonesa, también estaba Castilla, con su rey Alfonso VIII, recordando eternamente el desastre de Alarcos, León permanecía como entidad independiente entre 1157 y 1230 aunque en la segunda etapa de la dependencia de León, estaban su Rey Alfonso IX y también el Reino de Navarra con su enorme monarca Sancho VII y por supuesto, el Reino de Portugal, independizado el año 1140 y reconocido por Castilla en 1143. Era el momento propicio para la amenaza almohade contra los cinco reinos cristianos y deberían unirse para no sucumbir gracias a que desde 1206, se habían creado los capítulos necesarios para que los cristianos se uniera en una Santa Cruzada contra los almohades. El rey Alfonso VIII aglutinaba los intereses cristianos y consiguió convencer al Papa Inocencio III para que proclamara Santa Cruzada contra los almohades y en los púlpitos eclesiales de toda Europa, se animaba a los fervorosos siervos a alistarse a esa cruzada en la que se entregarían dones, se prometería el cielo y también el indulto, todo con tal de parar o frenar el impulso almohade al alcanzar el año 1212.
Miles de caballeros se alistaron y llegaban desde Alemania, desde Italia, desde Francia, desde Inglaterra y a su frente Arnaldo Amalric, el arzobispo de Narbona, entrando a la península Ibérica en ese año de 1212. En el mes de mayo, la ciudad de Toledo antigua capital visigoda, era la capital de las tres culturas, donde vivían en perfecta armonía los mudéjares, los hebreos y los cristianos y fue la base central elegida por Alfonso VIII para reunir a todas las tropas de aquella Santa Cruzada, a la que poco a poco los hombres fueron llegando y también los cruzados extranjeros. Había el temor en el Rey Alfonso VIII por la fricción que se iba a producir a buen seguro entre los extranjeros y los habitantes de Toledo, ya que los cruzados extranjeros no estaban acostumbrados a esta convivencia. Ellos tenían la impronta de las cruzadas vividas en Tierra Santa y allí, no se le daba ni un solo palmo de terreno al enemigo musulmán, en consecuencia, les extrañó que se conviviera perfectamente en Toledo y sobre todo les extrañó más si cabe el que se dejara vivir en paz a los judíos. Alfonso VIII intentó acuartelar y asentar las tropas cruzadas extranjeras en los alrededores de Toledo para que no entraran en la ciudad, pero fue imposible pararles, los extranjeros asaltaron la judería toledana, provocaron una gran masacre y rapiñaron lo que pudieron llevándose el botín, lo que provocó un gran pesar en Alfonso VIII, pero pensando en los futuros combates, sabía que aquellos cruzados serían muy necesarios con sus armas y su veteranía para combatir a los almohades, lo que restó importancia pensando en la futura empresa y finalmente, el 20 de junio de 1212 se dio la orden de partida. El Ejército Cruzado era inmenso, según las fuentes más fidedignas se acercaba a los 100.000 hombres. La vanguardia del ejército era asumida por don Diego López de Haro, el señor de Vizcaya, que dirigía la hueste cruzada extranjera, eran los primeros, la tropa de choque contra los almohades.
Aquel ejército transitará la árida estepa manchega en la que el calor y la falta de intendencia empezó a hacer estragos y los cruzados se toparon con la fortaleza de Malagón en la que sus defensores ofrecieron la rendición a cambio de la supervivencia, pero los cruzados extranjeros omitieron cualquier tipo de negociación, negaron cualquier tipo de acuerdo y pasaron a cuchillo a los defensores de la fortaleza de Malagón. El rey Alfonso VIII al llegar dos días más tarde, contemplo la escena horrorizado porque esa no era la manera de conquistar, había que negociar, la batalla era otra y los cruzados extranjeros empezaron a disentir, mostraban desacuerdo con el proceder de los cristianos peninsulares o hispanos. Días más tarde llegaron a la fortaleza de Calatrava, aquella que habían perdido los templarios y que había sido el germen para la futura Orden de Calatrava, pero Alfonso VIII, en esta ocasión llegó a tiempo para negociar con los defensores y a cambio de no combatir, les permitió salir con vida, lo que encrespó y provocó las iras de los cruzados extranjeros muy cansados y fatigados por la marcha y por el hambre, por lo que decidieron abandonar en masa aquella cruzada y los hispanos se quedaban solos ante el poder almohade. Cuando la sombra del desastre de Alarcos planeaba sobre todo el ejército cruzado teniendo en cuenta que los cruzados extranjeros suponían más o menos la tercera parte del total y el ejército restante a disposición de Alfonso VIII no superaba los 80.000 efectivos para poder combatir a toda la soldadesca almohade, pero afortunadamente el gran amigo de Alfonso VIII, Pedro II de Aragón, llegó con un ejército numeroso de 3.000 caballeros y varios miles de peones. Los reyes cristianos deciden continuar sabedores que el peligro de enfrentarse a los almohades era tremendo y tangible para los reinos cristianos hispanos de la península Ibérica, pero aceptaron combatir. An Nasir, el gran sultán, el gran califa, el gran líder de los almohades, esperaba pacientemente en las estribaciones de Sierra Morena que había optado por la defensa localizando algunos puntos de paso estratégico en la serranía y allí, esperaba pacientemente con su inmensa tropa guerrera.
El califa confiaba que los cruzados se cansaran y llegaran fatigados en el trasiego por la sierra, pero durante la primera quincena del mes de julio de 1212 arribaron a los montes de Sierra Morena con un principal obstáculo cual era el encontrar el paso propicio para llegar hasta los contingentes almohades. Sierra Morena es una barrera natural con, cañones, zonas escarpadas y encima, los únicos pasos disponibles estaban guarecidos por tropas almohades y con castillos perfectamente defendidos. Algunas patrullas de exploración mandadas por los cristianos, intentaron buscar el paso franco y la leyenda nos habla de la intervención divina, unos dicen que un Arcángel, otros dicen que el propio San Isidro Labrador, los más aseguran que un humilde o simple pastor coincidió con las tropas cristianas y les habló de un paso por un lugar y los cristianos comprobaron con certeza que ese paso existía y que el pastor no les había engañado, por lo que recibidas las indicaciones los reyes cristianos que por entonces ya se había sumado el gran rey navarro Sancho VII con 200 caballeros y otros varios miles de peones, dispusieron a franquear el desfiladero que les condujo a una zona llamada la mesa del rey, para establecerse el ejército cruzado con todo el ejército cristiano levantando el campamento central. An Nasir, al comprobar que los cristianos habían franqueado los pasos serranos, dio orden de formar a su ejército con varios miles de guerreros, con lo que las dos formaciones iban a chocar muy pronto y envió algunas vanguardias de arqueros y de jinetes para hostigar a los cristianos y provocarles solo con la intención de cebarles y hacer que combatieran cansados, pero los cristianos no entraron en el juego enemigo musulmán absteniéndose hasta que el día 15 de julio de 1212, los dos contingentes de los dos ejércitos se divisaban. Fue una noche tensa, una noche cuajada de nervios, los dos ejércitos se miraban, las patrullas se tanteaban, se medían las dimensiones de ambos. An Nasir dispuso sus hombres y en esa madrugada los cristianos también se prepararon para combatir, para vencer o para morir. Tras la comunión a las tropas cristianas, encomendaron a Dios su alma al Cielo y se prepararon para la inevitable guerra, dos ideas distintas de concebir la existencia por dos ideologías totalmente diferentes. La cruz contra la media luna y al revés, la espada contra el alfanger. Sobre el terreno se podía ver al poderosísimo ejército almohade, la inmensa tienda de campaña del califa An Nasir, una tienda roja muy vistosa y orgullosamente engalanada ya que no se tenía que esconderse de nadie y rodeada por una suerte de fortificaciones, empalizadas, cadenas y lo principal, la temible Guardia Negra, unos hombres absolutamente fanáticos y dispuestos a morir por el islam y por el califa An Nasir que ataban sus piernas y se incrustaban literalmente en la tierra mostrando que ellos vencerían o morirían, pero nunca retrocederían.
La segunda línea la componía el gran grupo de ejército almohade, eran tropas muy heterogéneas provenientes de gran parte del imperio almohade de diferentes lugares, muchos del Magreb, otros andalusíes y en la primera línea de batalla, la de choque, se situaban los más absolutos fanáticos del islam, los que entendían la guerra como una auténtica cruzada santa contra los infieles cristianos y aunque eran tropas ligeras y poco útiles, servían para sortear peligros, para intentar desconcertar a los cristianos y para descabalgarles. Era una idea muy bien trazada y además, la caballera ligera musulmana era muy potente, los caballeros también estaban dispuestos, así como los arqueros y los sonderos y aunque tenían pocas defensas corporales, en cambio gozaban de gran acometividad en cuanto a lanzar dardos, saetas, flechas y piedras. La siguiente fila la constituía la tropa de elite almohade que eran la tercera fila de ataque por ser muy buenos soldados.
Los cristianos también dispusieron su formación guerrera en tres filas, en la primera el cuerpo central lo ocupaba la caballería castellana, el flanco izquierdo lo tomaba Pedro II de Aragón y sus nobles aragoneses, el flanco derecho era para los navarros de Sancho VII y en la retaguardia se situaba una fila de milicias castellanas que asistían a un flanco y al otro y sumada a esta retaguardia, una tercera fila formada o integrada por las órdenes militares. El primero en dar la orden de combatir fue Alfonso VIII que mandó a su caballería pesada lanzar un despiadado ataque. La escena se puede considerar inmensa; cientos de caballeros o de jinetes castellanos se lanzaron avanzando sobre las primeras filas almohades con miles de guerreros musulmanes a pie intentando descabalgar a los jinetes cristianos. El choque fue absolutamente violento y rápidamente la vanguardia cristiana hizo mella en la vanguardia almohade y empezaron a internarse, pero An Nasir había dado con la clave y las tropas ligeras almohades empezaron a desorganizar el ataque cristiano. Pronto cada caballero y cada montura, se vio envuelta por tres o cuatro infantes musulmanes que descabalgaban a los jinetes cristianos, les masacraban y con sus alfanjes les degollaban. La acometividad de los cristianos estaba a punto de ser cuestionada y algunos empezaron a retroceder, con lo que An Nasir ordenó la contraofensiva y la segunda línea almohade se lanzó en un ataque desesperado por ser el ejército de los almohades propiamente dicho y los arqueros llenaron el cielo con sus flechas y los sonderos impactaban sus piedras contra las armaduras de los cristianos. Durante minutos, la batalla estuvo indecisa, miles de cadáveres cubrían el campo de batalla y Alfonso VIII empezó a ver con temor lo que estaba ocurriendo, ya que algunos de sus hombres retrocedían. Era el momento decisivo, An Nasir ya confiado en la victoria, ordenó a su tercera fila de la tropa de elite almohade lanzar el último y definitivo ataque. Los jinetes de la caballería almohade estaba a punto de tomar la iniciativa porque los castellanos, los aragoneses y los navarros estaban retrocediendo y en un instante, Alfonso VIII se miró con los obispos que le rodeaban, se miró también con sus amigos los Reyes de Aragón y de Navarra y tomó la última decisión, esa decisión que provoca que una batalla se pueda vencer y ganar. Se lanzó la última y desesperada carga, la considerada como la carga de los tres reyes, Alfonso VIII, Pedro II y Sancho VII tomando el frente de sus hombres y con las órdenes militares movilizando todos los efectivos que tenían, era el último aliento de los cruzados y ahí estaba el Gran Maestre de los Templarios Fray Gómez Ramírez que animaron a sus hombres y se lanzaron a la última y heroica carga con la que los cristianos saltaron al campo con todo lo que tenían. Era vencer o morir, era vencer o ser invadidos por los almohades y los cristianos lo consiguieron, rebasaron la segunda línea almohade y la tercera. Rápidamente una acción heroica de Sancho VII de Navarra propició que los navarros se plantarán en el campamento base de los almohades alcanzando la mismísima tienda real de An Nasir quien estupefacto, sólo tuvo tiempo para huir a caballo escoltado por un reducido grupo de leales y la Guardia Negra que se había quedado para defender la tienda, fueron cayendo uno a uno cuando los hombres de Sancho VII rompieron las cadenas que circundaban la tienda de An Nasir, de ahí que las cadenas, pasarán posteriormente a ser la parte principal del Escudo de Navarra. Los navarros entraron en el campamento y detrás de ellos los castellanos y los aragoneses que lucharon con auténtica tenacidad porque los almohades no retrocedían ni un solo palmo y miles de hombres murieron, pero finalmente la victoria se decantó del lado cristiano.
Es imposible saber cuántos soldados o cuantas personas cayeron en la guerra de las Navas de Tolosa, aunque según las fuentes, se habla de unos 100.000 almohades y unos pocos miles de soldados cristianos, pero nunca lo sabremos, porque de lo que tenemos constancia es que el Rey Alfonso VIII envió una carta epistolar al Papa Inocencio III anunciándole la gran victoria de los cristianos. La cruzada habría sido un éxito y Alfonso VIII, eufórico por la victoria dijo que tan sólo había tenido 30 bajas, olvidándose de incluir los cientos o los miles en la cifra, cuando los almohades, en cambio, tuvieron miles de muertos y sobre todo abandonaron un riquísimo botín del que se apropiaron los cristianos, con lo que desde 1212, los almohades dejaron de ser una fuerza combativa y An Nasir se retiró a Marrakech por ser la gran capital imperial y allí se dedicó a los placeres y a los excesos hasta su muerte ocurrida pocos meses más tarde.
Los cristianos no aprovecharon territorialmente aquella victoria, si bien es cierto tomaron algunas plazas como Ubeda o como Baeza, pero pronto la disentería, el cansancio y sobre todo la peste, provocó muchísimas bajas en las tropas cristianas y tuvieron que abandonar aquel empeño, pero los almohades habían sido vencidos y nunca más volverían a combatir o amenazar a los reinos cristianos peninsulares.
õõ La solidaridad del esclavo.
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