Don Pelayo

por Julián Segarra Esbrí


   Los atentados del 11 de marzo de 2004, conocidos por el numerónimo 11M o “atentados de Atocha”, fueron una serie de ataques terroristas producidos en España a cuatro trenes de la red de cercanías de Madrid en Atocha, El Pozo, Santa Eugenia y la calle Téllez, provocando el mayor atentado terrorista sucedido en España en el que fallecieron 192 personas y alrededor de dos mil resultaron heridas y que influyó en la evolución de la economía de los españoles cayendo progresivamente como en un tobogán durante la primera década del siglo XXI para alcanzar la segunda década con más gastos que ingresos empresariales, lo que obligó a cerrar negocios, aumentando el paro de los trabajadores y empezar la tercera década con la enfermedad de la pandemia por coronavirus, más conocida como covid-19 e incorrectamente llamada neumonía por coronavirus, por lo que se nos obligó a las personas por ley a permanecer en nuestros domicilios según consejo de un inexistente comité de expertos que impidiendo el acceso al trabajo, favorece el incremento de la deuda pública, aprovecha la venida de inmigrantes ilegales indocumentados y nos está conduciendo a una situación ya vivida en el península Ibérica trece siglos antes, lo que significa que aquellos ignorantes de los sucesos del pasado, con sus errores y aciertos, están destinados a cometer las mismas equivocaciones y no aprenden de las experiencias de generaciones anteriores.

   Don Pelayo fue el guerrero que no se arrodilló y encendió la primera llama de la reconquista, el caudillo de la montaña, quien con firmeza, verdad y temple, convirtió la resistencia en Reino y el honor en legado. Y no fue por deseo propio, sino por la necesidad del momento, ya que no nació para el trono, sino para el combate, tampoco fue un noble visigodo en la Corte de Toledo y servidor del Rey don Rodrigo.

   Antes de la gran desgracia por la caída del reino visigodo, los enemigos del sur cruzaron el estrecho de Gibraltar con el Corán en la mano diestra y la espada cimitarra en la siniestra, por lo que debió retirarse a las montañas donde aún quedaba fuego en los corazones y dignidad de las almas. No se eligió líder, sino que fueron los amigos viendo su firmeza, le alzaron Caudillo y aceptó no por ansia de poder, sino por deber hacia los que no querían vivir arrodillados. Sus hazañas más relevantes o la más cantada, fue la resistencia en Covadonga, donde con apenas 300 hombres campesinos, pastores y soldados agotados, se enfrentaron a la victoria en el monte de la cueva de Dios o monte Auseva, con el estruendo de la fe combatiendo ferozmente para iniciar lo que siglos más tarde llamaremos la reconquista, aunque en el pecho solo latía el deseo de salvar el alma de Hispania.

   Fundó un reino sin muros, pero con voluntad y el Reino de Asturias, fue el baluarte de los que no se entregaron para ser libres con sangre derramada por la propia libertad, sin pactar jamás con quien quiso imponerse por la fuerza y la mentira. No hay trato posible con quien desea borrar al diferente y el recuerdo firme, no era santo ni sabio, solo roca cuando todo era derrumbe tras la derrota del Rey don Rodrigo, la que marcó el fin de un mundo y el comienzo de otro más incierto, entiéndase la caída del reino visigodo derrotado en la batalla de Guadalete cuando el rey don Rodrigo fue vencido por las huestes de Tariq ibn Ziyad, el jefe de la expedición amazigh y bereberes musulmanes que inició la conquista de la península Ibérica en el año 711.

   En su corte como oficial y custodio, aunque la nobleza Goda ya mostraba señales de decadencia y traición, aún había quienes mantenían el deber como guía a don Rodrigo y aunque valiente, heredó un reino dividido lleno de intrigas y odios internos, de ahí, cuando llegaron los del sur, no hallaron un pueblo unido, sino un campo de despojos con muchos nobles ciegos por la codicia que pactaron con el invasor o huyeron en aquellos días mezclados de rabia y tristeza. Las noticias llegaron como ríos desbordados, la muerte del Rey fue dudosa, su cuerpo jamás apareció y la certeza de que Hispania había caído, pesó como una piedra en el pecho, para escapar de la corte al entender que allí ya no quedaba nada para defender. Partió hacia el norte buscando tierra firme, con la voluntad de resistir, encontrándola en las montañas astures, con pastores, campesinos, antiguos soldados, gentes sencillas que no entendían de política, pero sí de honra, ellos le regalaron un nuevo propósito y aunque parecía que lo había perdió todo, encontró la determinación, la libertad, la que mide la dignidad de un pueblo, la que no puede contarse por la cantidad de tierra en propiedad, sino por su voluntad de ser libre, aunque lo tenga todo en contra, aunque sus campos estén yermos y sus manos vacías, quienes no cambian por una cosecha más abundante, por un poco de pan a cambio de obediencia, quienes eligen caminar con la cabeza alta.

   Era hijo de Favila, hombre recio y leal de noble estirpe visigoda, no era inmigrante entre los poderosos, pero si roca en tiempos de derrumbe y eso vale más que cualquier corona para la monarquía visigoda. Antes del desastre, conservó el honor cuando muchos lo cambiaron por su vida o su patrimonio, enseñó que el deber no es una palabra, sino una conducta silenciosa, habló del valor sin soberbia, de la fe sin ostentación, de la muerte como algo que debe hallarnos de pie y nunca de rodillas. En su casa aprendió a montar, a luchar, a leer el rostro de los hombres y también a callar cuando el orgullo no sirve y la prudencia manda. En Covadonga, su voz estuvo con él y el día en que les cercaron los musulmanes, fue su memoria la que le sostuvo cuando todo parecía perdido. Quien piensa que era fuerte, es porque en los días en que resistió era más difícil que vencer su linaje y su nombre como hijo de Favila, reinaría tras su muerte, aunque por poco tiempo, aprendiendo que el destino no respeta la sangre, solo la virtud. Así, como hijo de un hombre justo, era más importante que ser hijo de un rey.

   Su hijo también se llamó Favila como su abuelo, nació en las tierras del norte en tiempos de lucha, cuando la espada dormía junto al lecho y la oración se alzaba entre los montes, fue criado entre el rumor de las batallas y el de los bosques y aunque no conoció el esplendor del reino visigodo, heredó el temple de quienes no nacen para servir, sino para sostener y cuando falleció don Pelayo, los hombres le proclamaron rey aún siendo joven por ser fuerte, buen cazador y formado en el rigor de las montañas. Tenía en sus venas la sangre que resistió en Covadonga y aunque el Reino de Asturias era pequeño, su deber era grande. La vida que en ocasiones otorga gloria con una mano, la quita con la otra y en su caso, le fue esquiva, murió pronto en un accidente mientras cazaba un oso según cuenta las crónicas y no cayó en la batalla, sino en el monte bajo la zarpa de una bestia, de tal desgracia y de forma simbólica, nos recuerda la tierra que hasta el más valiente puede ser vencido por lo inesperado. A la muerte de Favila de Asturias, fue necesario que Alfonso I de Asturias, el yerno de don Pelayo tomara el testigo de rey, no siguió adelante y el amargo recuerdo llevo a una tristeza por no haber visto gobernar con el tiempo que merecía Favila, pero fue la semilla de una dinastía a una tierra que si bien no era grande, fue parte del cimiento y así como don Pelayo no fue el primero en soñar con la libertad, él no fue el último en hacerlo.

   Don Pelayo organizó la rebelión en las montañas astures siendo elegido caudillo por los suyos, los que se negaron a someterse al dominio musulmán y de esta decisión, la de alzarse contra el mundo islámico, fue quizá la más honda y peligrosa que tomó en vida tras la caída del reino visigodo, cuando los soldados de la media luna se extendieron por las llanuras como agua desbordada mientras muchos huyeron, otros pactaron y no pocos se arrodillaron, pero en las montañas del norte, en los valles ocultos entre niebla y roca, aún habían hombres que no sabían obedecer sin razón y don Pelayo no llegó como rey ni como profeta, sino como uno más entre ellos. Recordando los días de reinado, no olvidó el dolor de las familias rotas y aunque algunos querían marchar, otros esconderse y muchos resignarse, algunos como él pensaban que una vida en obediencia, no era vida, sino sombra de ella, por lo que no fue necesario imponerse por fuerza, sino por convicción y animando a sus seguidores les dijo que no prometía victoria, solo la certeza de que morirían como hombres libres si les sobrevenía su hora y les recordó que nuestros padres, no criaron ganado, sino hombres y poco a poco, no le eligieron por su linaje, sino por la voluntad de organizar aquella resistencia que no fue armar a un ejército, más bien encender una llama en corazones cansados con pocas armas y casi sin oro.

   Eran pocos los cristianos, pero conocían cada sendero, cada torrente, cada rincón que podía ocultar una emboscada y sobre todo tenían memoria desde Cangas de Onís. Los primeros campamentos fueron un murmullo en la espesura, pero pronto llegaron más personas de Galicia, de León, de Cantabria y si bien no eran soldados, eran hombres que ya no querían esconderse y cuando los miles del sur supieron de ellos, enviaron un ejército de apoyo para impedir apagar aquella chispa y fue entonces cuando Covadonga se convirtió en nombre sagrado. Aquel día no ganaron una guerra, pero recuperaron la esperanza y el dominio musulmán, vasto y veloz, había encontrado una piedra en su zapato, la piedra del alma del norte y primer núcleo cristiano libre tras la invasión, un símbolo de esperanza y resistencia promotor del Reino de Asturias y aunque nunca fundó reino pensando en gloria, lo hizo en supervivencia con dignidad y cuando los días del viejo orden se apagaron, muchos creyeron que Hispania era ya cosa del pasado porque los palacios visigodos estaban en ruinas, las iglesias ardían y las leyes que regían se deshacían como ceniza, en el norte, en aquellas montañas donde los hombres hablaban poco y resistían mucho, la fe no se rindió y el alma no se vendió, allí nació lo que hoy se llama el Reino de Asturias y no con un decreto, ni con aplausos, sino con decisiones diarias, con cosechas compartidas, con espadas desgastadas por el uso y rodillas dobladas ante Dios y no ante el invasor.

   Al tiempo no había corte, ni oro, ni ejércitos vistosos, solo una pequeña comunidad libre unida y no por fuerza, sino por el vigor que nace de la ausencia del miedo que no está muerto en quien lucha por vivir con honra para ser símbolo desinteresado, sin ambición, pero que el tiempo regala a los actos un brillo que nadie ve mientras los vive, concediendo al Reino de Asturias un paro en la oscuridad con aquella luz que favoreció surgir otros reinos de León, Castilla, Navarra y Aragón, causantes de una satisfacción serena que como quien siembra sabiendo que no verá la cosecha inmediata, confía en que llegará a su tiempo.

   La sociedad actual del siglo XXI no comprende que todo lo que tiene y disfruta, empezó allí entre niebla y sangre con personas que eligieron el dolor antes que la servidumbre y sin ser grandes, hicieron lo que debían sin pensar en fundar un imperio, pero impidiendo que ni la fe ni la tierra fuera borrada y se inició una dinastía que más tarde sería germen de la unidad de los reinos cristianos peninsulares y que sirve hoy para despertar memoria y reflexión de aquello que comenzó como un refugio armado entre riscos y abedules, se convirtió en semilla de una dinastía cuando solo se pretendía proteger a los cristianos y sostener la fe que daba la forma de ser y cuando el deber se cumple, confirma con firmeza el paso del tiempo que a su vez se encarga de hacer el resto.

   Tras la muerte de don Pelayo, reinaron su hijo Fabila por poco tiempo y luego su yerno Alfonso que trajo sangre visigoda por su madre y saber por su formación, fue él quien dio impronta de reino consolidando su estructura y acercándolo a lo que significa Gobierno. Alfonso extendió las fronteras, repobló las tierras abandonadas y transformó la resistencia al iniciar la construcción de lo que con el paso de los siglos será llamado el Reino de Asturias y que dio paso al de León y luego con el esfuerzo de todos surgieron Castilla, Navarra y Aragón, con su carácter, con sus luces y sus luchas, en ocasiones aliados, a veces enfrentados, pero todos hijos de una misma herida y de un mismo despertar y aunque la unidad tardó siglos de forjarse con los Reyes Católicos y empresas aún mayores en Hispanoamérica, todo comenzó con un acto de negación, de negarse a morir como esclavos, un primer ladrillo asiento del respeto, una mezcla de humildad y serenidad, solo el primero en una larga cadena de hombres y mujeres que con errores y aciertos tejieron lo que hoy es España pero que sin aquel paso dado en Covadonga, tal vez todo lo demás no hubiera sido posible.

   Don Pelayo nunca aspiró a ser recordado por coronas ni conquistas, sino por haber elegido luchar cuando otros callaban y si esa lucha se convirtió en historia y a su vez en linaje, así será el de quieres ahora saben afrontar el presente con la pérdida del sentido de Patria en muchas personas actuales sin raíz ni relato, sin pertenencia más allá de la propia piel o del instante que viven hablando mucho de los derechos, de la libertad personal, de las señas de identidad, pero nada del deber, de comunidad, de herencia, como si todo comenzase con ellos y nada antes tuviera valor. La Patria no es un trozo de tierra, ni una bandera pintada en tela, es el conjunto de muertos que hicieron posible a los vivos con quienes compartimos destino y los que vendrán después, esperando que no los traicionemos, porque cuando un ciudadano pierde el sentido de Patria, lo que ha perdido no es un mapa, sino un espejo donde ver su lugar en el mundo quedando huérfano de historia y de propósito y el que no sabe de donde viene, se vuelve fácil de manipular, enfrentar y arrastrar y aunque los tiempos cambian y la palabra Patria ha sido usada por tiranos y falsos profetas, el abuso de una palabra no borra su verdad llegando ha confundir Patria con imposición, pero la verdadera Patria, no impone convocar, no obliga, solo llama a cuidar lo recibido y entregarlo mejorado y si hoy las personas no sienten Patria, tal vez no sea totalmente culpa suya, porque quizá no se les ha mostrado con belleza, con sentido, con verdad y se les confunde hablando de un pasado manchado, pero no se cuenta que también hubo luz, sacrificio, poesía, ciencia, virtud, esperanza, ya que a la juventud no hay que exigirle aceptar un relato para que merezca ser amado cuando se enseña que su tierra es solo una suma de errores para que no la amen nada, mas si se muestra que esa tierra fue construida con sangre y también con alma, con ideales, con arte y coraje, quizá entonces despierte, porque al final, el corazón humano necesita algo más grande que uno mismo para entregarse y la Patria bien entendida, no ser el lugar de pelea, sino como el trabajo cotidiano bien realizado en el propio oficio elegido.

   La fe y la religión, como las aguas que no hacen ruido, ha sido impuesta de sus centros sagrados y transformada en una costumbre sin fuego o en un objeto de burla, las iglesias están vacías, las campanas ya no suenan para nadie, los altares ante los que ya no se arrodillan los corazones es porque se ha confundido religión con superstición y otros, la han abandonado como si fuera un abrigo viejo desgastado que ya no abriga ni representa a nadie y sin embargo, la necesidad del alma no ha desaparecido, solo ha cambiado de ropaje y donde antes se encendía una vela a Dios, hoy se enciende una pantalla de televisión o del telefonillo móvil, donde antes se buscaba consuelo en la oración, hoy se busca ruido que no es música en el cuerpo, aunque el vacío, cuando no se llena de lo alto, se llena de hueco. Hace tan solo 1300 años en vida de don Pelayo, la fe no era una opción más entre muchas, sino el aliento mismo que daba sentido al dolor, a la lucha y a la muerte, nadie era santo, pero todos sabían que la espada era violencia y la corona, soberbia, lo sagrado estaba presente en la vida diaria, en el campo, en la batalla, en el nacimiento, en el último suspiro, no pensemos en teologías complejas y en rituales vacíos, pensemos en la certeza profunda de que no estamos solos, de que hay algo por encima del hombre que nos llama ser más humildes y que hoy, muchas personas creen haber dejado atrás a Dios como quien se quita un peso del alma y lo que realmente han hecho es romper el vínculo con lo eterno y quedarse en lo inmediato, en lo último, en lo material y un pueblo sin trascendencia, es como un árbol sin cielo que puede seguir creciendo pero torcido, buscando luz donde no la hay, no obstante, siempre habrá destellos de jóvenes que se vuelcan en la oración con sencillez, personas que buscan con honestidad y tal vez sin saberlo, anhelan el demorar lo divino, porque la fe verdadera, cuando se pierde, no muere, solo duerme esperando a que alguien la despierte con esperanza.

   El sistema político actual es un laberinto sin centro, con sus comunidades, parlamentos, partidos, escaños y diputados con falta de virtud entre los que manejan la llamada democracia en la que el poder no comparte el equilibrio entre criterios diferentes, sino por un sistema habitado por almas corrompidas, lo que convierte la nación en una casa gobernada por políticos que mienten sin pudor y pactan con quienes desean la ruina de la Patria, no se puede llamar libertad a la fragmentación y progreso a la pérdida de raíces en aras del bien común, porque de la observación, no se atisba guía de verdad, sino apariencia y lo más triste es que muchos ciudadanos han dejado de esperar virtud en sus gobernantes, como si la política fuera por naturaleza sucia e inevitablemente traicionera y cuando el pueblo se resigna al cinismo, la decadencia se convierte en costumbre para ver como se fomenta la división entre hermanos enfrentando regiones contra regiones, lenguas contra lenguas y generaciones peleadas, se legisla para desunir, para contentar a grupos ruidosos a costa del conjunto resquebrajado, de ahí que la sociedad debe ser rescatada alzándose hombres y mujeres con coraje, con vocación de servicio, con amor por su tierra, su trabajo y por la verdad, no hace falta que sean muchos, pero sí que sean firmes, no precisan constituciones ni parlamentos, solo sabiendo que el mando sin justicia es tiranía y que la ley sin alma, es cadena, tenemos leyes incluso absurdas pero falta lo que no puede escribirse en un papel, el amor y el temor a la deshonra.

   La diversidad cultural y la inmigración ilegal de indocumentados, vista desde una perspectiva medieval y con la misma franqueza con la que don Pelayo empuñaría una espada o estrecharía la mano de un hombre justo, no es un mal para el país de acogida siempre que no pretenda borrar lo que ya existe, sino enriquecerlo desde el respeto. La antigua Hispania era tierra de mezcla, con hispanorromanos, suevos, vándalos, alanos, godos, visigodos, cántabros, vascones, no era un solo pueblo, pero compartían todos algo más fuerte y grande que la sangre, una idea común de lo sagrado, una lengua que tejía un modo de vivir en la tierra que daba nombre a la península Ibérica cuando cuatro musulmanes del Rift vinieron a ocuparla, la diferencia no fue solo cultural, sino religiosa, política y civilizatoria, porque no vinieron como huéspedes, sino como conquistadores y por ello, don Pelayo no se alzó por desprecio a su cultura, sino por amor a la suya, porque nadie tiene derecho a imponerse sobre otro pueblo con la espada y la sumisión y actualmente, muchos de los que vienen a España lo hacen con intención de dominar, no de buscar pan, cobijo, futuro y tal actitud es reprochable y preocupa claramente cuando la llegada se produce sin orden, sin asimilación, sin gratitud, sin deseo de compartir el alma de la tierra que les acoge, porque un pueblo que acoge sin condiciones claras, acaba por disolver su propia hospitalidad, la diversidad es posible solo cuando hay un tronco común fuerte, una cultura madre que se respeta y se enseña, ya que de lo contrario, cada grupo trae su ley, su lengua, su costumbre y el país de acogida ya no es casa de todos, sino mercado donde nadie se conoce y todo se tolera con recelo, en la antigua Hispania la lealtad era todo lo exigible y si un extranjero deseaba vivir entre nosotros con sus vecinos, debía honrar las leyes, aprender su lengua, proteger sus iglesias, respetar las tumbas y entonces era uno más, pero si llega a España quien desprecia lo que somos, se encierra en sí mismo y exige que los españoles cambiemos para acomodarle, entonces no es amigo, es un extraño que se ha sentado en nuestra mesa sin preguntar y ser invitado, porque cuando un pueblo fuerte acoge un pueblo débil a cambio de nada, se disuelve y el pueblo sabio se pierde.

   En tiempos de don Pelayo el hombre y la mujer tenían roles distintos, pero no eran por desprecio, ni por imposición, sino por naturaleza, por necesidad, por el modo en que se tejía la vida cotidiana, el hombre estaba llamado a guerrear, a cultivar, a proteger, a cargar con el peso exterior del mundo y la mujer por su parte, sostenía el interior la casa, la crianza, la transmisión de la fe, la ternura, la templanza, no eran funciones menores ni intercambiables y en consecuencia, con mujeres fuertes, los reinos caían sin hombres valientes. Gaudiosa, la esposa de don Pelayo no empuñaba espada, pero su palabra era ley en la casa y su juicio le salvó en más de una ocasión de la ira del error, era prudente, firme, sabia, no buscaba mandar, pero gobernaba sin alzar la voz, su fortaleza era distinta a la de su marido pero igual de necesaria, en cambio, actualmente mucho ha ganado la mujer y pueden aprender, decidir trabajar, hablar sin miedo, lo que en sí mismo es justo y ya que una mujer no debe ser callada y relegada, es el avance de la civilización, el anhelo por la búsqueda de igualdad, pero se ha confundido a muchas personas y algunos creen que para ser libres tanto hombres como mujeres, deben ser idénticos, intercambiables y eso no es libertad, es negación de la diferencia y el problema no es que la mujer haya salido de casa para trabajar por un salario, el problema es que el hombre ha abandonado la responsabilidad que le era propia y muchos vagan sin saber quienes son, qué debe proteger y ahí nacen mujeres cansadas de cargar con todo y hombres desorientados o dominadores sin honra, o dóciles sin alma, la armonía se ha roto no porque ellas hayan crecido, sino porque ellos han dejado de sostener la visión del hombre y mujer distintos por forma, por alma, por vocación, pero iguales en dignidad y ambos necesarios para que el mundo sea algo más que confrontación, para que cada uno encuentre su lugar, no por mandato, sino por amor, entonces nace la concordia y de la concordia, un reino.

   Muchos españoles que nunca leyeron, reniegan de su historia o la ven con vergüenza y esa herida es quizá la más profunda de todas, la de quien reniega de su sangre y escupe sobre la tumba de sus antepasados sin saber siquiera quienes fueron y por qué lucharon, la historia no es adorno, ni estorbo, es herencia viva como el escudo, anagrama o legado que se pasa de padre a hijo, podrá estar mellado, podría incluso pesar, pero renunciar a ella es lo mismo que desarmarse antes del combate. Ahora muchos españoles que se avergüenzan de su pasado, como si los errores cometidos fueran más importantes que las gestas logradas, como si lo único digno fuera pedir perdón, inclinar la cabeza y destruir estatuas, libros y memorias, eso no es humildad, es amnesia voluntaria y la amnesia, es siempre aliada del que quiere conquistar al que olvida su historia y aunque todo pueblo tenga luces y sombras, son sombras que no anulan la luz, ni el pasado para que unos pidan el sacrificio de los predecesores por enseñar que la conquista fue solo abuso.

   La Cruz no fue solo opresión, el imperio no fue solo codicia, no se debe enseñar una mentira porque también hubo comunión, ciencia, mestizaje, leyes, arquitectura, lengua, música, alma y todo es parte de lo que somos aunque se niegue. A quien se avergüence de ser español, habría que preguntarle si conoce a sus muertos, si sabe que hizo su bisabuelo, como vivió su tatarabuela, como se defendió su familia cuando llegaron los bárbaros o cuando construyeron las murallas, cuando no había más futuro que resistir, no se trata de presumir de nuestra historia para ser idolatrada, pero tampoco para ser pisoteada, necesitamos sea comprendida, asumida y continuada con dignidad, porque quién no habla de su pasado, no construye su porvenir, lo imita sin saberlo, o lo entrega a otros que les han convencido para que recordar sea peligroso, aunque lo peligroso es olvidar.

   A un líder político moderno, don Pelayo le aclararía que no es un mero gestor de intereses o malabarista de votos, debería atender una advertencia que encierra sabiduría y le diría que gobierna sobre personas, no sobre cifras, que tus decisiones afectan a familias con alma, no estadísticas que hereda un pueblo, no se trata de una empresa con clientes y antes de cada decisión, debería escucha más a los ancianos con experiencia que a los aduladores, debería rodearse de quienes le contradigan con verdad, no de quien le aplauda con interés y le recordaría que quien gobierna para su partido político y no para su pueblo, ya ha perdido la dignidad del cargo, que quien miente sin sonrojo, aunque gane elecciones, pierde la legitimidad moral y que quien divide para mantenerse en el poder, será olvidado por todos cuando caiga, le gustaría que mirase los campos, los pueblos, los libros antiguos, los monumentos, las madres, los soldados y en el descanso, pregunte a su conciencia si su nombre merece ser escrito junto a los que defendieron el bien común, porque el buen líder, no es el que vence, sino el que sirve, no es el que manda, sino el que se sacrifica, no es el que adorna su imagen, sino el que cuida las raíces de su pueblo, aunque no se vea y si no es capaz de conseguirlo, mejor dimita y deje paso a otra persona más capacitada, porque no hay mayor traición que ocupar el lugar del deber sin estar dispuesto a vivirlo.

   Cuando se olía sangre, la roca de Covadonga habría respondido con recelo o quizá con desconfianza, porque los hombres que ven a su pueblo arder, no olvidan con facilidad a quienes trajeron el fuego, pero el tiempo no solo envejece a las personas, también templa el juicio y si la enemistad no es eterna, la memoria debería serlo. Si los antiguos enemigos viven ahora como vecinos, en principio no vemos en ellos mismos motivo de alarma cuando vienen con espíritu de paz, cuando se acepta la tierra que pisan y respetan el modo de vida que se ha construido con siglos de esfuerzo y sacrificio para ser una comunidad que no se mantiene solo con leyes y contratos, se sostiene con confianza, con una lengua compartida, con símbolos comunes, con lealtad profunda, si aquellos que fueron enemigos ayer, vienen hoy a vivir con nosotros y no quieren ser de los nuestros, si desean los frutos sin las raíces, si exigen sin agradecer, si ocupan sin integrar, entonces no son vecinos, son huéspedes que no han entendido donde están y no se trata de renunciar a sus recuerdos, solo que abracen los nuestros si quieren formar parte del cuerpo común. No puede aceptarse que el miedo por ser llamado intolerante, haga que un pueblo traicione su propia identidad por cobardía disfrazada de apertura, la hospitalidad es virtud, la ingenuidad no, el perdón es grandeza, el olvido sin condiciones, no lo es, de ahí que si el que fue enemigo ayer, vive hoy entre nosotros con honestidad, trabajando codo con codo, criando hijos que hablan nuestra lengua, que rezan en paz, que respetan las leyes y honran nuestra historia, entonces ya no es enemigo, es uno más de los nuestros, pero si alberga algún fondo oculto, desprecia, odia o quiere cambiar desde dentro del sistema establecido, el peligro no está fuera, está en nuestra propia casa.

   La virtud eterna de todo pueblo libre nace de la verdad, es como dar agua al sediento porque un pueblo no se mantiene por las murallas, ni por la riqueza, sino por las virtudes que cultiva generación tras generación como si fuera fuego sagrado que no debe apagarse, son las virtudes eternas de todo pueblo que quiera abrazar con honor ya que sin honor, no hay firmeza y el que no cumple su palabra, el que traiciona por beneficio, el que se esconde en la mentira para evitar el castigo, no es libre y aunque no tenga cadenas, el honor no se compra ni se hereda, se elige cada día con valentía de no huir cuando el combate es inevitable, la libertad exige coraje porque siempre habrá quien quiera arrebatarla, en ocasiones con violencia, otras con promesas suaves y el que teme al conflicto, es esclavo sin saberlo. La lealtad a los tuyos, a la tierra, a las raíces, a la verdad, es imprescindible, porque sin lealtad, el pueblo se descompone, cada cual busca lo suyo y se rompe la unidad. Un pueblo dividido, no necesita enemigos, se vence a sí mismo, es el origen del fin, puesto que algo más grande que uno mismo es la Patria. La justicia sin dignidad humana y sin fe, seca el alma y el pueblo se convierte en masa, la templanza del pueblo libre no se entrega al exceso, sabe contenerse, no se deja gobernar por el odio, ni por la codicia, ni por la soberbia, la templanza es el arte de dominarse a uno mismo para no ser dominado por otros. La memoria es para no olvidar, es poder recordar, es resistir, un pueblo que conoce su historia con sus errores y sus glorias, camina con la frente alta y el juicio firme, la memoria es la raíz que impide que el árbol sea arrancado y sin la justicia no hay libertad verdadera, pero no la justicia que favorece al poderoso o a quien más grita, sino la que da a cada cual lo que merece sin mirar su rostro en su partido político, son las virtudes vividas no en las palabras, sino en los hechos que hacen de un pueblo algo más que una multitud para convertirlo en una comunidad con alma, con destino, con coraje para vivir sin arrodillarse y donde esto se halle, aparece un auténtico descubrimiento social.

   Al encontrar oídos que escuchan con el alma, se despiertan preguntas por el honor que no es una prenda que se lleva puesta, ni un decoro externo, es el modo en que uno se mira a sí mismo cuando no hay testigos, es el nombre verdadero que todos llevamos en lo más hondo de nuestro ser, más allá de títulos, fortuna o fama. El honor es ley no escrita defendida con la vida, un hombre sin él, no podrá sostener la mirada de su comunidad, ni la de sus hijos, ni la de su Dios, no se trata de perfección, sino de rectitud, hacer lo que es justo aunque nos cueste, no mentir cuando la mentira es fácil, no traicionar aunque la traición me beneficie y para conservar el honor en una sociedad como la nuestra, donde muchas veces la imagen importa más que la verdad, donde el ruido eclipsa la coherencia, donde se aplaude al que vence aunque sea indigno, viviendo según dudosos principios y según modas cuando el honor se alimenta de coherencia y si algo se defiende sin estridencias, sin claudicar, sin cambiar de postura porque cambia el viento, cumpliendo la palabra dada aunque nos cueste, aunque nadie te obligue en un mundo de contratos y trampas, la palabra honrada vale más que un millón de firmas, protegiendo al débil sin esperar recompensa, ya que cuando solo se sirve porque los demás miran, no se tiene honor, se tiene vanidad, puesto que quien ampara sin testigos es innoble y no vendiendo la conciencia, ni por poder, ni por dinero, ni por miedo, es el honor, lo que exige llegado el momento para saber decir no, aunque lo perdamos todo y con respecto a los enemigos, el que humilla innecesariamente, el que se burla del caído, pierde la altura de su espíritu aunque conserve la victoria y sobre todo, al mirar a los tuyos con los ojos limpios, un padre con honor cría hijos con futuro, una madre con honor, sostiene generaciones, un joven con honor, puede transformar una nación entera con un solo gesto de firmeza. En la sociedad moderna, el honor es posible, solo se necesita valor interior sin alarde y amor por la verdad sin dueños y cuando eso sucede, la sociedad deja de ser un enjambre y vuelve a ser un pueblo.

   El diálogo cuando es noble, es un combate sin herida porque la verdad es tan buena como una siembra en la estación correcta, el diálogo, cuando nace del respeto y busca la verdad nos quita la soledad, nos hace más enteros, más humanos y me permito recordar el finalizar de la entrevista emitida en la cadena de televisión que empezó a emitir sus programas en el año 2005 porque anteriormente no existía, cuando el periodista entrevistador cuyo nombre no cito pidió disculpas por la distribución inesperada de imágenes que se grabaron afirmando que había sido un descuido televisivo que nadie debería haber escuchado, cuando accidentalmente se oye decir al Presidente del Gobierno de España el comentario: "Nos conviene que haya tensión. Voy a empezar a partir de este fin de semana a dramatizar un poco. Nos conviene mucho", lo que nos da una imagen de la poca integridad de nuestros elegidos y presagia lo que nos espera a los ciudadanos en la tercera década de presente siglo o hasta que la verdad destruya la hipocresía política de un comité de expertos que no puede esconderse con retórica porque siempre se precisa coherencia personal para mantener la permanencia.

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