Los Trastámara

por Julián Segarra Esbrí


   Se trata de una familia correspondiente a una dinastía que aparece en la historia de España desde el siglo XIII hasta el siglo XVI y sin ser longeva, será determinante para entender la actualidad española cuyos cimientos vienen de la dinastía de los Trastámara y al igual que otras familias, busca el poder desde la edad media a la edad moderna en una península Ibérica dividida en tres grandes territorios en los que la corona más extensa es la de Castilla y que a su vez es la unión de otros reinos como el Reino de León, el Reino de Murcia, el Reino de Jaén, el Reino de Córdoba, el Reino de Sevilla, con su virreyes e independientes de la Corona de Aragón, el Reino de Valencia, el Reino de Mallorca y los condados de Barcelona que entre todos aglutinaban el Reino de Aragón y se iban conformando al irse conquistando las tierras a los musulmanes, así como el Reino de Portugal que estuvo integrado después del siglo XVI.

   El condado de Trastámara ubicado tras el río Tambre o después del río Tambre (tras transtámaris o trastámara) allá en el Reino de Galicia visto desde Castilla, era un condado no hereditario de forma que el rey otorgaba el condado o el título nobiliario a una persona y cuando fallecía quien lo había recibido, el título volvía a la casa real y el rey lo volvía a conceder a otra persona hasta que el propio rey fallecía.

   El Conde de Trastámara es un personaje que aparece en el sur de la península Ibérica y recibe un condado que posiblemente nunca había pisado o al que no se acercó en su vida, para luego, asociarlo a la familia de los Traba en Galicia que era una familia muy poderosa del Reino de Galicia e intentó implicarse en diferentes monarquías tanto españolas como europeas y lo cierto es que en alguna lo consiguió, siendo además quienes introducen a los Templarios en Galicia y desde allí se expanden hacia el sur por Portugal.

   Al tiempo aparecen en la dinastía dos personajes, Pedro I de Castilla y León "el Cruel" y Enrique II de Castilla conocido como Enrique de Trastámara "el Fratricida" o "el de las Mercedes" que será el primero de la Casa de Trastámara conocido como Enrique II de Trastámara y nace la pelea entre los dos Pedros y no porque Enrique se llama Pedro, sino por el rey de la Corona de Aragón que por el enfrentamiento entre las dos coronas, se inicia una guerra civil entre Pedro y Enrique que, a su vez, arrastra a Pedro IV de Aragón al apoyar a Enrique II, de ahí, la denominación de la guerra de los dos Pedros. El origen de la confrontación es el heredero legal a la Corona de Castilla que en principio es don Pedro de Borgoña o Pedro I "el Cruel".

   El causante de la disputa por la sucesión es Alfonso XI de Castilla bisnieto de Alfonso X "el Sabio" y padre de ambos que, siendo el caballero por excelencia y que además de guerrear contra los moros, era un poderoso monarca que gobernaba Castilla en el siglo XIV pero no ocultaba sus preferencias, se casó en un primer matrimonio no consumado y posteriormente anulado con Constanza Manuel de Villena, hija de don Juan Manuel de Villena y el 24 de junio de 1328 en Alfayates (Portugal) se casó con su prima hermana María de Portugal, hija de Alfonso IV de Portugal y de la infanta Beatriz de Castilla pero aunque estaba casado oficialmente con María de Portugal de la que tuvo dos hijos, su corazón y buena parte del poder real estaban volcados en otra mujer llamada Leonor de Guzmán, una noble andaluza sevillana que conoció después de una campaña militar en Olvera un año antes de casarse con su prima María de Portugal infanta de Portugal e hija primogénita de los reyes de Portugal a quien la aparta con su hijo pequeñito Pedro reteniéndolos en el monasterio de San Clemente (Sevilla) construido por Fernando III "el Santo" para la Orden del Cister, mientras se entiende con Leonor de Guzmán con quien formará una familia aparte y de este escándalo familiar con Leonor de Guzmán, tuvo diez hijos.

   La Leonor era hija de Pedro Núñez de Guzmán de la familia de Guzmán "el Bueno" y de Juana Ponce de León, que estaba casada con Juan de Velasco y era una mujer alegre y al parecer muy hermosa, a la que el rey Alfonso XI conoce en 1327 y se enamora, convive con ella y le da el rango de reina y para que sus hijos sobrevivan, les concede a cada uno de ellos un señorío y a Enrique, le otorga el señorío del condado de Trastámara con lo que disfruta del mismo siendo su fuente de ingresos económicos gracias a los impuestos o las rentas que le permitían no precisar ir a trabajar porque era hijo del rey aún siendo bastardo. Con el condado de Trastámara la vida sigue tan normal hasta que en el siglo XIV, unas ratas de Asia, transmiten la peste y sacude con tremenda virulencia algunas zonas de la península Ibérica, con lo que la peste acaba con la vida de Alfonso XI y el hijo legal Pedro nacido el día 30 de agosto de 1334, reclama el trono por ser el hijo legalmente de su madre María de Portugal esposa legítima del rey Alfonso XI, con lo que aparta y se venga con la madrastra y los hermanastros al igual que habían hecho con ellos su padre Alfonso XI, quedando Leonor de Guzmán y los hijos fruto del amor verdadero de rey Alfonso XI, desatendidos, pero como la esposa María de Portugal, hija del rey Alfonso IV de Portugal, quiere vengarse porque había estado encerrada junto a su hijo Pedro I abandonados en el monasterio de San Clemente y tratados como pobres, se inicia una persecución constante a cualquier movimiento de la familia bastarda hasta que logra acabar con la vida de Leonor de Guzmán.

   De los hijos de Alfonso XI con Leonor de Guzmán, Enrique será al que más tarde se conocería como Enrique de Trastámara y aquí nace un problema evidente, ya que Leonor de Guzmán no era reina y por ello, sus hijos eran ilegítimos, pero Alfonso XI no disimulaba y los colmaba de favores, tierras y títulos, algo que humillaba públicamente a la reina legítima María de Portugal y a su hijo del príncipe Pedro y al morir Alfonso XI en 1350 víctima de la peste negra, la tensión que llevaba años acumulándose, estalló con Pedro I de Castilla como nuevo Rey de Castilla quien tomó una decisión que marcaría la historia de la península Ibérica al mandar encarcelar en la prisión de Talavera de la Reina y en la primavera de 1351, ejecutar sin juicio a la amante de su padre Leonor de Guzmán y este crimen, provocó una ruptura definitiva entre Pedro I y sus medios hermanos, puesto que lejos de ser solo un acto de venganza personal, fue un mensaje bien claro de que Pedro I estaba decidido a eliminar cualquier rastro del poder que su padre había dejado a los hijos ilegítimos con Leonor de Guzmán.

   Enrique el conde de Trastámara, el tercero de los hijos de Leonor, no olvidaría jamás lo que le hicieron a su madre y a partir de ese momento, la enemistad fue abierta y evidente con Pedro I, que pasaría a la historia con dos apodos muy distintos, “el Justiciero” para sus partidarios y “el Cruel” para sus enemigos. Gobernó con mano firme, en realidad, con mano de hierro ya que no toleraba ninguna oposición. Mando ejecutar a nobles que consideraba desleales, rompió alianzas, persiguió enemigos internos y poco a poco convirtió su Corte en un lugar de desconfianza y miedo. Entre los episodios más lamentables de su reinado, ocurrió en 1358, cuando quitó la vida ejecutando a su medio hermano Fadrique Alfonso de Castilla, Maestre de la Orden de Santiago y señor de Haro, invitándolo al Palacio de Sevilla con la promesa de una reconciliación y lo que ocurrió fue todo lo contrario. Pedro I ordenó que lo mataran allí mismo y le destrozaron el cráneo con una maza y el propio Pedro I remató a su medio hermano con un puñal cuando vio que todavía respiraba para después sentarse tranquilamente a cenar junto al cadáver de su hermanastro, por lo que esa escena explica el por qué tanta gente lo temía y el por qué tantos empezaron a conspirar en su contra. Enrique, que era el hermano gemelo de Fadrique Alfonso, huyó tras esa ejecución porque sabía que él sería el siguiente y se refugió en la frontera, buscó aliados y empezó a tramar lo que terminaría siendo una guerra civil. En ese momento solo era un bastardo con sed de venganza, pero en unos años, se convertiría en rey, porque no se trataba de una simple pelea entre hermanastros, fue una lucha por el poder que dividió al Reino de Castilla e involucró a nobles y a Reyes extranjeros y que terminó con una dinastía entera por los suelos, pero antes de llegar a esta situación, hay que entender la muerte posterior del infante de Aragón don Juan de Aragón y Castilla, hijo del segundo matrimonio de Alfonso IV de Aragón con la infanta Leonor de Castilla el día 12 de junio de 1358 cuando el rey Pedro I lo asesinó a mazazos en su cámara y tiró el cadáver por la ventana.

   Aunque los Trastámara no nacieron para reinar, tuvieron que abrirse paso a cuchilladas en una Edad Media llena de violencia, ansiedad por el dinero y avidez de sangre y la respuesta de Enrique II es de una intensidad exacerbada contra el hermanastro Pedro I y busca apoyos, logra atraerse a la nobleza más poderosa, especialmente del norte de la Corona de Castilla y se crea un bando, pero al lado de Enrique II está la pequeña nobleza y la burguesía incipiente, sobre todo entorno a Sevilla con el comercio y se produce la gran guerra fratricida que se conoce como la guerra entre hermanos de sangre paterna al ser hermanastros por parte materna. Parece que Pedro I "el Cruel" va ganando todas las batallas, una tras otra y Enrique II pierde y huye hasta Francia para refugiarse, pero lo hace por Aragón que se hace su aliado y como no es suficiente, Enrique II tiene que ir hasta Francia para buscar ayuda del Rey de Francia y de las tropas francesas. Con los apoyos disponibles, Enrique II vuelve a obcecarse y Pedro I vuelve a derrotarlo, pero regresa otra vez por Aragón, llega de nuevo a Francia y pide nuevo ejército que lo favorezca teniendo como valedor a Pedro Martínez de Luna que le ampara y está al lado de Enrique II en todas las batallas junto con su hermano Juan Martínez de Luna.

   Esta dinastía que desde su origen estaba marcada por la violencia familiar, tienen una maldición simbólica que la acompañaría generación tras generación. La sangre del hermano asesinado y la guerra civil castellana que no será una guerra más, fue una historia de traición, odio entre hermanastros y alianzas cambiantes que desangraron al Reino de Castilla durante más de una década. Enrique de Trastámara convertido ya en símbolo de la oposición al rey Pedro I, consiguió lo que parecía imposible, reunir a su alrededor a una coalición de nobles enemigos del monarca además de Reyes extranjeros, entre ellos Pedro IV de Aragón, que veía la ocasión perfecta para debilitar a su vecino castellano. La Corona de Aragón aportó tropas, dinero y logística a Enrique que mientras tanto, fue reclutando mercenarios franceses al mando de Bertrand Du Guesclín, un comandante francés temido por su atroz eficacia. Así se formó un ejército dispuesto a desafiar al rey más temido, el rey de Castilla. En 1366 Enrique II cruzó la frontera y entró en Castilla al frente de sus tropas para ser proclamado rey en Calahorra por sus seguidores y Pedro I, completamente sorprendido por la rapidez del avance enemigo, huyó y aunque por un momento pareció que Enrique II había ganado sin disparar una sola flecha, la guerra no había hecho más que empezar, ya que Pedro I no se resignó, se fue a Inglaterra y allí logró el cambio del curso de los acontecimientos al sellar una alianza con Inglaterra en el marco más amplio de la guerra de los 100 años entre Inglaterra y Francia que en esos momentos eran enemigos mortales y como Enrique II tenía el apoyo de los franceses y Pedro I se alió con los ingleses, entró en escena Eduardo Woodstock "el Príncipe Negro", hijo del Rey Eduardo III de Inglaterra quien aceptó ayudar a Pedro I a cambio de dinero y privilegios futuros y el día 3 de abril de 1367 los ejércitos se encontraron en la batalla de Nájera que fue una salvaje carnicería y los ingleses aplastaron al ejército de Enrique II quien tuvo que huir disfrazado de escudero. Pedro I recuperó temporalmente el trono, pero pagó un altísimo precio ya que no solo había comprometido las arcas del Reino de Castilla para pagar a sus aliados ingleses, sino que además volvió a mostrar su cara más oscura tras la victoria y los nobles capturados que habían combatido del lado de Enrique II fueron llevados ante Pedro I y en lugar de hacerlos prisioneros por enemigos, los asesinó a puñaladas delante de todos. Este gesto innecesario, fue repugnante y selló su destino, ya que el Príncipe Negro, indignado por lo presenciado, rompió la alianza y no quería seguir ayudando a un hombre que mataba con tanta frialdad, siendo el principio del fin para Pedro I que, sin el apoyo inglés, rodeado de enemigos y con la figura de Enrique II creciendo entre los nobles descontentos, la balanza comenzó a inclinarse y Enrique II con sus fuerzas castellanas y con más tropas francesas gracias a la intervención de Pedro Martínez de Luna, Benedicto XIII "el Papa Luna", quien le abre la Corte francesa y la Corte Papal, recoge todo un ejército de mercenarios para enfrentarse a Pedro I en el norte, un ejército que va entrando por Nájera (La Rioja) y Burgos anteriormente derrotado dos veces, se desplaza a Toledo, sitia Toledo y en Toledo, aparece una mujer fundamental, Juana Manuel de Villena quien se encarga del sitio de Toledo, Enrique II sigue persiguiendo a Pedro I que había sido abandonado por el Príncipe Negro que mandaba las tropas mercenarias que venían desde Inglaterra, pero como Pedro I no pagaba, el amigo inglés se va con los suyos, con los mercenarios y si bien no huye, se marcha con sus tropas y en 1369, Enrique II cercó a Pedro I en el castillo de la Estrella en Montiel (Ciudad Real), quien acorralado y sin escapatoria propició una de las escenas más turbias y dramáticas de toda la historia medieval castellana cuando en su desesperación, Pedro I intentó sobornar a Bertrand Du Guesclín, el comandante francés que ahora combatía aliado de Enrique II ofreciéndole oro, tierras, lo que quisiera y Bertrand Du Guesclín fingió aceptar, pero en realidad preparó una trampa esa misma noche. Pedro I salió del castillo de la Estrella en Montiel para encontrarse con el comandante francés y escapar, pero en la tienda convenida, no encontró a un aliado, sino a su hermanastro Enrique y lo ocurrido será narrado por varios cronistas que todos coinciden en lo mismo. Se enzarzó una pelea cuerpo a cuerpo, sucia y sin caballerosidad entre lo dos hombres que se odiaban a muerte con el alma. Al principio Enrique II no lo reconoció, pero cuando alguien de los presentes gritó, ¡este es tu enemigo!, Pedro I lo confirmó gritando, ¡soy yo!, entonces se lanzaron el uno contra el otro y aunque Pedro era más corpulento que Enrique, durante unos instantes pareció tener ventaja, pero se dice que Bertrand Du Guesclín, intervino para empujar a Pedro y Enrique aprovechó para apuñalar a su hermanastro en el estómago. La sangre de Pedro I manchó la tienda y cayó al suelo y Enrique II lo remató allí mismo. Luego decapitaron el cuerpo y la cabeza de Pedro fue exhibida como trofeo en la punta de una lanza y como necesitaba acreditar su poderío, la cabeza cortada y pinchada en la lanza, la encajó en la muralla como bandera y no quedando satisfecho, manda a dos de sus soldados a recoger la lanza y pasearla por toda Castilla para que queden todos enterados de que Pedro I ha muerto y además, toma el cuerpo de Pedro I, lo ata en unas tablas en aspas como en el martirio de San Andrés, para que sus súbditos vean que la cabeza estaba separada del cuerpo y por lo tanto, no pude pensar ni mandar y así acabó el reinado del último monarca de la dinastía de Borgoña en Castilla y nació el primero de los Trastámara, pero la historia no termina ahí, porque lo que debía ser una victoria, se convirtió para muchos en una maldición y el fratricidio, no fue visto como una simple muerte, sino el pecado que marcó a la dinastía desde su origen.

   La era de la dinastía de los Trastámara se inician con Enrique II, un hijo bastardo ya que no era hijo de la mujer oficial de Alfonso XI porque se había juntado con Leonor de Guzmán y si bien era noble, no era esposa legal de su padre. El Enrique II de Castilla se casa con Juana Manuel de Villena que es la hija de don Juan Manuel de Villena infante de Castilla y Blanca Núñez de Lara y en este caso, Juana Manuel de Villena tenía sangre real por parte del padre y de la madre y eso propiciaba que su sangre fuese legal para que se la trasladase a los hijos de Enrique II y por lo tanto, legalizaba la aspiración al trono, con lo que Enrique II consigue el trono por el matrimonio con Juana Manuel de Villena, de ahí que es Juana Manuel de Villena la que se hace reina de Castilla, pero Reina con todas sus consecuencias, es reina para comandar las tropas que siguen en Toledo, es reina para comandar las tropas que existían en la toma de Zamora, es reina para negociar con los nobles de Castilla el apoyo a su marido, es reina por su causa y aunque no la sea por su marido, es reina para negociar con Pedro Martínez de Luna el apoyo eclesiástico de Aviñón a su causa y es reina para instaurar la corona, siendo el aspecto principal al ser ella quien forja toda la dinastía tal y como la conocemos hoy en día.

   Juana Manuel de Villena se preocupa por la descendencia, está llena de las ideas que le había trasladado su padre el infante de Castilla don Juan Manuel de Villena, de que tenía derecho al trono y de que era la heredera legítima por línea de sangre y aparece después su hijo Juan I de Castilla y León, nieto de Juan Manuel de Villena y a este hijo Juan, nadie le critica en principio la legitimidad anterior, pero aparece quien en dos ocasiones le disputa el trono, lo que es fundamental en el desarrollo y la ralentización de lo que hoy conocemos como España que podría ver materializada la unión de los reinos peninsulares antes de los Reyes Católicos y que será el final apoteósico de todo este plan, pero como don Juan Manuel de Villena tiene una hija primogénita llamada Constanza Manuel de Villena que por genética debe ser reina e intentan casar con Pedro I "el Cruel" que la rechaza porque prefiere hacerse amigo de los franceses para casarse con Blanca de Borbón en 1353 y por despecho, aunque Blanca de Borbón también será rechazada por su esposo y después ser recluida en varios casillos, al final morirá envenenada, Constanza Manuel de Villena se casa con el rey Pedro I de Portugal y tiene un hijo llamado Fernando I de Portugal que es sobrino de Juana Manuel de Villena y por su matrimonio, también de Enrique II.

   Cuando Enrique II se proclamó rey de Castilla tras asesinar a su hermanastro Pedro I, no solo inauguró una nueva dinastía, también heredó un reino fracturado con las arcas vacías y la nobleza al acecho. Su primera prioridad fue asegurarse de que nadie más cuestionara su derecho al trono y para lograrlo, distribuyó recompensas a manos llenas entre aquellos que lo habían apoyado, de ahí su apodo “el de las Mercedes”. Tierras, títulos, rentas, cargos, todo fue negociable, pero ese precio por la fidelidad real pronto se convirtió en una deuda insostenible para Castilla que ya venía arrastrando las consecuencias de la guerra civil y empezó a mostrar señales de un profundo debilitamiento. Su reinado fue corto pero determinante y Enrique II intentó legitimar su poder no solo por la fuerza, sino también por la diplomacia, persiguió toda memoria favorable a Pedro I, manipuló las crónicas oficiales y se esforzó en proyectar la imagen de un monarca justo que había salvado al reino del despotismo, pero esta construcción propagandística no fue suficiente para borrar el hecho de que su linaje tenía origen en un crimen de sangre y la historia pareció no perdonarlo. A su muerte el día 29 de mayo de 1379 en Santo Domingo de la Calzada, el trono pasó a su hijo Juan I de Castilla y León, un rey joven más inclinado a la conciliación que a la confrontación, pero los problemas no tardaron en llegar desde Inglaterra con Juan de Gante, Duque de Lancaster y esposo de Constanza, hija de Pedro I que reclamaba el trono castellano en nombre de su esposa, con lo que la sombra de Pedro I “el Justiciero” seguía viva y con ella, la amenaza de que los Trastámara fueran expulsados del poder. Juan I trató de contener esa amenaza, en principio con la espada y después con la diplomacia a cambio de la paz y accedió a un pacto matrimonial que marcaría el futuro de la dinastía. En 1388 se acordó el matrimonio entre Enrique III, hijo de Juan I con su prima Catalina de Lancaster, hija de Constanza de Castilla y nieta de Pedro I de Castilla “el Cruel” en una ceremonia religiosa celebrada el día 17 de septiembre en la catedral de San Antolín de Palencia en una unión que no era solo política, sino que era simbólica porque juntaba las dos sangres enfrentadas por décadas, ya que el hijo de Enrique II que había asesinado a Pedro I, se casaba con la nieta de Pedro I y con ello, se buscaba cerrar la herida dinástica que había desgarrado a Castilla desde Montiel. Pero los matrimonios no borran las memorias y este pacto, aunque eficaz para frenar las reclamaciones externas, no trajo paz interna y Juan I murió de forma abrupta en 1390 en Alcalá de Henares (Madrid), a causa de una caída de su caballo, con lo que su muerte dejó al joven Enrique III como rey con tan solo once años de edad y de nuevo Castilla caía en una regencia y la fragilidad de la monarquía quedaba expuesta. La figura del nuevo rey Enrique III apodado “el Doliente” por su frágil salud, encarnaba esa contradicción constante de los Trastámara. Por un lado se buscaba proyectar poder y continuidad y por otro lado, la enfermedad, la juventud o la muerte temprana, siempre parecían obstaculizar su dominio. A pesar de su salud quebradiza, Enrique III mostró desde joven una sorprendente energía política, se rodeó de hombres competentes y trató de poner orden en un reino marcado por los desórdenes señoriales. Durante su breve pero intenso reinado, se enfrentó a los abusos de la nobleza, reformó algunos aspectos del Gobierno, fortaleció la figura del rey e incluso promovió expediciones hacia las islas Canarias dando los primeros pasos de lo que tiempo después sería la expansión ultramarina, pero su energía no fue suficiente para vencer su cuerpo enfermo y murió en 1406 con apenas veintisiete años de edad. Su muerte prematura fue otro golpe a una dinastía que para mantenerse, parecía depender siempre de lo excepcional y con Enrique III desaparecía una rara combinación, la de un Trastámara que era a la vez enérgico, culto y relativamente justo a quien sucedía un niño de poco más de un año, el futuro Juan II de Castilla nacido en Toro y futuro padre de Isabel I “la Católica” hermana de Enrique IV de Castilla y con él, volvía al eterno ciclo de regencias, ambiciones ajenas y debilidad institucional.

   Una de las características de esta dinastía es el matrimonio, primero con Juana Manuel de Villena, después con Leonor de Aragón, lo que supone una alianza con la corona de Aragón y después con Isabel de Portugal lo que supone un reintento por volver a unirse con Portugal y a consecuencia de varias guerras, Juan I pide ayuda inglesa a Juan de Gante que desembarca en Galicia, auxilia a Portugal y empieza a invadir Castilla apoyando a los portugueses, avanza hasta llegar a Palencia que los hombres están ausentes por defender a su rey y se había quedado solo unos ancianos, niños y todas las mujeres y aunque se preveía que era una conquista fácil y le permitía reponer fuerzas y avituallar sus tropas para atacar Segovia y Burgos, al acechar Palencia, las mujeres cierran las murallas, defienden la plaza y logran derrotar a las tropas inglesas que por falta aprovisionamiento, no pueden restablecerse y por tanto, va a ser muy complicado vencer a Juan I si llegan a Burgos porque Juan I está en su tierra y puede renovar hombres y también restituir armas y de ahí que deben negociar pidiendo casar a su hija Catalina de Lancaster nieta de Pedro I "el Cruel" con Enrique III y une su sangre con al corona de Castilla y quién sabe si algún día gobierna, ya que Enrique III es un rey más bien débil, no tiene un reinado muy longevo, tampoco hace nada por expandir en los límites territoriales del Reino y que con su corto reinado, pasa Castilla a manos de su mujer Catalina quien se convierte en regente y reina hasta que su hija María de Castilla que también será reina en Aragón, pero aparece otra mujer que logra encaramarse a lo más alto del poder castellano, Leonor de Aragón hija del rey Pedro IV de Aragón y de su esposa Leonor de Sicilia, aunque se muere muy pronto en el castillo de Cuéllar (Segovia) en el transcurso de un parto el día 13 de agosto de 1382, pero le da tiempo a tener dos hijos que serán Fernando I de Aragón y Enrique III de Castilla.

   Leonor de Aragón había sido el gran amor de Juan I porque desde pequeñito se criaron juntos en la corte aragonesa bajo la supervisión de los Luna a los que tienen como padres y durante algún tiempo cuando Juana Manuel de Villena tiene que ir a negociar con los nobles de Castilla el apoyo a su marido Enrique II de Castilla a su causa, que es cuando Enrique II estaba en Francia buscando asistencia de los Reyes de Francia, fue cuando habían convivido durante la educación, en la crianza, en la preadolescencia, los momentos en los que se establecen lazos más allá de la amistad y se había convertido realmente en amor platónico de Juan I, ocurre que se casan Juan I con Leonor de Aragón por deseo de los padres, porque tanto Pedro IV de Aragón, el rey de la Corona de Aragón, como Juana Manuel de Villena reina en la Corona de Castilla, les interesaba la unión de los dos reinos y sellar esa alianza, aquí se juntan amor y necesidad, que tampoco era una cosa poco habitual en la edad media, en la edad moderna y en la edad contemporánea, especialmente en altas capas de poder.

   Del rey Fernando I de Portugal y de su esposa Leonor Téllez de Meneses nace una hija en Toro (Coímbra) en 1373 llamada Beatriz de Portugal y con diez añitos es aprovechada para negociar y ante la posibilidad de que le quiten del trono una de las familias portuguesas, se la ofrecen a Juan I de Castilla y León para que su hijo Enrique III de Castilla se case con Beatriz porque Juan I ya había intentado ocupar Portugal y ante la posibilidad de perecer frente a las topas castellanas, deciden unirse en matrimonio y en ese momento, Juan I firma que si le ocurre algo a la regente, Enrique III puede aspirar al trono porque ser esposo de Beatriz y que al fallecer, Juan I puede reclamar el trono para su hijo por los acuerdos del día 21 de mayo de 1380 y pasar a ser también rey de Portugal con lo que durante un tiempo, toda la península pertenece a los Trastámara, un señorío heredado y aparentemente insignificante perdido allá en la parte noroccidental de la península Ibérica en el fin de la tierra.

   Las bases estaban puestas para que una vez más Castilla se convirtiera en un tablero de luchas entre linajes poderosos, pero los Trastámara habían llegado para quedarse, aunque su permanencia se forjaba entre tensiones, favores caros y muertes prematuras. A cada paso quedaban, parecía exigir un precio y cada rey dejaba un vacío que no se llenaba con facilidad, con lo que en cada sucesión, la sombra de la maldición fundacional se hacía más presente. Durante el reinado de Juan I de Castilla y León, se retarda la unión peninsular aunque parecía que Juan I estaba destinado a comerse el mundo porque era guapo, inteligente, honrado, piadoso religioso y hasta se hizo nombrar caballero por Pedro Martínez de Luna, evidentemente no se unificó.

   Juan II de Castilla hijo de Enrique III "el Doliente" y padre en Enrique IV de Castilla, no fue un rey con mano firme en carácter de guerrero, sino un monarca débil más interesado en los versos que en las armas, en los torneos cortesanos que en los campos de batalla y su reinado, fue uno de los más largos de la dinastía Trastámara pero no mantuvo un tiempo de estabilidad, sino un desfile interminable de intrigas, favoritismos, guerras civiles y traiciones palaciegas. Ascendió al trono siendo apenas un niño y desde ese momento su vida estuvo marcada por la influencia de los que lo rodeaban, primero por su madre Catalina de Lancaster quien actuó como regente y luego por su tío Fernando de Antequera esposo de Leonor de Alburquerque, quien tomó las riendas hasta que fue elegido rey de Aragón en el compromiso de Caspe en 1412 y cuando Juan II finalmente comenzó a gobernar por sí mismo, lo hizo con una pasividad que fue aprovechada por todos los que supieron mover los hilos del poder en su nombre y en este sentido, el hombre que más se benefició de la situación fue Álvaro de Luna y se convirtió en el verdadero dueño de Castilla.

   Con todo ello, aparece Alvaro de Luna sobrino de Pedro Martínez de Luna, un noble ambicioso que se transformó en el gran válido de Juan II y su sombra constante, su voz en la Corte, su brazo ejecutor durante años, manejó la política del Reino con una mezcla de inteligencia, violencia y carisma pero con un rey que parecía fuerte y en realidad era una fuerza prestada. Bajo su dirección, la corona intentó someter a los grandes linajes nobiliarios, sobre todo a los infantes de Aragón, hijos del propio Fernando de Antequera que desde sus feudos se comportaban como reyes independientes. Las tensiones se acumularon hasta desembocar en la batalla de Olmedo (Valladolid) el día 19 de mayo de 1445, donde las tropas de Juan II bajo el mando de Alvaro de Luna vencieron a los infantes y reafirmaron la autoridad de la monarquía, pero lo que parecía una victoria definitiva, en realidad solo fue el principio del fin porque la figura de Álvaro de Luna se convirtió en un problema, su poder crecía, sus enemigos se multiplicaban y en la Corte empezaron a verlo más como un tirano que como un salvador y la quiebra llegó cuando la segunda esposa de Juan II, Isabel de Portugal, madre del futuro Enrique IV, comenzó a conspirar contra él.

   Como don Alvaro de Luna era Maestre de la Orden de Santiago y estaba mangoneando en el Reino haciendo lo que quería, Isabel de Portugal convence a su marido Juan II y logra de Juan II que decapiten a don Alvaro de Luna en cadalso público el día 2 de junio de 1453 en la plaza mayor de Valladolid y aunque don Alvaro de Luna había criado a Juan II porque cuando muere su padre Enrique III y Catalina de Lancaster, se queda como regente por el fallecimiento de Catalina de Lancaster teniendo su hijo pequeño, ya que fue don Alvaro de Luna quien se encarga de la crianza, de ahí que Juan II lo tenía con una relación de paternidad, para deshacerse le acusan de tener una relación homosexual con Juan II y el día 1 de junio se le trasladó a Valladolid donde fue juzgado y condenado en un juicio que más bien fue una parodia de la justicia y el caso es que se acaba cortado por la cabeza que rodó entre los adoquines y con ella, cayó también la poca estabilidad que aún quedaba en el Reino porque el acto dejó una marca indeleble en la Corte que muchos lo vieron como una injusticia y otros como una necesaria limpieza, pero todos coincidieron en que Juan II no había sido nunca un verdadero rey, sino un instrumento en manos de otros y su resentimiento por la muerte de don Alvaro de Luna le genera melancolía, o tristeza, o remordimiento que acabará por vencer a Juan II que fallece justo al año de haber matado a don Alvaro de Luna, muriendo el día 21 de julio de 1454 después de cuarenta y ocho años de reinado solo y arrepentido, según algunos relatos, encerrado en sus habitaciones, repitiendo versos tristes y temiendo que los fantasmas de los que había traicionado vinieran a buscarlo y como si todo esto no fuera suficiente, la leyenda se encargó de añadir un toque aún más siniestro y se dice que Juan II tenía un miedo irracional a la muerte, a tal punto que dormía con los ojos sellados con cera negra para que los espíritus no pudieran entrar por ellos durante el sueño y algunos cronistas contaban que mandó coser los párpados de su hija muerta con hilo de plata, temiendo que al morir viera el demonio. Era un rey dominado por el miedo, rodeado de traiciones y espectros, incapaz de controlar el mundo real y aterrorizado por el más allá y así terminó el reinado de un hombre que, pese haber gobernado durante casi medio siglo, nunca fue dueño de su destino, lo gobernaron su madre, su tío, su válido, su esposa y finalmente sus propios temores y con él Castilla se hundía más en el lodo de las guerras nobiliarias, mientras la sombra de la maldición Trastámara seguía creciendo después de tantos años de guerras civiles, asesinatos, traiciones y rumores y aunque fue un buen caballero y debía cumplir con las reglas de las órdenes monacales y sobre todo de las órdenes que predicaban la humildad y que pretendían luchar contra el infiel, era el prototipo de un rey que habiendo pasado muy desapercibido en la historia de la corona de Castilla, fue un personaje grandísimo, como de novela y llamado a ser el rey de la península Ibérica, de hecho, durante algunos meses, es el rey de la península Ibérica de lo que pretendrá ser posteriormente España, de lo que era el Reino Visigodo, de lo que era la Hispania Romana y ser lo que se persigue en la dinastía Trastámara, la unión de coronas o la unión de reinos, ya que Juan I de Castilla y León hereda Castilla y su primera mujer Leonor de Aragón, hija de Pedro IV de Aragón y de su esposa Leonor de Sicilia que es hija del Rey de Aragón y sus herederos recibirían el trono de Aragón pero en el caso de que falleciese Pedro IV, también podía absorber la corona o tenía posibilidades de unir Castilla y Aragón, lo que permite a Isabel I el postular a sus Isabel y Alfonso como herederos, pero aparece por medio Juana "la Beltraneja" hija de Enrique IV de Castilla, llamada así porque las malas lenguas de una parte de la nobleza decían que no era hija biológica de su padre el rey, sino de Beltrán de la Cueva el favorito de su madre.

   Siendo Enrique III un rey algo débil como de transición al siguiente que es Juan II que a su vez también es un rey sin grandes pretensiones y se casa en primeras nupcias con María de Aragón hermana de Alfonso V de Aragón "el Magnánimo" que era el hijo primogénito del regente de Castilla Fernando de Antequera posteriormente rey de Aragón con el nombre de Fernando I que fue proclamado rey tras el llamado Compromiso de Caspe quien se casa con Leonor de Alburquerque siendo madre de Leonor de Aragón y perteneciente al linaje Trastámara por ser nieto de Juan I de Castilla y Alfonso V de Aragón, se casa el 12 de junio de 1415 en la catedral de Valencia con una hermana de Juan II que es su prima María de Castilla y a su vez la infanta María es hija de Enrique III de Castilla y de Catalina de Lancáster, la degeneración de los genes acaba apareciendo en Enrique IV que es hijo de María de Aragón y de ahí que Enrique IV tiene hidrocefalia, tiene impotencia, tiene problemas de estabilidad mental, estas cosas que pasan cuando se mezclan la sangre y en segundas nupcias se va a casar con Isabel de Portugal, una jovencita con diecinueve años que, tampoco estaba muy reglada y al parecer sufría de enajenación mental por sus problemas de celos posesivos, intentando atraerse lo logrado con Aragón sumando ahora con Portugal, pero Isabel de Portugal pasó de ser una infanta portuguesa perteneciente por nacimiento a la Casa de Avís e hija del infante Juan de Portugal y de Isabel de Barcelos también conocida con el nombre de Isabel de Braganza siendo nieta paterna del rey Juan I de  Portugal y por su matrimonio con Juan II de Castilla, fue reina consorte castellana entre 1447 y 1454 con lo que será la abuela materna de la reina Isabel la Católica y del infante Alfonso de Castilla.

   El reinado de Enrique IV parecía destinado a cerrar el ciclo oscuro que marcó a la dinastía Trastámara desde su inicio, pero lo que ocurrió fue todo lo contrario. Si la generación de Enrique II abrió la puerta al poder con sangre, Enrique IV heredó un trono lleno de dudas, enemigos y escándalos y no solo fue incapaz de ejercer su autoridad con firmeza, sino que además fue protagonista o víctima, según como se mire, de uno de los episodios más insólitos de toda la Edad Media, la famosa farsa de Ávila. Enrique IV llamado por muchos “el Impotente" reinaba desde 1454 y su apodo no era solo un chisme cortesano, sino un juicio cruel que lo perseguía por no haber tenido hijos con su primera esposa Blanca de Navarra cuyo matrimonio fue anulado después de más de una década sin descendencia y no por razones políticas, sino con la excusa de que Enrique IV estaba hechizado. Se decía sin sonrojo que alguna fuerza oscura impedía al rey consumar el acto conyugal y algunos aseguraban que una bruja portuguesa lo había maldecido, mientras otros afirmaban que el hechizo venía desde dentro del propio linaje, una maldición ancestral de la sangre Trastámara, pero el escándalo no terminó y Enrique IV volvió a casarse con Juana de Portugal y en 1462 nació una hija que llamaron Juana, sin embargo, de inmediato comenzaron los rumores más venenosos y decían que la niña no era hija del rey, sino del favorito Beltrán de la Cueva y desde entonces la apodaron despectivamente la Beltraneja, un nombre que la condenaría desde la cuna y lo que podría haber sido una simple intriga cortesana, se transformó en un desafío político directo del que muchos nobles se negaron a reconocer a Juana "la Beltraneja" como heredera, ya que para ellos, el trono debía ir al infante Alfonso (Alfonso de Castilla), conocido también como Alfonso de Trastámara o Alfonso "el Inocente", príncipe de Asturias, supuesto pretendiente al trono de Castilla y finalmente rey con el nombre de Alfonso XII de Castilla que era medio hermano de Enrique IV, un joven sin escándalos que lo envolvieran hasta que el 5 de junio de 1465 ocurrió uno de los eventos más teatrales y surrealistas de toda la historia medieval española conocida como la farsa de Ávila.

   En un acto público, un grupo de nobles rebeldes levantó una plataforma fuera de los muros de la ciudad y colocaron un trono, en él, una figura de madera que representaba al rey Enrique IV. Los cabecillas del levantamiento subieron uno por uno y fueron retirándole los símbolos del poder, primero la espada, luego el cetro, después la corona y lo acusaron de no ser digno de gobernar, de haber traicionado al Reino y finalmente derribaron su efigie en un gesto simbólico de destronamiento. A continuación, alzaron al joven infante Alfonso de Castilla y lo proclamaron rey Alfonso XII (Alfonso “el Inocente” hermano de Isabel "la Católica”) con tan solo once años, era una escena que parecía sacada de un ritual mágico, como si el poder pudiera transferirse con una simple ceremonia pública, como si el trono se pudiera maldecir con gestos sin necesidad de sangre, pero esa pantomima, al igual que todos los gestos teatrales en la política, tuvo consecuencias reales y lo que siguió, fue una guerra civil en cubierta con bandos enfrentados dentro de Castilla que acabó en la segunda batalla de Olmedo con traiciones entre antiguos aliados y por supuesto, una nueva dosis de tragedia porque el joven Alfonso de Castilla no viviría mucho más y el 5 de julio de 1468, apenas tres años después de su proclamación, murió de forma repentina aunque oficialmente fue por una enfermedad, pero muchos susurraron que había sido envenenado, quizá por orden del propio Enrique IV o quizá por facciones rivales que veían en él un obstáculo para sus propios planes. Su muerte fue tan sospechosa que hasta el lugar de su entierro quedó rodeado de leyendas y se hablaba de un pozo de oraciones que se escuchaban por la noche y de hierbas que jamás crecían sobre la tumba. Con Alfonso XII de Castilla muerto, los ojos se volvieron hacia la figura de su hermana Isabel, la misma que años más tarde sería llamada “la Católica”, pero en ese momento aún era solo una joven noble, astuta, paciente, consciente del fuego que ardía bajo los cimientos del Reino y como todavía respiraba el aire denso de la traición, en las sombras de esa tragedia comenzaba a formarse la figura que cambiaría el destino de Castilla. El rumor, el poder y la sombra de la farsa de Ávila no se disiparía fácilmente y parecía el derrumbe de un rey, aunque fue en realidad el comienzo de la guerra más larga por el alma de Castilla.

   La respuesta de Enrique IV no se hizo esperar y furioso por el desafío, anuló el pacto de Guisando, que había firmado poco antes, reconociendo a la Isabel como su heredera y volvió a proclamar como sucesora a su hija Juana “la Beltraneja”, con lo que se reactivó la guerra dinástica que ya había cobrado la vida de Alfonso V de Portugal en 1474 y tras la muerte de Enrique IV, la lucha estalló con toda su fuerza iniciando la guerra de Sucesión Castellana entre Isabel I y Juana "la Beltraneja" a quien apoyaba su tío Alfonso V de Portugal y pretendiente también a la corona casándose con ella y del otro lado se alineaba Isabel I, que se proclamó reina con el apoyo de Fernando II de Aragón y parte de la nobleza castellana.

   Las crónicas oficiales hablan de la muerte por pestilencia del infante Alfonso de Castilla en Cardeñosa el día 5 de julio de 1468, un fallecimiento común en la Castilla del siglo XV y la corona de Castilla quedó libre para su hermana Isabel I de Castilla como heredera, quien se casa con Fernando II de Aragón y es el fin de la dinastía Trastámara porque logran la unidad territorial de la Corona de Aragón y la Corona de Castilla y quedan sus hijos Isabel, Juan, Juana, Catalina y María preparados para la unificación con Portugal e Isabel I de Castilla casa a su hija Isabel con Manuel I rey de Portugal pero su hijo Alfonso V se muere casi con dieciocho años. Fernando de Portugal "el Infante", nieto de Fernando I de Aragón se casó con la hija de los Reyes Católicos por lo que sus hermanos eran Infantes de Aragón, Isabel (Isabel de Aragón, primogénita y casada con el infante Alfonso de Portugal que tras enviudar, se casa con Manuel I de Portugal), Juan (Juan de Aragón, Príncipe de Asturias y heredero único varón, casado con Margarita de Austria, pero murió prematuramente sin descendencia), Juana (Juana I de Castilla "la Loca", casada con Felipe "el Hermoso" de Austria, que heredará las coronas de Castilla y Aragón después de la muerte de sus hermanos), María (María de Aragón, casada con Manuel I de Portugal (su cuñado), tras la muerte de su hermana Isabel) y Catalina (Catalina de Aragón, casada primero con Arturo, príncipe de Gales y posteriormente con su hermano, Enrique VIII de Inglaterra). Manuel I de Portugal e Isabel de Castilla tiene un hijo llamado Miguel y al fallecer Juan el único hijo de los Reyes Católicos, todas las miradas están puestas en Miguel por ser hijo de Isabel, la primogénita hija de Isabel "la Católica" y Miguel está llamado a heredar Portugal, Castilla y Aragón pero, fallece y como a la hermana Isabel la vuelven a casar con el rey de Portugal pero no tienen herederos, a falta de heredero, tienen que acudir a Juana I de Castilla "la Loca" o Juana de Trastámara casada en 1496 con su primo tercero Felipe I "el Hermoso" archiduque de Austria, duque de Borgoña y Brabante y conde de Flandes, que había tenido descendencia ya en su hijo Carlos I y Pedro Martínez de Luna influye para conseguir un objetivo muy estudiado y diseñado con la unificación peninsular al tener su mente centrada en las órdenes militares, tanto la orden templaria como la orden del hospital para crear un gran reino en occidente que fuese capaz de enfrentarse en oriente a los musulmanes, un pensamiento benedictino que recoge Pedro Martínez de Luna apoyado por toda una cohorte de familiares y no familiares.

   Con Isabel y Fernando, la dinastía Trastámara llegó a lo más salto después de algunos siglos de guerras civiles, traiciones y maldiciones familiares y finalmente, una pareja real parecía capaz de domar el caos. Se conocieron siendo adolescentes y se casaron casi en secreto porque sabían que muchas personas se opondrían, pero juntos transformaron para siempre el mapa político religioso y social de la península Ibérica y de esta unión celebrada por muchos como una historia de amor real, resultó la culminación de una dinastía marcada por la sangre, porque lo que construyeron juntos fue inmenso, pero lo hicieron sobre ruinas y sombras que venían desde Enrique II.

   Isabel y Fernando no heredaron un trono sencillo, Castilla estaba en guerra por la sucesión y Aragón era un rompecabezas de fueros y privilegios, pero se complementaba una Isabel meticulosa, inflexible, de una fe imponente, con el astuto Fernando, pragmático y dispuesto a pactar o engañar si era necesario. Isabel sabía que para reinar en Castilla debía vencer a su sobrina Juana "la Beltraneja" y Fernando sabía que si ganaban esa guerra, se abrirían las puertas a una unión dinástica sin precedentes y así fue, lucharon, vencieron y en 1479 controlaban juntos la mayor parte de la península Ibérica, pero la verdadera transformación no había hecho más que empezar y lo primero que hicieron fue redefinir el poder, redujeron la fuerza de la nobleza, centralizaron la administración y pusieron su autoridad sobre las órdenes militares. Habían castillos derribados y linajes desplazados, pero también un nuevo orden que muchos anhelaban después de tanto caos, se obligó a una restauración autoritaria pero eficaz y para muchos necesaria, sin embargo, en lo religioso, la historia se volvió mucho más oscura, puesto que para Isabel y Fernando no bastaba con controlar territorios, había que controlar las almas y bajo esa lógica nació la Inquisición, uno de los instrumentos más temidos de la historia española.

   Con la bendición del Papa establecieron en 1478 el Santo Oficio en Castilla, pero no lo dejaron en manos de la Iglesia, sino bajo control directo de la Corona. Fue una herramienta política tanto como religiosa y el encargado de activar su maquinaria fue Tomás de Torquemada, un hombre tan convencido de su misión divina como despiadado en su método y bajo su dirección, miles fueron interrogados, algunos torturados y otros obligados a confesar pecados que tal vez no habían cometido. Los autos de fe se convirtieron en espectáculos públicos, la sospecha del miedo y la denuncia anónima, eran moneda común y todo empezó por una obsesión con los conversos judíos convertidos al cristianismo que supuestamente seguían practicando en secreto su antigua fe. Para los Reyes Católicos eso era una amenaza directa porque la unidad de su reino debía construirse sobre una sola fe y cualquier desviación era intolerable y mientras Cristóbal Colón preparaba su viaje hacia lo desconocido, los Reyes Católicos firmaron el día 31 de marzo de 1492 en la Alhambra de Granada el llamado decreto de la Alhambra por el que todos los judíos que no se convirtieran al catolicismo debían abandonar España en menos de cuatro meses y entorno a los cien mil se fueron, pero otros fingieron y algunos murieron en una limpieza religiosa disfrazada de defensa del orden y aunque la historia suele recordarlo como parte del proyecto de unidad nacional, no deja de ser una expulsión masiva, cruel e irreversible, para años después aplicarla a los musulmanes y tras ellos, a los moriscos, hasta que todos los distintos a la fe del reino fueron forzados a irse o a arrodillarse y en ese mismo año de 1492, Cristóbal Colón partía rumbo a las Indias (América), bajo bandera castellana con el apoyo directo de Isabel I.

   La dinastía Trastámara que había comenzado entre asesinatos y pactos oscuros, ahora lideraba una de las mayores transformaciones del mundo y el descubrimiento del nuevo mundo abrió una era imperial y aunque Isabel I no viviría para ver las consecuencias de sus inquietudes, lo cierto es que aquel viaje cambió para siempre el destino de España y de todo el planeta Tierra, puesto que la unificación religiosa, la expansión imperial y la conquista de Granada, no puede verse como el triunfo absoluto de la dinastía, ya que cada victoria trajo su sombra, porque Granada, último bastión islámico en la península Ibérica, cayó tras una guerra larga, feroz y cruel y aunque sus vecinos firmaron capitulaciones que prometían respeto, pronto esas promesas fueron traicionadas en pocos años y los musulmanes también fueron obligados a convertirse y así, terminó la convivencia que con dificultades había existido durante siglos entre las tres religiones de la península Ibérica y que desde entonces fue solo cristiana por la fuerza.

   Cuando Isabel y Fernando decidieron casarse, no estaban firmando solo un contrato matrimonial, estaban ejecutando una jugada maestra que cambiaría para siempre el rumbo de los reinos peninsulares ibéricos y aunque ambos descendían de la misma raíz, la dinastía Trastámara que durante varias generaciones había estado dividida entre el trono de Castilla y el de Aragón y cuyas ramas se habían enfrentado más de una vez en guerras, traiciones y disputas sangrientas, su unión no fue vista solo como una alianza política, sino que a los ojos de muchos contemporáneos, era la reconciliación definitiva del linaje y el fin de la maldición.

   La boda de los Reyes Católicos se celebró en secreto en Valladolid el día el 19 de octubre de 1469 sin la aprobación oficial de Enrique IV de quien Isabel I era su hermana y aunque supuestamente ya había pactado con él su renuncia a casarse sin su consentimiento, ella, consciente del poder que podía obtener y de los riesgos de esperar, se adelantó y eligió a Fernando, príncipe de Aragón, hijo del temido Juan II de Aragón y hermano del envenenado, o al menos eso se pensaba, de ahí que Carlos de Viana infante de Aragón y de Navarra, príncipe de Viana y de Gerona, duque de Gandía y de Montblanc y rey titular de Navarra como Carlos IV, conocido por Carlos de Viana, el que fue hijo del infante Juan de Aragón y de la reina Blanca I de Navarra, hija y heredera de Carlos III de Navarra, no podía haber elegido una sangre más espinosa, ni más afín a la suya por ser una fusión de ambición, de inteligencia política y según algunos, un intento consciente de curar los males del pasado Trastámara, uniendo las ramas enemistadas.

   La guerra de sucesión con palabras mayores y todas las letras, también fue una guerra de símbolos, ya que Juana “la Beltraneja” era la heredera maldita por considerarla hija nacida bajo el signo del escándalo y acusada de no tener sangre real, en cambio, Isabel I era la mujer decidida, la joven que desafiaba los pactos de hombres para escribir su propio destino y aunque el conflicto se prolongó hasta 1479, un año decisivo en la historia de España por el Tratado de Alcáçovas (o Alcaçovas), Portugal reconoció a Isabel I como reina de Castilla y Juana “la Beltraneja” quedaba derrotada, aislada, sin esposo ni corona y fue recluida en el monasterio de Santa Clara de Coimbra, un convento que la condena a desaparecer de la historia como una sombra después de una derrota que no fue solo política, sino que para muchos tuvo un valor simbólico, ya que Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, unieron por fin lo que generaciones enteras de Trastámara no habían podido reconciliar. El trono de Castilla y el de Aragón pasaban ahora a una misma pareja y ya no eran enemigos de sangre, eran Reyes juntos en un proyecto mucho mayor y sin embargo, esa reconciliación no estuvo libre de oscuridad porque Isabel I, la Reina Redentora, también heredó la tradición implacable de su familia y en su reinado se aplicaron las decisiones más severas de toda la dinastía. La Inquisición fue instaurada por la fuerza, los judíos fueron expulsados, los musulmanes fueron forzados a convertirse, el poder se centralizó, las órdenes militares quedaron bajo control de la Corona (salvo el Maestrazgo de la Orden Militar de Santa María de Montesa que se incorporará a la Corona cien años después durante el reinado de su biznieto Felipe II), los castillos de nobles díscolos fueron derribados sin contemplaciones y la paz que se logró, fue una paz de hierro y si bien se alcanzó la unión familiar, fue al precio de aplastar toda disidencia y en cierto modo, Isabel y Fernando no rompieron con el legado de los Trastámara, lo perfeccionaron, tomaron aquella mezcla de violencia, control, ambición y destino sagrado y la moldearon en una monarquía nueva, más fuerte, más ordenada y también más temida, porque si antes la lucha era entre hermanos, ahora el enemigo era cualquiera que no encajara en la idea de una España unificada y católica bajo un solo cetro y una sola fe y aquel matrimonio celebrado casi a escondidas, acabó dando forma a un Reino, pero también cerró un ciclo con un gesto firme, el poder ya no se heredaría en medio de disputas, ahora se impondría por derecho y por fe y a quien se opusiera, se le borraría del mapa como a Juana "la Beltraneja" y a tantos otros.

   Con Isabel y Fernando la dinastía Trastámara llegó a lo más alto después de siglos de guerras civiles, traiciones y maldiciones familiares, finalmente una pareja real parecía capaz de domar el caos y juntos transformaron para siempre el mapa político, religioso y social de la península Ibérica, pero esa unión matrimonial celebrada por muchos como una historia de amor verdadero, fue también el acto final de una dinastía marcada por la sangre, porque lo que construyeron juntos fue inmenso, pero lo hicieron sobre las ruinas y las sombras que venían desde Enrique II contra Pedro I.

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