La sonda espacial Voyager I
por Julián Segarra Esbrí
La Voyager I es una sonda espacial construida por el Laboratorio de Propulsión a Reacción (JPL) y lanzada al espacio desde el Complejo de Lanzamiento nº 41 de la Estación de la Fuerza Aérea de Cabo Cañaveral a bordo de un cohete Titán III por la NASA el día 5 de septiembre de 1977 con el propósito de estudiar los planetas del sistema solar exterior y el espacio interestelar más allá de la heliosfera del Sol y se comunica a través de la Red del Espacio Profundo (DSN).
Lleva incorporados 16 motores de hidrazina utilizada como combustible de cohetes, giroscopios de estabilización de tres ejes e instrumentos de referencia para mantener la antena de la radio orientada hacia la Tierra junto con instrumentos que forman parte del Subsistema de Control de Actitud y Articulación (AACS) y unidades redundantes de la mayoría de los instrumentos además de ocho propulsores de reserva y 11 instrumentos científicos para estudiar objetos celestes como planetas.
El sistema de radiocomunicación fue diseñado para ser utilizado dentro y fuera de los límites del sistema solar y dispone de una antena Cassegrain de 3,7 metros de diámetro de alta ganancia para enviar y recibir ondas de radio desde las tres estaciones de la Red de Espacio Profundo en la Tierra con transmisión de datos a la Tierra a través del canal 18 de la Red de Espacio Profundo utilizando una frecuencia de 2,3 GHz y 8,4 GHz mientras que desde la Tierra se transmiten a 2,1 GHz., aunque en caso de no poder comunicarse con la Tierra, su grabadora digital (DTR) puede registrar unos 67 kilobytes de datos para su posterior transmisión.
La sonda Voyager I obtiene su energía por medio de tres generadores termoeléctricos de radioisótopos (RTG) montados en un brazo y cada MHW-RTG contiene 24 esferas prensadas de óxido de plutonio-238 y en su órbita inicial tenía un afelio de 8,9 UA equivalentes a 1247 millones de kilómetros por debajo de la órbita de Saturno que es de 9,5 UA equivalentes a 1331 millones de kilómetros permitiendo alcanzar el centro de control en el Jet Propulsion Laboratory en La Cañada Flintridge en California y trabajando con los propulsores TCM de corrección de trayectoria, se puede reorientar la antena de alta ganancia, además lleva un disco de oro titulado como "The Sounds of Earth" que significa Sonidos de la Tierra con dos discos fonográficos de 30 cm. de diámetro fabricados de cobre bañado en oro que se supone se conservarán durante los 40000 años necesarios para alcanzar las proximidades de la estrella más cercana a nuestro sistema solar.
En su navegar por el gélido y absoluto espacio interestelar, en donde la luz del Sol no es más que un lejano punto brillante de la pequeña cápsula de metal, la ambiciosa sonda continúa su avance imparable hacia lo desconocido, no siendo una simple máquina u objeto fabricado por el hombre y lanzada desde muestro mundo que ya casi no reconocemos en un lejano año de 1977 y que más lejos llegará en toda la historia de nuestra especie durante un tiempo en el que la informática estaba en su infancia y el mañana aparecía como una promesa de ciencia ficción.
Esta sonda está superado todas las expectativas, todos los límites físicos y todas las fronteras imaginables, mientras navega más allá de la burbuja protectora de nuestro Sol, sin llegar a comprender como es posible que sigamos recibiendo sus señales siendo un aparato construido con tecnología de hace medio siglo y que posee menos potencia que una lámpara de posición de un vehículo automóvil y con un nivel de procesamiento inferior al control remoto de un televisor moderno y sigue enviando datos desde la negrura eterna sin entender el milagro de la ingeniería del momento en que aquel cohete titán del CIE Center se elevó desde la plataforma de lanzamiento en Cabo Cañaveral llevando consigo no solo instrumentos científicos, sino los sueños de una humanidad que ansiaba conocer a sus vecinos gigantes.
La misión original de explorar Júpiter y Saturno y revelar los secretos de sus lunas, era ambiciosa pero limitada en el tiempo por la necesidad de aprovechar la alineación planetaria que ocurre una vez cada 175 años y que ni siquiera los ingenieros más optimistas del laboratorio de propulsión a reacción Jet Propulsion Laboratory (JPL) de la NASA se atrevía a asegurar que medio siglo después de su lanzamiento seguiría operativa habiendo cruzado la heliopausa donde la influencia solar se desvanece frente al entorno de la galaxia marcando la frontera en la que el viento solar se pierde y comienza el verdadero espacio interestelar para adentrarse en un territorio donde ninguna mirada humana jamás ha penetrado. La escala de esta travesía es casi imposible de entender por la mente humana y en el año pasado de 2024 se encontraba a más de 24000 millones de kilómetros de la Tierra, un auténtico abismo que desafía nuestra intuición y precisamos de 23 horas para viajar una señal radioeléctica desde la antena de la Voyager I hasta los receptores de La Tierra lo que significa que cualquier comunicación con la sonda es un ejercicio de paciencia extrema porque cuando un ingeniero en La Tierra envía una orden ahora, viajará a través del vacío a 300000 km. por segundo y llegará a la sonda casi un día después, luego debe analizar la instrucción y enviar una confirmación que tardará otras 23 horas en regresar lo que represente una comunicación que dura casi 2 días completos incomprensible en un mundo actual acostumbrado a la respuesta instantánea usando la fibra óptica y el 5G, lo que obliga a operar en una escala de tiempo cósmica donde cada decisión debe ser meditada con una precisión, pues un error podría tardar días en ser detectado y para entonces sería demasiado tarde, lo que exige entender el diálogo a través del abismo.
Gracias a una infraestructura terrestre impresionante como la propia sonda, la red del espacio profundo Deep Space Network o DSN, está formada por tres complejos de antenas gigantescas situados estratégicamente alrededor del globo terráqueo separados por aproximadamente 120º de longitud con Goldstone en el desierto de California (Estados Unidos), Robledo de Chavela en Madrid (España) y Canberra en Nueva Gales del Sur (Australia), una elección de ubicaciones debidas a que La Tierra gira constantemente sobre su eje y una sola antena perdería de vista a la Voyager I en cuestión de horas, sin embargo, gracias a esta triangulación planetaria, a medida que Robledo de Chavela se oculta tras el horizonte debido a la rotación terrestre, la antena de Goldstone ya está apuntando hacia la posición de la sonda y cua ndo la pierde Canberra toma el relevo, se trata de una carrera de relevos eterna, un compromiso global para mantener la recepción pegada al cosmos asegurando que sin importar la hora o la posición de nuestro planeta, siempre hay una antena de 70 m. de diámetro lista para captar la más leve señal de la viajera, una señal emitida con apenas 20 vatios potencia capaz de recorrer los 24.000 millones de kilómetros que nos separa de la superficie terrestre y con una intensidad de señal tan ínfima que resulta casi inconcebible poder captar al ser miles de millones de veces más débil que la energía generada por la batería de un reloj digital para lo que se precisa utilizar las antenas más grandes del mundo y equipadas con amplificadores criogénicos que se enfrían a temperaturas cercanas al cero absoluto, un enfriamiento vital para eliminar el ruido térmico, la interferencia generada por el propio calor de los átomos de un equipo y permitir que los receptores sean lo suficientemente sensibles como para distinguir separa los datos de la sonda del ruido de fondo del universo.
Por otro lado aparece otro enemigo, puesto que el tiempo también reclama su tributo y para mantener el corazón de la sonda no hay paneles solares, pues con la distancia El Sol no es más que una estrella brillante incapaz de proporcionar energía útil y en su lugar la sonda depende de generadores termoeléctricos de radioisótopos Radioisotope Thermoelectric Generator (RTG), unos dispositivos que convierten el calor generado por la desintegración natural del plutonio 238 en electricidad, pero el plutonio tiene una vida media y cada año que pasa la producción de energía disminuye en unos pocos vatios y esta decadencia energética obliga a los ingenieros a tomar decisiones desgarradoras por lo que durante la última década los instrumentos científicos no esenciales, han sido apagados uno a uno y los calentadores que protegían los sistemas del frío extremo del espacio, también se han ido desactivando dejando a la sonda operando a temperaturas que congelarían cualquier tecnología convencional, con lo que la Voyager I está literalmente muriendo de frío y falta de energía, pero aún así, se niega a rendirse gracias a su hardware y al ingenio de una generación de ingenieros que actúa como médicos a distancia. Unos especialistas obligados a trabajar con códigos de programación escritos en lenguajes que ya no se enseñan en las universidades, consultando manuales antiguos y planos dibujados a mano en la década de los años de 1970 y en año pasado de 2024, el mundo fue testigo de una de las hazañas de soporte técnico más increíbles de la historia cuando la sonda comenzó a enviar datos sin sentido, un galimatías digital provocado por un fallo en uno de sus sistemas de datos de vuelo Flight Data Systems (FDS) y durante varios meses, el equipo en La Tierra analizó cada bit de información diagnosticando una memoria dañada a miles de millones de kilómetros y logró diseñar un arreglo de software para redirigir el código a otras secciones de la memoria operativa, logrando recuperar de una computadora fabricada en el año de 1977 y desde el otro lado del sistema solar para devolver la correcta operatividad a la sonda y permitiendo seguir enviando datos científicos y recibirlos adecuadamente. Es un testimonio de la capacidad humana y de la calidad de una construcción diseñada para durar en una época donde las cosas se hacían para no romperse nunca.
Realmente, la sonda Voyager I representa el triunfo de la ingeniería sobre la hostilidad de lo infinito al ser una fuente de datos que une a la humanidad que soñaba con las estrellas y la humanidad que hoy lucha por comprender su lugar en ellas hasta que el último de sus instrumentos se apagará por falta de energía cuando el calor del plutonio ya no será suficiente para alimentar el transmisor, pero quedará convertida en un embajador continuando su deriva eterna a través de la Vía Láctea llevando consigo el disco de oro, un mensaje cósmico que contiene sonidos, imágenes y música de la tierra destinado a cualquier civilización que pueda encontrarla en un futuro remoto e incluso cuando ya no podamos oírla, seguirá siendo nuestra extensión más lejana, un pedazo de nuestra curiosidad grabado en metal y silicio viajando por el vacío mucho después de que las ciudades que la construyeron hayan desaparecido. Es la prueba de que cuando nos lo proponemos, somos capaces de construir algo que trasciende el tiempo, el espacio y la propia finitud de nuestra existencia mientras por ahora seguimos escuchando, esperando el débil susurro diario que nos recuerda que en algún lugar allá afuera, en la frontera de la noche eterna todavía hay una parte de nosotros explorándolo desconocido.
Desde el año 1977, las personas hemos cambiado de forma radical, ahora somos muy diferentes y la tecnología estaba en sus inicios con la computadora Apple que acababa de presentar su software y las cintas de cassette eran el estándar de la fidelidad sonora sin imaginar una red global de información ni en sueños, los laboratorios más avanzados eran los del Arpanet del Departamento de Defensa de los Estados Unidos y en ese contexto de pantallas de fósforo verde y cálculos realizados con reglas de cálculo, nada tiene que ver con la realidad actual en una época en la que la humanidad se atrevió a lanzar un mensaje al océano cósmico. No era una simple sonda de reconocimiento, la Voyager I es una embajadora de metal y silicio diseñada con una robustez que hoy, en la era de obsolescencia programada y dispositivos desechablesm parece casi mística en aquella mañana de septiembre cuando el cohete Titan III corto la atmósfera de Florida y nadie en el laboratorio de propulsión a reacción de la NASA podía asegurar con certeza que casi medio siglo después seguiríamos conteniendo el aliento ante cada información que esta máquina anciana decide enviarnos desde la negrura absoluta. La misión original de la Voyager I era ambiciosa, pero estaba anclada a una ventana de oportunidad temporal muy específica cual era una alineación planetaria que ocurre solo una vez cada 175 años, lo que permitió a los ingenieros trazar una ruta que utilizaría la gravedad de los gigantes gaseosos, primero Júpiter para alcanzar como una onda cósmica a Saturno que eran los objetivos principales.
La misión debía desentrañar los misterios de las tormentas perpetuas de Júpiter primero y la compleja arquitectura de los anillos del Saturno en segundo lugar y durante aquellos primeros años, la Voyager I fue como una estrella de rock de la ciencia al regalarnos las primeras imágenes detalladas de la Gran Mancha Roja, revelando que era el remolino de furia atmosférica más grande que la propia tierra y nos mostró volcanes activos en la luna de Júpiter, el satélite Io, mostrando para siempre la idea equivocada de que los mundos geológicamente activos eran una exclusividad de nuestro planeta y luego en Saturno, nos permitió ver de cerca la delicada danza de millones de fragmentos de hielo que forman sus anillos transformando puntos borrosos en los telescopios terrestres, en paisajes de una belleza sobrecogedora, sin embargo, para 1980, después haber cumplido con creces sus objetivos primordiales, la Voyager I se encontró en una encrucijada espacial mientras su gemela la Voyager II continuaba hacia Urano y Neptuno mientras la Voyager I fue impulsada por la gravedad de Saturno fuera del plano de la ecléctica donde orbitan los planetas y en ese momento, la sonda comenzó su verdadera transformación, dejando de ser una exploradora de planetas para convertirse en una navegante del vacío y lo que originalmente se planeó como una misión de 5 años, se convirtió en una odisea de décadas. La pequeña sonda equipada con 3 computadoras cuya memoria combinada es menos de una millonésima parte de lo que posee un teléfono inteligente moderno, comenzó a alejarse del Sol a una velocidad vertiginosa de 17 Km. por segundo durante los siguientes 30 años, para atravesar las regiones más remotas de nuestro sistema solar más allá de la órbita de Plutón, hacia donde el viento solar comienza a flaquear y el día 25 de agosto de 2012, ocurrió el hito que redefinió nuestra relación con el Cosmos, la Voyager I cruzó la Heliopausa a 25.000 millones de kilómetros y para entender la magnitud de este evento, debemos imaginar al Sol no solo como una fuente de luz, sino como una entidad que exhala una burbuja protectora de partículas cargadas y campos magnéticos llamada Heliosfera. Esta burbuja es nuestro hogar, el escudo que nos protege de la radiación galáctica más energética al cruzar esa frontera invisible y la Voyager I se convirtió en el primer objeto fabricado por el hombre en abandonar la zona de influencia de nuestra estrella y adentrarse en el espacio interestelar.
Dejó atrás el puerto de nuestro sistema solar para navegar por el océano abierto de la galaxia, donde el entorno está dominado ya no por el aliento del Sol, sino por los restos de supernovas que explotaron hace millones de años y es en este momento donde la historia de la Voyager I deja de ser una crónica de exploración, para convertirse en un enigma tecnológico que desafía la lógica. Me refiero a una máquina que lleva 47 años funcionando de manera ininterrumpida en el ambiente más hostil imaginable, un vacío casi perfecto con temperaturas que rozan el cero absoluto y bombardeada constantemente por rayos cósmicos de alta energía, pero el verdadero misterio que mantiene a la comunidad científica en un estado de asombro permanente, no es solo que la sonda siga encendida, sino que todavía sea capaz de enviar mensajes a La Tierra con una tecnología del año 1977, sabiendo que la Voyager I se comunica utilizando transmisores de radio que operan con una potencia de apenas 20 vatios como la de una pequeña bombilla de luz de noche o de una económica linterna de mano sabiendo que en La Tierra, si te alejas unos pocos kilómetros de una torre de telefonía móvil, pierdes la señal de tu telefonillo celular con un dispositivo que utiliza protocolos de comunicación de última generación, mientras la Voyager I, está enviando su señal desde una distancia de más de 24.000 millones de kilómetros, un abismo tan vasto que la imaginación humana simplemente no puede entender sin recurrir a analogías. Si la distancia entre La Tierra y el Sol fuera del grosor de una hoja de papel, la Voyager I estaría a una distancia equivalente a la altura de un edificio de 50 pisos y ¿cómo es posible que un equipo diseñado en la era de los discos de vinilo pueda seguir transmitiendo datos desde semejante distancia? y ¿cómo logramos captar un mensaje que para cuando llega a nuestras antenas es tan débil que se pierde en el ruido cósmico de fondo?. El desafío no es únicamente de potencia, sino de una precisión asombrosa puesto que la antena de la Voyager I debe apuntar hacia La Tierra con un error de menos de 1º, ya que si las ondas se desviara apenas 1 mm. en su orientación, su señal se perdería para siempre en la inmensidad del vacío cósmico y nosotros quedaríamos sordos ante su presencia, por lo que a lo largo del paso de las décadas, la Voyager I ha pasado de ser una herramienta científica para convertirse en un testamento de la residencia humana.
Los ingenieros que la construyeron en los años 70 ya se han jubilado, muchos de ellos han fallecido y los nuevos guardianes de la misión en el JPL, se enfrentan a un desafío arqueológico cada vez que deben solucionar un problema técnico al tener que estudiar diagramas hechos a mano, notas marginales en papel amarillento y comprender un código de programación ensamblador de los años 70 que es prácticamente un idioma muerto para las nuevas generaciones de programadores. Es una labor de soporte técnico épica donde cada comando enviado tarda casi un día entero en llegar a la sonda y otro día más en confirmar si funcionó correctamente. La persistencia de la Voyager I nos obliga a cuestionar nuestras propias suposiciones sobre la tecnología en un mundo donde esperamos que nuestros dispositivos fallen o se vuelvan obsoletos en dos o tres años mientras esta sonda sigue adelante, superando fallos de memoria, degradación de sus fuentes de energía nucleares y el mal funcionamiento de sus motores de orientación cada vez que la sonda enfrenta una crisis como ocurrió a principios de este año de 2024 cuando empezó a enviar datos sin sentido que parecían el balbuceo de una mente digital agonizante obligando al equipo de seguimiento en La Tierra a realiza proezas de ingenio que parecen sacadas de una novela de ciencia ficción consiguiendo lograr reescribir un código a miles de millones de kilómetros de distancia, puenteando memorias dañadas y encontrando soluciones creativas para problemas que los diseñadores originales nunca previeron. La jornada solitaria de la Voyager I es en última instancia una impensable realidad sobre la conexión con el hilo más largo y delgado que la humanidad haya extendido jamás y en extremo, de un pequeño grupo de científicos en una oficina en California operando con presupuestos limitados y equipos que son tan antiguos como la propia sonda en el otro extremo, una estructura de aluminio y oro de 800 Kg. navegando por el espacio interestelar, cargando con el disco de oro que contiene los sonidos de la lluvia, el llanto de un bebé y la música de Bach en la esperanza de ser encontrada por alguien o algo, en un futuro tan lejano que la propia especie humana podría haber dejado de existir.
Pero antes de contemplar su destino final como si de un mensaje en una botella navegando por el mar, debemos pensar en la pregunta técnica fundamental sobre como conseguir que ese mensaje llegue a nosotros hoy y para que podamos saber la temperatura del plasma interestelar o la intensidad de los campos magnéticos más allá de nuestro Sol, se requiere una infraestructura en La Tierra y una maestría en el manejo de las leyes de la física que roza lo imposible. La comunicación con la Voyager I, no es solo es un éxito de la NASA, es el triunfo definitivo de la inteligencia sobre la distancia y el tiempo para adentrarnos en las entrañas de esta comunicación casi imposible, explorando como la red del espacio profundo, los amplificadores enfriados al cero absoluto y la astucia de programadores que hackean el pasado, logran mantener vivo el diálogo con el objeto más lejano de nuestra historia puesto que la Voyager I no solo está viajando por el espacio, está desafiando nuestra comprensión de lo que una máquina puede hacer cuando es construida, no para venderse, sino para durar una eternidad y para comprender la verdadera magnitud del desafío que supone comunicarse con la Voyager I, debemos despojarnos de nuestra noción cotidiana de la distancia en La Tierra en la que estamos acostumbrados a la inmediatez. Si enviamos un mensaje de texto a alguien en el otro lado del planeta, la señal viaja a través de cables de fibra óptica y rebota en satélites casi instantáneamente, con lo que el retraso o latencia se mide en milisegundos, una fracción de tiempo tan pequeña que nuestros sentidos ni siquiera pueden percibirla, pero en el Reino del Espacio Profundo, las reglas del juego cambian de manera drástica y cruel.
La Voyager I no está simplemente lejos, se encuentra en una región de la existencia donde los números empiezan a perder su significado práctico para convertirse en conceptos abstractos de una inmensidad aterradora y como actualmente se desplaza a una distancia que supera los 24.000 millones de kilómetros de La Tierra, el intentar visualizar esta cifra, es como intentar contar los granos de arena de una playa infinita para una persona acostumbrada a entender que 1 Km., es una distancia caminable, 1000 Km., es un viaje largo en coche, la circunferencia de La Tierra es un vuelo transoceánico agotador de 40.000 Km., pero 24.000 millones de kilómetros, es una distancia que desafía la biología misma. Si decidiéramos emprender un viaje hacia la Voyager I en un avión comercial moderno, volando a una velocidad constante de 900 Km./h. sin detenernos nunca, tardaríamos aproximadamente 3042 años en llegar a su ubicación actual, recordando que a nuestra llegada ya no estará a la misma distancia y generaciones enteras nacerían, vivirían y morirían dentro de ese avión antes de que los restos oxidados de la aeronave cruzaran el camino de las sonda, incluso la luz que es lo más rápido que permite la física en este universo, empieza a aparecer lenta cuando se mide frente al abismo que separa la Voyager I de sus creadores. Nada en el universo puede viajar más rápido que 299.792.458 metros por segundo y en nuestra vida diaria, esta velocidad es tan alta que la consideramos infinita, sin embargo, para los ingenieros del laboratorio de Propulsión a Reacción JPL de la NASA, la velocidad de la luz es una limitación física frustrante y omnipresente cuando quieren enviarle una instrucción a la Voyager I.
Una orden para que cambie la configuración de uno de sus instrumentos científicos que viaja en forma de ondas de radio que son una forma de luz, el mensaje tarda aproximadamente 23 horas en llegar a la sonda e imaginemos por un momento, la soledad de ese comando cuando sale de las gigantescas antenas en La Tierra y se dispara hacia la negrura del cosmos, alcanza la órbita de la luna en poco más de 1 segundo, pasa por Marte en unos minutos, atraviesa el cinturón de asteroides y las órbitas de los gigantes gaseosos en unas pocas horas y luego, durante casi un día completo, la señal atraviesa el vacío más absoluto, debilitándose a cada metro hasta que finalmente alcanza la pequeña antena de la Voyager I en los confines del espacio interestelar, pero la historia no termina ahí, las ondas que recibe el comando, lo procesa y envía una confirmación de vuelta, esa confirmación debe recorrer el mismo camino de regreso, tardando otras 23 horas, esto significa que el tiempo de ida y vuelta para una simple comunicación, lo que en informática llamamos PIN, es de aproximadamente 46 horas, casi 2 días terrestres completos para obtener una respuesta a una pregunta de sí o no. Esta latencia extrema, impone un estilo de trabajo que no tiene paralelo en ninguna otra rama de la ingeniería moderna, no existe el control en tiempo real, no existe un joystick con el que se pueda pilotar la sonda y los ingenieros deben vivir en el futuro, planeando cada paso con una antelación meticulosa, sabiendo que si cometen un error hoy no se enterarán de las consecuencias catastróficas hasta dentro de dos días, momento en el cual la sonda podría haber sufrido daños irreparables o haberse perdido para siempre en una realidad temporal que transforma el Centro de Control de la misión, en un lugar de una paciencia casi monacal. Cuando el equipo del JPL envía una secuencia de comandos para corregir un fallo crítico, como ocurrió durante la crisis de memoria de principios de 2024, el ambiente es de una tensión contenida y silenciosa y tras pulsar la tecla Enter, los ingenieros simplemente se van a casa, cenan con sus familias, duermen, regresan al trabajo al día siguiente, toman café, revisan otros datos y solo entonces casi 46 horas después se sientan frente a sus monitores para esperar los primeros bits de respuesta. Es una danza con el pasado mientras el equipo está interactuando con una máquina que recibió sus órdenes ayer y que está respondiendo desde una posición en el espacio que ya ha abandonado para cuando el mensaje llega a La Tierra puesto que la sonda no está quieta en relación a La Tierra, se aleja a una velocidad de 161.000 Km./h. mientras La Tierra no para de moverse en su órbita y esto introduce otro fenómeno oficial cual es el efecto Doppler, al igual que el sonido de la sirena de una ambulancia, cambia de tono cuando se acerca o se aleja de nosotros.
La frecuencia de las ondas de radio de la Voyager I cambia debido a su velocidad relativa respecto a La Tierra, pero no solo la sonda se mueve La Tierra, también se desplaza en su órbita alrededor del Sol a 30 Km./h. y además, gira sobre su propio eje, lo que exige receptores en La Tierra en constantemente sincronismo y utilizando la frecuencia de la Voyager I compensando, no solo la velocidad de la sonda, sino también los movimientos de nuestro propio planeta. Es como intentar mantener una conversación con alguien que grita desde un tren bala, mientras tú mismo estás en otro tren bala que se mueve en una dirección diferente y todo esto mientras el aire o en este caso el vacío, distorsiona cada sílaba, con lo que la dificultad técnica se ve agravada por la antigüedad del hardware y las computadoras a bordo de la Voyager I con una capacidad de memoria que hoy nos parecería ridícula de tan solo unos 68 kilobytes en total, pensando que una imagen de baja resolución de un teléfono moderno, ocupa miles de veces más espacio que toda la memoria operativa de la sonda, con lo que cada bit es precioso, cada instrucción debe ser escrita en un lenguaje de programación ensamblador extremadamente eficiente y arcaico por lo que los ingenieros no pueden permitirse el lujo de enviar archivos pesados o actualizaciones de software modernas, tienen que hackear el sistema bit a bit y a menudo, reutilizando sectores de memoria que fueron diseñados para funciones que ya no son necesarias.
Este proceso de comunicación es también una lucha contra la entropía y la ley del cuadrado inverso, ya que a medida que una señal de radio viaja por el espacio, se expande en forma de esfera y la energía de la señal se dispersa sobre un área cada vez más grande, lo que significa que la intensidad de la señal que llega a la tierra disminuye con el cuadrado de la distancia y al duplicar la distancia, la señal es cuatro veces más débil a la distancia de la Voyager I con unas señales tan increíblemente tenues que es casi un milagro que podamos distinguirla del ruido electromagnético generado por el propio Sol y por otras estrellas incluidos los componentes electrónicos de las propias antenas. La escala de tiempo y distancia de la Voyager I, nos ofrece una perspectiva única sobre nuestra propia existencia, la sonda está tan lejos que si mirará hacia atrás con sus cámaras que fueron apagadas hace años para ahorrar energía, La Tierra no sería más que un punto azul pálido como un píxel de luz suspendido en un rayo de Sol como muy bien describió el astrónomo, astrofísico, cosmólogo y astrobiólogo Carl Edward Sagan, en el lugar del espacio que La Tierra se ve como un punto microscópico y toda la historia humana transcurre mientras la Voyager I continúa su avance imparable y la comunicación con la sonda, es un acto ejemplar de la voluntad humana contra la indiferencia del universo, es la negativa a dejar que la distancia y el tiempo rompan el vínculo con nuestra creación más audaz cada vez que el Departamento de Seguridad Nacional de España (DSN) cortinado con la red del espacio profundo, logra enganchar la señal de la Voyager I después de esas 23 horas de viaje y se produce el pequeño milagro científico al confirmar que la física, aunque estricta y limitante, es predecible, es la prueba de que el ingenio humano puede construir puentes que cruzan el vacío interestelar, pero mantener este puente requiere una vigilancia constante y el equipo de la misión, debe predecir donde estará La Tierra en el futuro para saber hacia dónde debe apuntar la Voyager I su antena de alta ganancia y viceversa, ya que un error de cálculo en la trayectoria de nuestro planeta o en la orientación de la sonda, podría silenciar la misión para siempre.
En este momento de la historia de la Voyager I, la distancia no es solo el número de kilómetros, también es la barrera psicológica que separa lo conocido de lo desconocido, la Voyager I es como un náufrago cósmico que nos envía mensajes en ondas de radio y nosotros como personas inteligentes, somos los pacientes observadores esperando con perseverancia infinita a que el tiempo y la luz, traigan esos mensajes a nuestro planeta en una lucha contra la latencia, la compensación del efecto Doppler y la gestión de una tecnología que pertenece a otros tiempos, son los ingredientes de una de las gestas más impresionantes de la humanidad, pero para que este diálogo sea posible, para que ese susurro casi inexistente sea escuchado, necesitamos algo más que paciencia y matemáticas, necesitamos los oídos más grandes y sensibles que la humanidad haya construido, necesitamos una red que nunca duerma, una infraestructura que convierta a todo nuestro planeta en un solo receptor, apuntando hacia las estrellas, como una catedral de acero, una estructura tan masiva, que su presencia parece alterar la gravedad del paisaje que le rodea, pero con una sensibilidad tan extrema, que es capaz de detectar el roce de un fotón perdido en la inmensidad del vacío y para que el susurro de la Voyager I no se pierda para siempre en el olvido del cosmos, la humanidad tuvo que construir los oídos más grandes, potentes y precisos que hayan existido, se trata de una infraestructura que no es un simple conjunto de radios, es la red del espacio profundo Deep Space Network (DSN), la columna vertebral invisible que sostiene el puente entre nuestra civilización y los emisarios que hemos enviado a las estrellas, puesto que sin la DSN, la Voyager I sería poco más que un trozo de basura espacial, un monumento silencioso y muerto de una ambición pasada y con ella, continúa siendo un organismo vivo que sigue enviando datos.
La red del espacio profundo es una proeza de la ingeniería global que nació de una necesidad geográfica ineludible, el giro de La Tierra y este hecho, tan simple y cotidiano, representa el mayor obstáculo para la comunicación interplanetaria, puesto que si hubiéra una sola antena en un solo punto del planeta, solo podríamos comunicarnos con la Voyager I durante unas pocas horas al día, antes de que la rotación terrestre ocultara la sonda detrás del horizonte de nuestro propio mundo y para poder mantener una comunicación constante con las naves que exploran el Sistema Solar y más allá, la NASA dio una solución de una elegancia geométrica perfecta dividieron el globo terráqueo en tres sectores iguales, situando estaciones de comunicación masivas separadas por aproximadamente 120º de longitud. Estos tres pilares de la comunicación cósmica, se encuentran en lugares estratégicos elegidos tanto por su posición geográfica, como por su aislamiento del ruido de las civilización moderna. El primero es el complejo de comunicaciones espaciales de Goldstone situado en las profundidades del desierto de Mojave en California USA, el segundo es el complejo de Robledo de Chavela cerca de Madrid en España, el tercero se encuentra en el valle de Tibinbilla cerca de Canberra, en Australia y con esta triangulación planetaria se asegura que sin importar como gire La Tierra sobre su eje, siempre habrá al menos una estación con una línea de visión directa hacia la Voyager I. Es una carrera de relevos eterna que no se ha detenido en décadas cuando El Sol comienza a ponerse sobre las colinas españolas y la Voyager I se pierde en el horizonte de Madrid, las antenas de Goldstone ya están emergiendo en el horizonte para recibir el testigo invisible de la señal de radio y cuando California se despide a la Voyager I, Australia toma el relevo bajo el cielo del hemisferio sur. Cada uno de estos complejos, es una maravilla tecnológica por derecho propio, pero el corazón de la comunicación con la Voyager 1 son las antenas de 70 metros de diámetro y para visualizar el tamaño de estas estructuras, hay que imaginar un campo de fútbol profesional suspendido en el aire y convertido en una parábola perfecta de aluminio y acero, estas antenas como la famosa DGS-14 Goldston, conocida como la antena de Marte o la DSS-43 en Camberra, son las únicas capaces de concentrar la energía suficiente para enviar un comando que la Voyager I pueda oír y lo que es más importante, las únicas con la superficie recolectora necesaria para captar el susurro moribundo que la sonda envía de confirmación de recibo de vuelta.
La precisión requerida para operar estas bestias de metal, es casi inverosímil, una antena de 70 m pesa casi 3,000.000 de kilogramos y debe ser capaz de moverse con la finura de un relojero suizo. El plato parabólico, debe mantener su forma y posición perfectamente, con una tolerancia de apenas milímetros, incluso cuando se inclina para seguir a una nave espacial a través del cielo luchando contra la gravedad que intenta deformar su estructura y si el plato se desviara lo más mínimo, la señal de la Voyager I, que ya es increíblemente débil, se dispersaría y se perdería en el ruido térmico de la propia antena, pero para evitar que esto suceda, las antenas se asientan sobre una película de aceite a alta presión, permitiendo que toneladas de acero giren con una suavidad tal, que un solo motor pequeño podría mover toda la estructura, pero la infraestructura física es solo la mitad de la historia, la DSM opera bajo un protocolo de gestión humana conocido como "fallout the Sun", sigue al Sol y en lugar de que cada estación sea operada de forma independiente por personal local durante las 24 horas del día, el control de toda la Red Mundial se transfiere de un centro a otro dependiendo de quién esté en horario laboral diurno. Esto significa que durante el día en Madrid, los ingenieros españoles controlan no solo sus propias antenas, sino también las de California y Australia y si fuera necesario, con este nivel de cooperación internacional se consigue que la Voyager I sea monitoreada constantemente por un equipo de expertos que nunca están demasiado cansados para reaccionar ante una anomalía.
El proceso de recibir la señal de la sonda Voyager I, es un ritual de paciencia y matemáticas extremas debido a que La Tierra se mueve alrededor del Sol a 30 km. por segundo y la sonda Voyager I, se aleja en otra dirección, lo que exige a los técnicos de la DSN el deber de calcular con exactitud milimétrica el lugar en donde estará la sonda en el firmamento pero, no ahora, sino dentro de 23 horas que es el tiempo que tardará su señal en llegar. Es como intentar disparar una bala a un mosquito que se encuentra a 1000 Km. de distancia, sabiendo que el mosquito se mueve y que el viento, en este caso el movimiento planetario, cambiará la trayectoria de la bala durante el vuelo y además, la DSN, no solo escucha a la Voyager I en un momento dado, sino que además, estas antenas están comunicadas con los Rovers en la superficie de Marte, con sondas que orbitan Júpiter, con el telescopio espaciale como el James Webb y con otras misiones que estudian El Sol, por lo que la Voyager I tiene que reservar su tiempo en la red debido a la extrema debilidad de su señal. A menudo se requiere que varias antenas más pequeñas de 34 m. se unan en lo que se llama un "array" o matriz, combinando sus capacidades de recepción para actuar como una sola antena gigante, se trata de un esfuerzo colectivo de hardware terrestre, para rescatar un puñado de bits del olvido interestelar dentro de las estaciones de la DSN. La regla de oro en estas instalaciones, están situadas en cuencas naturales rodeadas de montañas que actúan como escudos contra la interferencia de radio de la civilización, hasta los teléfonos móviles están prohibidos o restringidos y los vehículos que circulan por la zona, a menudo deben ser de motores diesel antiguos, ya que los sistemas de encendido de los motores de gasolina generan pequeñas chispas electromagnéticas que podrían superar la señal de una nave espacial lejana.
Estoy refiriéndome a receptores tan sensibles que pueden detectar la energía térmica emitida por una persona que camina a varios kilómetros de distancia de la DSN y el mundo moderno, es un lugar ruidoso y ensordecedor para su entorno en el que su misión es encontrar la paz necesaria para escuchar el latido más tenue del universo, ya que la importancia de la DSN, se hizo dolorosamente evidente durante los recientes fallos técnicos de la Voyager I cuando la sonda comenzó a enviar datos corruptos y los ingenieros, no solo tuvieron que diagnosticar el problema a bordo de la nave, sino que tuvieron que asegurarse de que la DSN estuviera configurada en su modo de máxima sensibilidad para no perder ni un solo bit de ese ruido envolvente que podría contener la clave de la solución y fue a través de las antenas de Madrid y Goldstone desde las que se enviaron los parches de software experimentales, unas piezas de código que viajaron durante un día entero antes de ser procesadas por una computadora en una sonda fabricada de 1977 para gozar de la satisfacción de comprobar la respuesta exitosa y aparecer en los monitores del JPL después de 45 horas de larga espera, con una experiencia de la que los técnicos describen como algo religioso. La red del espacio profundo es en esencia el cordón umbilical de la humanidad y ella nos permite estirar nuestra conciencia más allá de la órbita terrestre y casi acariciar las estrellas, para cada vez que se ve una nueva imagen de un mundo lejano o se reciben datos sobre la densidad del plasma en el espacio interestelar, es cuando reconocemos que la sonda ha cumplido su misión. La Voyager I puede ser la protagonista de esta odisea solitaria, pero la DSN, es el escenario sin el cual la obra no podría representarse al ser un testimonio de que cuando la humanidad decide mirar hacia afuera de su entorno, es capaz de construir una red de colaboración que ignora las fronteras nacionales y las limitaciones físicas para mantener encendida la llama del conocimiento en la oscuridad más profunda en los confines del espacio.
Es difícil entender como esta red logra lo que parece imposible como es el captar una señal que es físicamente tan débil que el ruido de fondo del espacio y como la ingeniería criogénica, permite que un susurro se convierta en ciencia, porque recibir las señales solo es el comienzo, el verdadero desafío es lograr que la señal signifique algo en un mundo que ha avanzado 50 años más allá de la tecnología que la originó. La DSN es el oído, pero entender lo que la Voyager I muestra o dice, requiere una tecnología de recepción que desafía las leyes de la termodinámica, de tal manera que si pudiéramos ver las ondas electromagnéticas con las que se comunica, de la misma manera que vemos la luz visible, el cielo nocturno no sería una negrura salpicada de puntos brillantes, sino un tapiz vibrante de frecuencias entrecruzadas, sin embargo, en medio de ese rugido electromagnético de nuestra civilización lleno de señales de satélites, emisiones de televisión, radares y el eco constante del propio Big Bang, existe un delgado hilo de información tan tenue, tan increíblemente frágil, que parece un milagro que no se desvanezca por completo, de tal suerte que es el susurro de la Voyager I, un mensaje que recorre 24.000 millones de kilómetros solo para llegar a nosotros con una débil potencia que desafía los límites de lo que la física permite detectar y para captar esta señal, no basta con tener una antena grande, hace falta engañar a las leyes de la termodinámica y sumergir los oídos electrónicos en el frío más profundo que permite el universo. La señal que emite la Voyager I, sale de su antena de alta ganancia con una potencia de apenas 20 vatios en términos cotidianos y a medida que esa señal viaja a través del vacío interestelar, se enfrenta a la implacable ley del cuadrado inverso. Se puede entender si imaginamos inflar un globo con una mancha de pintura en su superficie y a medida que el globo aumenta de tamaño, la capa de pintura se estira y se vuelve cada vez más delgada hasta que se torna casi transparente, lo mismo ocurre con las ondas de radio al alejarse de la sonda, la energía se dispersa en una esfera cada vez más grande y para cuando esos fotones de radio alcanzan la atmósfera de la tierra después de viajar durante 23 horas, la señal se ha debilitado hasta un nivel absurdo y la potencia que llega a nuestras antenas es de aproximadamente una sexillonésima de vatio para 10 elevado a la potencia de -21. Para ponerlo en una analogía que nuestra mente pueda entender, la energía total que captamos de la Voyager I es miles de millones de veces más débil que la energía generada por la batería de un reloj digital de pulsera y si intentáramos usar esa energía para encender una bombilla común, tendríamos que recolectar la señal de la Voyager I durante varios miles de millones de años, pero solo para que la bombilla emitiera un destello de 1 segundo.
Para poder escuchar algo que es prácticamente inexistente, aquí es donde entra en juego la ingeniería de vanguardia de la red del espacio profundo. El primer paso es la recolección física de la señal y para ello utilizamos las antenas de 70 m de diámetro mencionadas anteriormente, gracias a estas estructuras que actúan como gigantescos embudos de radio, su superficie parabólica está diseñada con una precisión tal que cada rayo de energía que golpea cualquier punto del plato, es reflejado hacia un punto central exacto y el subreflector, a su vez, dirige las señal hacia las bocinas de alimentación situadas en el corazón del antena. Es una danza de espejos electromagnéticos cuyo único objetivo es concentrar esa mínima fracción de energía en un solo punto amplificandola mecánicamente antes de que llegue a los circuitos electrónicos, pero aquí surge el enemigo más insidioso de la comunicación espacial, el ruido térmico. En el mundo de la radio el calor es ruido y todos los átomos que componen los cables, los transistores y los circuitos de una antena, están en constante movimiento debido a la temperatura ambiente y ese movimiento genera una interferencia electrónica que se manifiesta como un siseo estático para una señal normal, como la de un satélite en órbita terrestre y este ruido parece insignificante, pero para la Voyager I, el ruido térmico de una antena a temperatura ambiente, es millones de veces más fuerte que la propia señal de las sonda y sería como intentar escuchar el susurro de una persona a 3 Km. de distancia mientras se escucha un concierto de rock que suena justo al lado de la oreja y para vencer este obstáculo, la NASA utiliza una tecnología que parece sacada de un laboratorio de criogenia extrema. Los amplificadores de bajo ruido que reciben la señal de la Voyager I, no operan a temperatura ambiente, están encerrados en cámaras de vacío y sumergidos en helio líquido y mediante un ciclo de refrigeración complejo, estos componentes se enfrían hasta alcanzar temperaturas cercanas al cero absoluto, aproximadamente unos cuatro grados Kelvin o 269º Celsius y a esta temperatura, el movimiento atómico casi se detiene, el siseo electrónico se silencia casi por completo, permitiendo que el receptor sea lo suficientemente sensible como para distinguir los bits de datos de la Voyager I del resto del espacio y es solo gracias a este estado de frío casi absoluto, donde el susurro de la sonda se vuelve audible y separada de cualquier interferencia, pero una vez que la señal ha sido captada y amplificada criogénicamente, todavía queda el desafío de descifrarla porque la señal no llega como un flujo limpio de datos, sino como una onda distorsionada por el viaje interestelar y es ahora donde el procesamiento digital de señales (DSP) realiza su magia.
Utilizando algoritmos matemáticos avanzados para limpiar la señal, filtrando las frecuencias no deseadas y compensando el efecto doble debido a que La Tierra y la Voyager I se mueven a velocidades diferentes, la frecuencia de la señal cambia constantemente y si los ingenieros no ajustan los receptores en tiempo real, se perdería la sintonía en cuestión de segundos, es como intentar sintonizar una estación de radio en un coche que viaja a 60.000 Km./h., mientras la torre de emisión de radio también se desplaza, pero lo recibido desde la sonda Voyager I no son imágenes en alta definición, ni transmisiones de audio en tiempo real, lo recibido es un flujo binario muy lento y a menudo a una velocidad de apenas 160 bits por segundo, es como para comparar con una conexión de Internet doméstica en la que su promedio es millones de veces más rápida a esta velocidad y el recibir una sola imagen científica puede tardar horas o incluso días, porque cada bit es una pieza de un rompecabezas cósmico. Estos datos contienen lecturas de instrumentos científicos como la densidad del plasma interestelar, la dirección de los campos magnéticos lejanos y la intensidad de los rayos cósmicos que bombardean la sonda. Hay un componente profundamente emocional en este proceso de escucha, los técnicos que operan la DSN describen la recepción de los datos de la Voyager I como un latido y mientras el flujo de bits sea constante, saben que la sonda está viva, pero si algo de la señal flaquea, como ocurrió durante los problemas técnicos de 2024, lo que sigue es el sepulcro, aunque con el incidente la Voyager I, cuando comenzó a enviar una secuencia repetitiva de unos y ceros que no formaba ninguna palabra o dato coherente, fue el equivalente digital a un derrame cerebral durante meses y los ingenieros escucharon ese balbuceo analizando cada pulso para tratar de entender qué parte del cerebro electrónico de la sonda se había roto, pues solo mediante un análisis minucioso de la señal pidiendo variaciones ínfimas en la estructura de los paquetes de datos, pudieron deducir que un solo chip de memoria había fallado.
Lograr que la sonda despertara de nuevo, requirió una hazaña de telemedicina espacial y hubo que diseñar un comando que le indicará a la computadora de la Voyager I, moviera el código crítico de la sección de memoria dañada a otra parte del sistema, pero no se podía simplemente enviar un archivo nuevo, tenía que hacerse bit a bit asegurándose de que cada instrucción fuera colocada en la dirección de memoria exacta y cuando enviaron la solución, tuvieron que esperar las agonizantes 46 horas de rigor hasta el momento en que la antena de 70 m. en Madrid captó de nuevo un flujo de datos coherentes celebrado como un milagro de la persistencia humana. Se había logrado reparar una máquina de hace 50 años situada más allá de nuestro Sistema Solar simplemente escuchando con extrema atención su confuso susurro que enviaba. Esta capacidad de escuchar en la oscuridad, es lo que ha permitido que la misión Voyager pase de ser una exploración de planetas y tener una visión del medio interestelar detectando partículas que nunca han tocado El Sol, campos magnéticos que pertenecen a la galaxia en general y no a nuestra estrella local. Cada dato rescatado del ruido térmico, es una pieza de información que no se podría obtener de ninguna otra manera, ya que ningún telescopio por potente que sea puede darnos la información "in situ" que proporciona la Voyager I.
Recibir la señal de la sonda Voyager I es como un acto de fe en la ciencia y la precisión, es la culminación de décadas de mejora en la tecnología de radiofrecuencia porque cuando las antenas de la DSN se construyeron originalmente, no eran tan sensibles ni tan grandes, pero se han ido actualizando puliendo y mejorando a lo largo de los años, casi como si La Tierra estuviera haciendo un esfuerzo evolutivo para no perder el contacto con su invento más lejano, es una. simbiótica dado que la Voyager I sigue enviando datos porque, sabe en su programación que alguien está escuchando y nosotros los seguimos recibiendo porque esos datos son nuestro único vínculo directo con el infinito, pero recibir y amplificar la señal, es solo una parte de la supervivencia de la Voyager I y de nada serviría tener los mejores oídos del mundo si la sonda misma se quedara sin voz y su capacidad para emitir esas ondas de radio que tanto nos cuesta captar aunque depende de un corazón que late con el calor de la desintegración nuclear.
Esta anciana máquina, gestiona su agonizante reserva de energía y los trucos desesperados que los ingenieros emplean para mantener sus sistemas encendidos en un lugar donde El Sol es solo un recuerdo lejano, la supervivencia de la sonda es una lucha contra el frío, la oscuridad y el agotamiento de su propio combustible interno. En estos momentos ya es una batalla que se libra bit a bit, vatio a vatio, en la bastedad del espacio interestelar en donde la Voyager I navega y El Sol no es más que una estrella particularmente brillante, un punto de luz que ya no posee la fuerza necesaria para calentar el metal de la sonda, ni para alimentar sus sistemas, puesto que a la distancia que se encuentra, los paneles solares que son el estándar de energía para casi todas las misiones espaciales cercanas a La Tierra o incluso a Marte, son absolutamente inútiles, dado que la luz solar le llega miles de veces más débil que a nuestro planeta, lo que obligó a los ingenieros de la década de 1970 a colocar a la viajera un corazón nuclear, sin embargo, no se trata de un reactor de fisión como los que conocemos en La Tierra, sino de algo mucho más elegante y duradero. Los generadores termoeléctricos de radioisótopos son los dispositivos en esencia y sus baterías nucleares que funcionan mediante el calor generado por la desintegración natural del plutonio 238 dentro de los tres RTG que lleva a bordo, unas pequeñas esferas de cerámica de óxido de plutonio que brillan con un color rojo incandescente debido a su propia radiactividad, pero ese calor no se utiliza para hervir agua ni para mover turbinas, sino que se convierte directamente en electricidad a través de un fenómeno físico llamado efecto Seebeck descubierto por Thomas Johann Seebeck en 1821, un fenómeno termoeléctrico en donde una diferencia de temperatura entre dos metales o semiconductores distintos, produce una corriente eléctrica directa y convierte el calor en electricidad utilizando termopares que aprovechan la diferencia de temperatura entre el núcleo caliente de plutonio y el extremado frío del espacio exterior.
Es una tecnología sin partes móviles diseñada para no desgastarse, para no romperse y para durar décadas en el vacío, pero incluso la física nuclear tiene sus límites y el plutonio 238 tiene una vida media de unos 88 años, lo que significa que cada segundo de tiempo que pasa, el corazón de la Voyager I late con un poco menos de fuerza y a este proceso de desintegración natural, se suma a la degradación gradual de los propios termopares, lo que resulta en una pérdida neta aproximada de energía de unos cuatro vatios por año y es esta pérdida constante, la que ha convertido a los ingenieros del Laboratorio de Propulsión a Reacción en los contadores de energía más meticulosos de la historia, dado que cada milivatio cuenta y durante los últimos 15 años, el equipo de la misión ha tenido que tomar decisiones que se sienten como un triaje médico en un campo de batalla espacial m debiendo apagar uno por uno los sistemas que alguna vez hicieron de la Voyager I la reina de la exploración planetaria, con ello, las cámaras fueron las primeras en apagarse en 1990 después de capturar el famoso retrato de la familia del Sistema Solar y el punto azul válido, luego vinieron los calentadores de los instrumentos científicos, dejando que sensores extremadamente delicados operen a temperaturas de casi 100º bajo cero y desafiando todas las especificaciones de diseño original, sorprendentemente, muchos de estos instrumentos como el subsistema de rayos cósmicos y el magnetómetro, han seguido funcionando en el frío glacial interestelar, demostrando una residencia que roza casi lo milagroso, pero la supervivencia de la Voyager I no es sólo una cuestión de energía física, también está la cuestión de agilidad mental y software inmortal y es aquí donde la historia se vuelve verdaderamente fascinante para cualquier entusiasta de la tecnología. Las computadoras a bordo de las ondas, son reliquias de una era ya olvidada, tienen menos memoria que la llave electrónica de un automóvil moderno y funcionan con un código que debe ser escrito con una eficiencia espartana y cuando la Voyager I enfrenta un problema técnico, los ingenieros actuales no pueden simplemente buscar la solución en Google o consultar a un servicio técnico, tienen que recurrir a arqueólogos de la computación o hacerse expertos en estudian listados de códigos impresos en papel hace 50 años y diagramas de flujo dibujados a mano.
El ejemplo más reciente y asombroso de esta lucha por la vida, ocurrió a principios de este año de 2024 cuando la sonda comenzó a enviar un flujo de datos que no tenía ningún sentido. Se trataba de una repetición monótona de números unos y ceros que indicaban que el sistema de datos de vuelo FDS (Flight Data Systems), el cerebro encargado de empaquetar la información científica para enviarla a La Tierra, había sufrido un fallo catastrófico y durante meses, el equipo del JPL del laboratorio de propulsión a chorro, trabajó en la oscuridad enviando comandos de diagnóstico que tardaban 46 horas en recibir respuesta hasta que finalmente descubrieron que un solo chip de memoria era el responsable de apenas una fracción del código del FDS se había estropeado probablemente debido al impacto de un rayo cósmico o simplemente por la fatiga del silicio con décadas de servicio. En una computadora moderna esto sería el fin, pero los ingenieros de la NASA diseñaron un plan de rescate que parece sacado de una película de espionaje tecnológico debido a que no había un solo bloque de memoria contigua lo suficientemente grande para albergar el código que debía ser removido del chip dañado y tuvieron que fragmentar el programa original en pedazos diminutos para esconderlos en diferentes rincones de la memoria de la sonda que por suerte habían quedado libres después de apagar otros instrumentos. Fue como realizar una cirugía cerebral a distancia, moviendo funciones vitales de una parte del cerebro a otra bit por bit a través de los 24.000,000.000 de kilómetros de vacío y cuando el parche de software fue finalmente correctamente ejecutado y la Voyager I volvió a enviar datos coherentes sobre el espacio interestelar y la comunidad científica mundial estalló en un aplauso silencioso al haber sabido hackear el pasado para asegurar el futuro, sin embargo, todos los ingenieros en la NASA saben que el tiempo se está agotando y a medida que la producción de energía de los termopares RTG continúa disminuyendo, llegará un momento probablemente entre 2025 y 2030 en el que la sonda ya no tendrá suficiente electricidad para alimentar ni siquiera un solo instrumento científico y en ese momento, la Voyager I dejará de ser una estación de investigación activa para convertirse en algo más profundo, un monumento terrícola, puesto que el transmisor de radio con el susurro que tanto nos cuesta captar con las antenas de la red del espacio profundo, se apagará para siempre y aunque desde La Tierra se seguirá apuntando las antenas gigantes hacia las coordenadas de la sonda, solo encontrará el silencio eterno del Cosmos, lo que no significará el fin de la misión, sino el comienzo de su fase más larga y tal vez poética.
La sonda Voyager I es en muchos sentidos, el objeto más duradero que la humanidad ha construido y en el vacío casi perfecto del espacio interestelar, no hay atmósfera que corroa su estructura, no hay viento que la desgaste, ni agua que la oxide, la sonda continuará su viaje por la Vía Láctea durante millones, quizás miles de millones de años, sobreviviendo probablemente a la propia especie humana y posiblemente a La Tierra misma cuando El Sol se convierta en una gigante roja. En su costado, la Voyager I lleva el disco de oro, una cápsula del tiempo que contiene sonidos de La Tierra, música de diferentes culturas, saludos en 55 idiomas y un mapa detallado de nuestra posición en la Galaxia. Es una carta de presentación para cualquier civilización que pueda encontrarla en el futuro remoto y representa lo mejor de nosotros, con nuestra curiosidad, nuestra capacidad para el arte, nuestra ciencia y nuestro deseo intrínseco de conectar con lo desconocido, la Voyager I es nuestra botella informadora lanzada al océano cósmico, cargada con la esperanza de que en algún rincón del tiempo y el espacio alguien sepa que una vez existimos, que fuimos capaces de soñar en grande y de construir máquinas que desafiaron a la propia muerte.
La conclusión de esta odisea es un triunfo de la ingeniería, pero sobre todo de la resiliencia humana. El hecho de que sigamos en contacto con un pedazo de metal lanzado al espacio en 1977, es un recordatorio de que los límites de lo posible son a menudo solo la falta de imaginación o de persistencia y gracias a la red del espacio profundo, a los amplificadores criogénicos y a la astucia de generaciones de ingenieros, hemos logrado extender nuestros sentidos mucho más allá de lo que cualquier biología permitiría para convertir la sonda Voyager I en nuestra vanguardia, en el punto más lejano de la conciencia humana en el universo y cuando finalmente llegue el día en que la última señal se desvanezca en el ruido de fondo galáctico, no deberíamos sentir tristeza, deberíamos sentir satisfacción porque la Voyager I habrá cumplido su misión 1000 veces y se convertirá en un embajador silencioso, navegando por las estrellas en una noche perpetua, llevando consigo el eco de una civilización que por un breve instante en la escala del tiempo cósmico, se atrevió a mirar hacia arriba y preguntar qué hay más allá en un viaje que continuará mucho después de que nuestros nombres hayan sido olvidados, cruzando la nube de Oort en unos 300 años y pasando cerca de otras estrellas en unos 40000 años.
La Voyager I ya no nos pertenecerá solo a nosotros, ahora le pertenecerá también al universo, para ser el rastro indeleble de nuestra existencia, una chispa de inteligencia humana que seguirá viajando por el vacío, recordándole a la eternidad que una vez, en un pequeño punto azul pálido, hubo alguien que amó, que pensó y que tuvo la valentía de enviar un mensaje a las estrellas.
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